-Sin nombre-

Por Lucas Herrero

Salté al vagón furgón, acomodé la bicicleta e intenté hacerme un lugar entre los caños tratando de quedar estable pero sin tocar nada demasiado. No quiero lavarme las manos cuando baje. Todo debe hacerse con la máxima profilaxis. Tengo mis auriculares. Tamborilea la formación saliendo de Retiro, todo a un ritmo muy Buenos Aires. El tren se detiene antes de llegar a la primera estación, comienzan los indicios de un típico viaje atípico. Espero 15 minutos con el golpe del aire acondicionado entre los cuerpos y las ventanas selladas. Hubiera preferido que haya ventanas abiertas. Las ruedas se mueven sobre los rieles durante horas hasta terminar los 200 metros que nos separan de 3 de Febrero. Escucho una rápida aspiración nasal a mi derecha-abajo. Giro hacia la fuente del sonido y lo único que veo es a un muchacho guardando un pedazo de bolsa plástica en su media. Una vez en la estación suben 3 o 4 personas, y sube ella: muy alta, con muchos rulos un jean, quizás una remera, pero que importa todo eso, al demonio. Tiene la cara muy blanca, y los pies, los pies son muy blancos. Tiene 1 curita en cada uno. Escucha música y su escuchar música me hace consciente de mi escuchar música. No se cuanto tiempo estuve con la música tan alta. Apoyó una cartera horrible en el piso y sacó una curita. Esta chica se va a cambiar las curitas, esta chica va a sacar esos pies de esos zapatos y yo me voy a morir, yo me voy a morir en cuanto se agache un poco para deslizar esos zapatos lentamente por la piel blanca de esos pies. Que blancos que son los pies de esta chica. La música me retumba en los oídos. No me importa nada. Se tomo todo el tiempo que se necesita para sacar la curita del envoltorio, guardo el envoltorio en la cartera, y ahí si: apoyada se sacó el zapato en un movimiento suave y antes de pegar la curita entre sus dedos indice y anular del pie, los movió despacio, los dejo jugar un rato en libertad. Se rozaban entre ellos, invitaban a los otros dedos. La vi sonreír de placer, de dolor interrumpido. No puedo sacarle los ojos de encima mientras pega la curita en el sector donde el malvado zapato la reprimía y vuelve a poner en cautiverio ese pie. Con solo imaginarme que va a hacer lo mismo con el otro pie ya no se que hacer. Quiero saltar por la ventana. Quiero hacerla mía.