GENTE EXTRAÑA QUE HE CONOCIDO: ROBERTO P. Y CLAUDIA J.

Por Guillermo Altayrac
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Roberto P recibía mensajes de extraterrestres. O eso es lo que él decía, cuando su mujer se lo permitía. Los mensajes los recibía directo en el interior de su cabeza. A veces eran voces, a veces imágenes.
Era el año 1999. En el 2000, un meteorito chocaría contra la Tierra y provocaría un desastre climático. Los polos se derretirían y subiría el nivel de los océanos. Poco territorio quedaría sobre el nivel de las aguas. Uno de esos sectores sería parte de la provincia de Córdoba.
Sería el fin del mundo… como nosotros lo conocíamos, agregaba Roberto.
Los pocos sobrevivientes a la catástrofe se organizarían en un sistema más justo y equitativo que el capitalismo despiadado del siglo XX.
¿Pero acaso el ser humano no reincidiría en el viejo sistema de valores?
No. Porque los sobrevivientes habrían sido previamente seleccionados por los extraterrestres entre la gente apta para el nuevo orden del mundo.
Los sobrevivientes ya habían sido seleccionados. Y Roberto había sido elegido como caudillo, para congregar y guiar a parte de esta gente hasta el territorio cordobés que quedaría sobre las aguas, antes de que se produjera el cataclismo que se llevaría a los inicuos de la faz de la Tierra.
Esto es lo que te contaba Roberto si ibas de visita a su casa. Y te mostraba el plano de lo que sería el nuevo mundo, incluso. Un planisferio comprado en la librería de la esquina, en el que había pintado con un lápiz celeste las futuras zonas anegadas.
Pero tenía que decirlo por lo bajo, cuando su esposa, Claudia J, se encontraba fuera del radio de audición. Porque ella no creía que fuera cierto todo eso de los extraterrestres. Y a veces tenía que interrumpir la conversación de improviso.
—¡Roberto! ¡Que te calles la boca!
Tuve el agrado de convivir con esta gente durante unos meses. Yo era chico. Mi sueldo de esa época ya me alcanzaba para vivir solo, pero estaba ahorrando para mes de depósito y todas esas cosas que implica alquilar un lugar nuevo. Ellos eran conocidos de mi madre y le debían un favor.
Roberto se parecía a Hugo Soto, el actor de Hombre mirando al sudeste. Lo juro. Con mi vieja pensamos lo mismo al conocerlo y nos sorprendimos al escucharlo hablar por primera vez sobre los mensajes de los extraterrestres.
Un día la agarró a solas a una de mis hermanas y le preguntó:
—¿Vos sabés lo que es un humanoide?
—No… —contestó ella.
—Yo soy un humanoide…
E iba a continuar explicando, pero…
—¡Roberto! ¡Que te calles de una buena vez!
Claudia J era parecida a Carrió, pero no tan gorda y más fea. Todo el tiempo hacía un rictus con la boca que me causaba espanto. Parecía que te quería morder. Como los perros cuando te amenazan.
Una noche estábamos cenando fideos con tuco y estofado. Nosotros tres y había un invitado: Pablo R, un muchacho que trabajaba de operador en la radio en la que Roberto era locutor —los extraterrestres se las habían ingeniado para infiltrarlo ahí, en un medio de comunicación, desde donde podría convocar a su debido tiempo, con mensajes en clave, a los que serían los habitantes del nuevo mundo del siglo XXI—.
En esa ocasión, Roberto estaba rebelde ante los retos de su mujer. Tenía que transmitirnos, a Pablo y a mí, algo muy importante —creo que nosotros dos habíamos sido elegidos por los extraterrestres para sobrevivir al impacto del meteoro. Nunca nos lo dijo abiertamente, pero supongo que por eso nos hablaba con tanta insistencia esa noche—.
—¡Basta, Roberto!
Roberto se quedaba en silencio unos minutos, comiendo, cabizbajo. Luego retomaba la conversación —o el soliloquio, más bien—.
—¡Roberto, callate la boca! ¡Es la última vez que te lo digo!
Silencio durante unos minutos. A la carga otra vez.
—¡Te avisé!
Claudia se levantó de la mesa y arrojó el agua de una jarra en la cara de Roberto.
Pablo y yo incómodos, intentando seguir comiendo como si no sucediera nada.
Claudia apoyó la jarra vacía con fuerza sobre la mesa. Pablo y yo pegamos un respingo, pero sin sacar la vista de nuestros platos.
—¡¿Así te tengo que tratar?! ¡¿Como lo hacía tu madre?!
Roberto se quedó en su sitio, parpadeando unos segundos, y retomó la conversación donde la había dejado. Seguramente, estaba recibiendo órdenes perentorias de los extraterrestres en ese mismo momento.
Entonces, Claudia tomó su plato de fideos y lo partió en la cabeza de su marido.
Vi que un hilo de algo rojo corría por la frente de Roberto hacia el pómulo saliente. Primero creí que era tuco, luego descubrí que era sangre.
Por esa noche, Roberto desistió. Se levantó y se fue a lavar la cabeza. No sé si lo del plato había sido demasiado para él o si el golpe había desconectado temporalmente la comunicación con los ovnis que sobrevolaban Buenos Aires.
Lo último que supe de Roberto fue que había recibido un comunicado extraterrestre en el que se le informaba que lo del 2000 se posponía —por razones administrativas o algo así, pienso yo— hasta el año 2012.
Evidentemente, después se volvió a posponer. No sé para qué fecha.
Supongo que, tarde o temprano, Roberto se estará contactando conmigo.
Yo ya tengo preparada mi mochila.