Pornógrafo Freelance | Capítulo 5

No incluye final feliz

Por Sebastián Culp

Llegué a la locación: un locutorio y ciber.
Onda 12 de la noche. Día de semana.
El clima era raro. Había tres chicas y ningún tipo.
En eso llegó el productor re contra puesto, hasta la manija, mandibuleando.
Yo empecé a armar la cámara. El productor hablaba y decía cosas que ya sonaban mal.
Una de las chicas no iba a actuar, ya había filmado otra escena en un estacionamiento de autos, ahora había ido a acompañar a sus amigas. La tenía re contra clara. Esa gente que sabe moverse en el mundo. Le tocó ser puta, pero no se comía la que no le cabía (valga la metáfora-chiste-fácil).
O sea, se iban a filmar sólo dos escenas. Dos chicas y dos tipos.
Llegó uno de los tipos con su novia: una travesti.
“¡Listo, estamos todos!”, dijo el falopa del productor.
“No me daban los números. Pero, bueno, empecemos”, pensé.

Puse la cámara bien alta. Me paré sobre el mostrador de la caja del locutorio y apuntaba hacia una cabina. Ahí el productor me empieza a pedir cosas inentendibles. La cosa se iba caldeando, empezó a elevar la voz. Daba vueltas sobre su eje, daba todas las directivas que no había dado en los 20 videos que filmé, de golpe, ahí, todas juntas. De pronto quería ser Victor Maytland, pero sin saber un carajo. Le gritaba a las minas, al flaco, a mí. Se acercó a donde yo estaba colgado, se subió al lado mío y me gritó: “ACÁ QUIERO LA CÁMARA, ¡¡¡ACÁ!!!”, haciendo un gesto con la mano, poniéndola bien contra la pared y el techo, justo en el angulito. Yo le dije que tenía una Mini-DV PD 170, una cámara de 50 centímetros de largo y tres kilos, no una cámara de seguridad del tamaño de una canica.
Se bajó y siguió con sus delirios. Hora y pico, y todavía estábamos en veremos. Me exigía no sé qué cosa y yo le dije, colgado y todo transpirado: “Si me bajo de acá, es para irme. Te dejo garpando con toda lo que alquilaste”. Ahí reculó, pero apenas. “Estoy haciendo todo lo posible”, seguí diciendo.

Bueno, empezamos a filmar. Un tipo y una chica en una cabina telefónica. El pibe no podía, no se le paraba, con ese clima que sobrevolaba en el ambiente si se le paraba era un milagro. La novia travesti del flaco, que estaba ahí, a un costado, mirando todo, lo llevó al baño para chupársela, para que se le parara y poder filmar la escena.
Así varias veces, pero nada. El flaco llegaba a la cabina donde lo esperaba la actriz y se le bajaba.
Entonces se optó por que no se fuera tan lejos: Su novia travesti se quedó apenas al lado de la cabina (quedaba afuera de cuadro) para chupársela, que se le parara y poder filmar rápido la escena. Mientras la actriz esperaba ahí, adentro de la cabina, desnuda, en cuatro patas con el culo apuntando para la puerta, esperando el milagro. La travesti mientras le hacía la felatio a su novio, levantó la vista y vio un culo, el culo redondo y desnudo de la mina, y bueno, como estaba tan cerca, y le habrá parecido un lindo culo, ahí desperdiciado, solito, entonces metió mano.
La escena era: una travesti chupándole la pija a un tipo, mientras le colaba los dedos a una chica en cuatro, todo esto en un locutorio. Sin dudas, la escena estaba ahí, donde mi cámara hacia el recorte. No me pagaban para filmar eso, el Ruso buscaba otra cosa.
Finalmente el tipo mantuvo la erección y filmamos (ya con la travesti fuera de cámara) más o menos bien.

Después vino la otra escena. La otra mina ya estaba ahí, esperando. Pero el actor no aparecía. El productor me preguntó unas 25 veces si no quería actuar yo. Le dije no cada vez. Me preguntó una vez más: “Pero ¿por qué no querés actuar?”, “Porque no me cabe, loco”, le respondí ya cansado.
Bueno, la cosa es que como no había conseguido otro actor para hacer la escena, tenía que actuar él. Esto, en principio no era demasiado problema, él ya había hecho cosas parecidas, el tema era que estaba muy drogado. Había tomado mucha falopa, entonces temía que no se le parara. En ese momento entendí el nerviosismo de antes. Sabía que iba a tener que enfrentarse con ese dilema. Planté la cámara hacia el box de una computadora. La escena era: un tipo estaba en Internet, una chica entraba buscando máquina y se sentaba al lado, se miraban, charlaban dos segundos y a los bifes. Bueno, nada más alejado de esa simple premisa. El productor la estiraba y la estiraba. Hablaba solo, hacia gestos, le hablaba a la mina, le mostraba cosas en su máquina, pero no avanzaba. Parecía una escena de una novela mexicana no una porno.
Así el productor cortó la escena unas 10 veces. Una para acercarse a mi cámara y decirme: “Sebastián, ¡no estamos sacando la escena, eh!”.
“Jajaja, ¿no ESTAMOS sacando la escena?”, pensé yo. “O sea, ¿somos nosotros, vos y yo, los que no estamos haciendo las cosas bien?”. Volví a pensar. “Creo que sos vos el que no consiguió a otro actor y vino re contra duro como un yunque”. Pero no dije nada. Si hablaba lo tenía que poner ahí nomás e irme a la mierda. No dije nada. Hicimos un descanso. El productor seguía a los gritos. Se la agarró con la chica de su escena.

Ya serían como las 2 de la mañana. Yo me fui a la puerta, me apoyé sobre un auto, al lado de una de las chicas que ese día no filmaba, la que la tenía clara. Salí puteando, re caliente, si fumara ese sería el momento ideal para hacerlo, pero no, no fumo. Ella sí fumaba. Le pregunté por qué no se iban a la mierda. No es que me quise hacer el Travis Bickle, defensor de putas, pero me parecía cualquiera lo que estaba haciendo el pelotudo ese. La mina estaba tranquila, fumaba y no había metido bocado en toda la noche. Me dijo que era así, que a veces pasaban esas cosas, que era común, que me quedara tranquilo.
Comentario que no hacía más que mostrarme cuán lejos estaba de ese mundo, que tierno que era, que pollito mojado en una tierra de leones con rabia. Obvio que ella era una víctima, pero era una víctima anestesiada.
Un bajón todo. La mina, de unos 25 años, tenía más ruta que dos veces yo —ahora que tengo 35—.

Finalmente se pudo hacer la escena. “Hacer” es un decir, porque lo que hicieron el productor y la chica fue fingir. Como no había planos detalle, se las ingenió (tampoco hay que ser una luz) para que pareciera que le estaba dando masa cuando en realidad tenía la pija muerta.
Qué liiindo, ¿esto no se trataba de hacer calentar a alguien? ¿No se supone que esto lo tiene que ver gente para que se excite, y esas cosas?

Bueno, fuimos el productor y yo a lo del Ruso. Yo como siempre, tenía que ir a bajar el material, el productor no sé, tenía que ir a hacer base y a justificar el papelón de trabajo que le estábamos llevando. En el auto discutimos, pero era como hablar con un Playmobil, no me escuchaba y respondía lo que su mundo de fantasía le dictaba.

No me acuerdo qué le dije al Ruso, tampoco era cuestión de ir con el cuento, pero charlamos, yo estaba re caliente. El Ruso, escuchaba, trataba de entender y ver qué era lo que pasaba. Por momentos se reía, todo el tiempo se reía y masticaba chicle. Me decía que no pasaba nada.
Bajamos el material en la computadora. Ese material imperdible. Único. Impactante. Que iba a revolucionar la Internet toda.
Yo guardé mis cosas, me fui y no volví nunca más.

No tengo idea de si pudieron usar las escenas de esa noche en el locutorio/ciber.

Ni si el productor siguió filmando con el Ruso.

Ni qué fue de la vida de la chica que fumaba apoyada en el auto esa noche.

Pero de lo que sí estoy seguro es que si el Ruso sigue en ese departamento, el guardaespaldas debe estar hundido en el mismo y desvencijado sillón individual mirando televisión a todo volumen.

FIN

Nota General I: Una vez el Ruso me propuso filmar videos de gays. Me dijo que había más plata. Me llamó y me mostró una imagen pausada en la computadora: era un negro acabando sobre otro tipo. Me preguntó: “¿Qué ves?”, sin dejarme pronunciar palabra, dijo: “Yo soy heterosexual, a mí me gustan las chicas, pero yo acá, —y me señaló la pija del negro— veo billetes… veo plata, dólares”. Y se rió. Como siempre. Se rió mientras masticaba chicle.

Nota General II: Una vez había ido a bajar el material después de una filmación y estaban solamente el Ruso y el productor. Mientras esperábamos que el material terminara de pasar, los dos me miraban raro y se reían. Daban vueltas por toda la casa, se hacían miraditas, gestos cómplices pero sin disimulo. Yo les pregunté que qué mierda les pasaba. Y riéndose, me decían que nada.
Ok, quizás vi demasiadas películas, pero por un momento tuve miedo. Pensé en Okupas, en el Negro Pablo, en “abrir el libro en la página 7” o “Bailar pollera para todos los vagos”. Pensé que me iban a abrir al medio y me iban a destripar ahí nomás.
Bueno, quizás estaba exagerando un poco, pero algo raro pasaba.

 

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Dibujo: Brian Janchez