Pornógrafo Freelance | Capítulo 4

Fresco y Batata

Por Sebastián Culp

Empecé a buscar locaciones. Me pagaban más.

Salía a la media tarde y recorría posibles escenarios: locutorios, heladerías, kioscos. No entraba de una, miraba a ver qué onda, que no hubiera mucha gente, tanteaba.

Cuando una me cerraba, por ejemplo, una gomería. Entraba. Mi speech consistía en hablar normalmente y decir que era de una productora, que estábamos buscando una gomería como esa, le contaba las condiciones, la plata que le podíamos pagar, el horario, etc. Sin mencionar de qué se trataba la filmación. Si todo esto estaba más o menos bien, ahí sí, hacía un silencio, y le decía: “Y bueno… lo que tenemos que filmar son… videos porno”. Cuando le dije eso al flaco de la gomería —que ya había sido buena onda— se volvió loco, me dio un golpecito con la parte de arriba de la mano en la panza, y lanzó un “¡Me estás jodiendo!”. Yo me reí y le dije que no. Lo que antes había sido buena predisposición, ahora era devoción. Dijo que sí, que lo hiciéramos, que no había ningún problema, que lo llame en cualquier momento, que sí, que podía, que estaba todo re bien.

Listo. Teníamos locación.

Fuimos a filmar a la madrugada, hacía un frío de la san puta.

Íbamos a hacer dos videos: había dos chicas y dos tipos que eran taxi boy, uno más inflado que el otro. No podían coordinaban una idea. No sé cómo hacían para caminar y respirar a la vez. Yo me trepé con la cámara sobre un escritorio que estaba arriba de no sé qué, y filmaba todo bien picado. Una escena se hacía apuntando hacia una montaña de gomas y una bañera (que se usaba para detectar pinchaduras). El flaco no podía, no se le paraba. Posta, es re jodido. De los 20 videos que habré filmado a la mitad no se le paró. Y más con ese frío, te la regalo. Entonces la mina le ponía el pecho, y la boca. Se metieron los dos en un bañito (para que el flaco se relajara en la intimidad) y se la empezó a chupar para que se le pare, volver al set y poder filmar. Ahí es donde digo que el chabón tenía todos los caramelos pegoteados. Yo me quedé ahí arriba, colgado, esperando, y de refilón escuché lo que pasaba en el baño. Se ve que la mina hizo bien lo que tenía que hacer porque el flaco quería acabar. O, sea, el flaco quería acabar ahí, ¿entienden? Ella le decía que no, que tenían que ir a filmar, que para eso se la estaba chupando, no por otra cosa. Pero el flaco, que tenía un Playmobil en la cabeza no entendía, quería acabar y punto. Un fenómeno. La mina, que sí tenía sentido común, paró justo, salió del baño y fue para el set. Ahí después el chabón la siguió y pudieron filmar, más o menos algo decente.

Con la otra escena pasó algo más o menos parecido: a la chica, de unos 25 años, le había divertido filmar, estaba exultante, le preguntó al otro taxi boy —después del acto frente a la cámara— cómo había estado, qué le había parecido (era la primera vez que filmaba). Y el tipo no sé qué cosa balbuceó. Le acababa de dar bomba a una morocha divina, tenía la piel color café con leche, suave, de pelo corto y con esos positos que se forman al lado de la boca por la risa, era divertida, linda, una belleza, y el chabón este no podía hilar un mínimo de respuesta coherente. Por favor, eran Fresco y Batata los taxi boy.

Eh… sí, la mina me gustó. No voy a esquivar el asunto. Fue la única vez que en el momento de la filmación me pasó algo más o menos, parecido a la “calentura”.

Después de ahí yo tenía que bajar el material en lo del Ruso. Era un día de semana, serían las 3 de la mañana. Fuimos con mi auto, el productor y yo, y no sé por qué también vinieron las dos chicas. Los mamotretos de los taxi boy se las tomaron.

El productor iba enfiestado, como yendo a una fiesta electrónica. Yo, aunque no pareciera, estaba trabajando, tenía varios de miles de pesos en la cámara, no podía boludear.

Llegamos a lo del Ruso, que estaba esperándonos, y su guardaespaldas estaba mirando televisión, como siempre. No hablaba, ni se movía. Yo fui con el Ruso al estudio a poner a bajar el material en la computadora.

Pusieron música, el Ruso le quería dar a una de las chicas, a la más grande, y el productor chamuyaba con la otra. Pero la mina ni bola, era copada pero si no le cabía, no le cabía. Tomábamos cerveza y hablábamos.

En eso, el guardaespaldas se levantó del sillón de un cuerpo que estaba frente al televisor y nos llamó al Ruso, al productor y a mí. Nos metió en la cocina, cerró la puerta, agarró una botella de un vodka bueno en serio, sirvió cuatro vasitos, dijo algo en perfecto ruso y los cuatro hicimos fondo blanco. Yo no sé si quería, pero tomé. Volvió a servir, nos habló de cerca a cada uno, a la vez que nos agarró la cabeza con su brazo ancho como el tentáculo de un pulpo gigante. Volvimos a dejar los shots vacíos. Gritó algo, se empezaba a poner colorado, luego se rió, nosotros nos reímos. Yo de nerviosismo, los otros no sé. La puerta se abrió, y salimos. Gracias a Dios. Igual se empezaba a notar un perfil bonachón en el guardaespaldas, pero no podía descifrarlo con exactitud. Era como ver una película rusa sin subtítulos. Quizás algunos gestos sacás, pero vení a contarme la trama.

Estaba todo bien, sabía que estaba viviendo un momento como para contar, pero no conocía a todos, no sabía bien lo que podía pasar. Como que cuando terminara de bajar el material, me mandaba a mudar.

Mientras tanto el Ruso perseguía a una de las chicas. A la más grande, tendría 30 años largos, tenía hijos, una casa. Ella medio que se resistía, se tenía que ir, no paraba de repetir que tenía que ir a despertar al hijo para llevarlo al colegio. Pero no se iba. Y no lo hacía de barrilete, lo hacía porque sabía como eran las cosas. Sabía que el Ruso le podía dar trabajo y mucho, y muy bien pago. El Ruso también sabía, y abusaba de esto.

5:02 | El Ruso correteaba a la mina.

5:31 | Ella le seguía la corriente, charlaban. El Ruso la chamuyaba como si estuviera en un boliche. Quizás le gustaba de verdad y no era una mera calentura. Peor todavía.

5:45 | El Ruso repetía suavemente, nunca con violencia: “Y bueno… que falte hoy al colegio”.

La violencia estaba en otro lado. Yo no me hago el puritano, pero no lo podía creer. Quizás alguna vez en mi vida estuve en alguna situación de poder por sobre otra persona, pero al verlo de afuera tan claramente, me daba asco.

Listo, el material terminó de bajar. “Yo me voy”, dije.

6:02 | Bajamos todos.

El Ruso y la chica se pasaron los contactos.

La chica se fue. Jamás supe si llegó a despertar al hijo para llevarlo al colegio.

Tampoco sé si se llamaron o si trabajaron juntos.

El Ruso siguió filmando videos pornos.

A mí me quedaba poco.