Pornógrafo Freelance | Capítulo 2

Estoy en Poringa

Por Sebastián Culp

Empecé a presenciar los videos. No recuerdo cuál fue el primero. En serio. No, en serio, en serio. Posta, no me acuerdo. Bueh, no me crean.
Para amortizar o, mejor dicho, para multiplicar su ganancia el Ruso metía dos o tres escenas en el día. O sea, dos o tres videos.
Esto es: un día, una cámara, una locación, varias chicas, varios actores = Varios videos = Varios miles de pesos —que seguro serían dólares—.
Un solo edificio de oficinas del centro podía ofrecer tres espléndidas escenas:
una en las escaleras, entre el piso 4to y 5to; otro en el ascensor; y otro en el palier, tapiando con una tela negra la puerta de calle, claro.

Las chicas tenían que ser distintas cada vez, pero como a veces el “productor” no llegaba a convocarlas —o no sé qué pasaba— debían recurrir al disfraz. Una chica que había actuado la semana pasada en el video de la heladería había sido convocada para este, en el edificio. Pero no importa, unos anteojos de sol, una gorra visera y listo, es otra persona. Una luz el productor, eh.
En la escena del ascensor actué yo. No, no es lo que piensan, actué de extra. Había plantado la cámara de manera tal que enfocara hacia el ascensor. Dejé grabando y bajamos un piso con el tipo y la mina. Acto seguido, subimos hacia el piso en cuestión, ahí yo debía abrir las puertas, salir, saludar, cerrar y salir de cuadro. Por alguna razón, el tipo debía volver a abrir las puertas y dejarlas de par en par, mirar hacia ambos lados, y sin más arrinconar a la mina —que no sé si debía resistirse o no—. La cosa es que después de más o menos 3.5 segundos ya estaban “haciéndolo”. Listo, la ilusión estaba creada.

El productor había conseguido ese edificio de oficinas porque vivía cerca y conocía al encargado: un viejo con el pelo mojado, peinado para atrás bien tirante, anteojos y esa cara de “recién me levanto de dormir la siesta, mejor no me hables”. La supuesta cara de orto no correspondía con su estado de ánimo real. Estaba exaltadísimo con la novedad. Hacía todo lo que le pedían, ayudaba en el “set”, etc. Y cuando la situación daba se quedaba mirando la escena.
En una de esas, mientras esperábamos a que una chica se preparara, el encargado se me acerca y me codea diciendo: “Qué barbaridad esos que filman películas con nenas chiquitas, ¿no?”. Lo decía en claro repudio, pero había un gesto muy oscuro y perverso en esa cara, como que intentaba tirarme de la lengua. Me dio un asco tremendo. No sé qué cosa le balbuceé y seguí con lo mío, mientras pensaba: “Ah… qué lindo ambiente este, la re concha bien de la lora”.

Nota: Un amigo —mucho tiempo después— me llamó desesperado porque buceando en una página de índole pornográfica me vio en un video bajando de un ascensor.
“Mamá, llegué. Ah, no, pará, mamá no mires eso, no, ¡nooo!”.