Parecidos

Por Elio Puntieri / @Wait_Man 

Hay gente que anda por ahí buscándole parecidos a las personas.
Ese era el caso de don Rogelio Antúnez, el peluquero de Parque Centenario.
Don Rogelio era un buen tipo: culto, algo intelectual, bastante progre… eso sí: cuando empezaba a hablar, no había forma de pararlo. Todos los temas le venían bien: cine, teatro, fútbol, política… el viejo encaraba cada tema con la sapiencia de los que saben de verdad.
Uno siempre sospechaba que no era solamente un peluquero.
Yo lo trataba mucho porque vivía a una cuadra de su negocio. De hecho, fui su cliente durante años. Pero todo cambió el día que decidí comprar mi propia máquina de cortar el pelo. Y cambió tanto, que ahora estoy en mis últimos días de vida por culpa de Don Rogelio.
Resulta que el día en que me compré esa fatídica máquina del diablo, hubo un quiebre en la relación. Porque hasta ese día, yo pasaba por la puerta de la peluquería y Don Rogelio me gritaba: “¡¡Ey, ya está largo ese pelo, eh!! ¡¿Cuándo te venís al negocio?!”.
Y claro. Un día pasé por la puerta con el pelo totalmente rapado. El viejo se quedó mudo. No sé si le costó reconocerme o fue la traición que lo dejó sin palabras. Tardó varios días en reaccionar. No me decía nada, me miraba pasar nomás.
Pero al cuarto día creí que se le había pasado. Iba yo con mi bolsito para ir a jugar al fútbol, y el viejo me grita desde la otra vereda: “Eh, parecés la Brujita Verón con ese pelo”. Me reí, lo saludé, y seguí camino. Me fui pensando en que la sociedad de alopécicos debería rendirle homenaje a tipos como Verón y Bruce Willis. Ambos le devolvieron la dignidad a varias generaciones de pelados.
En fin, volviendo al tema: ese día jugué como nunca en mi vida. La rompí. Hice 8 goles, 3 desde fuera del área. Los pibes no me podían parar.
Fui tonto al no relacionar aquel partido con lo que me dijo Don Rogelio.
Semanas después, con el pelo ya un poco más crecido, volví a pasar por la puerta rumbo al picado con los muchachos. “¡¿Qué hacé… Eros Ramazzoti?!” me grita el viejo.
Ese día mi juego volvió a la normalidad: fui el mismo patadura de siempre. Inclusive probé al arco un par de veces, y la pelota terminó en el medio de la Avenida del Trabajo. Eso sí: en las duchas me puse a cantar, y me salían todas las canciones de Eros Ramazzoti con el acento tano y todo. Y eso que hasta ese día ni me sabía las letras.
El pelo siguió creciendo, y yo seguí todos los días cantando las canciones de Eros, como si fuera él mismo. Varias mujeres de 40 para arriba me encararon por la calle. Una me dio su tarjeta. Nunca había tenido tanto levante entre las veteranas. Y un par de meses después, ya con el pelo más largo, empecé a tener levante con las generaciones más pendejas.
“Qué pelambre, che. Parecés Pablito Rago”, me gritó Don Rogelio.
Y a partir de ese día comenzaron a aparecer minas en mi Facebook. Todas lindas. Todas perras. Incluso me contactaron algunas famosas: María Carámbula, Cherubito, Victoria Vanucci… Fue una etapa gloriosa. Pero el pelo siguió creciendo. Y creciendo. Y creciendo. Los rulos se me fueron formando en la cabeza. Y un día, Don Rogelio me gritó:
“¡JA! ¿¿¿Sabés a quién te parecés con esa porra??? ¡¡A Favio Posca te parecés!
Los días siguientes fueron insoportables. Yo no paraba de hablar, y quedaba como un salame ante todo el mundo. Hablaba y hablaba y hablaba. Mi timbre de voz era tan insoportable que la gente me evitaba constantemente. Todo eso comenzó a volverme loco.
Por eso decidí raparme nuevamente. Estaba obsesionado por no parecerme a nadie. Me corté a cero, y luego me afeité con la Gillette. Tan demente estaba con esto que decidí también rasurarme las cejas.
En cuanto terminé, me fui caminando rumbo a la peluquería. “Cómo te cagué Rogelio”, pensaba. “Ahora no me vas comparar con nadie”. Aminoré el paso frente al negocio. El viejo me miró casi con desprecio. Pareció dudar, pero finalmente me dijo: “Qué hacés, pibe… ¿te volviste loco?, ¡parece que estuvieras enfermo!”.
Y aquí me ven. Lleno de tubitos, pálido y sufriendo mis últimos días de vida. Para colmo, con la quimio el pelo no crece más.
Me contaron que Don Rogelio está muy triste. Los vecinos me dijeron que por el barrio se la pasa diciendo: “Y sí… esas máquinas de cortar pelo son cancerígenas… yo siempre lo dije”.