Obsesiva de manual | Capítulo 4

Fobias y miedos

 Por Dolores Yañez

Quien más, quien menos, todos tenemos algunos miedos que nos atormentan, que nos recuerdan ciertas limitaciones, en caso de que uno se olvide que -en esta vida- no le ha tocado ser un superhéroe.

Por mi parte, debo admitir que padezco de miedos muy peculiares. Empezaré por el que más que miedo, es una fobia: la pirotecnia en todas sus formas y las armas de fuego. Gracias al cielo, el temor propiamente dicho se reduce a dos noches por año, la de navidad y la de año nuevo. A veces me sorprende algún festejo fuera de la agenda de diciembre que incluye fuegos artificiales pero no es lo más común. En cualquiera de estos casos, mi reacción es inmediata y desmedida, buscar un techo y si es necesario hacer cuerpo a tierra. Quienes me han visto en estas situaciones me preguntaron si había estado en alguna guerra, por mi respuesta traumática a las explosiones. Y no, la verdad es que no, al menos, no en esta vida.

Mi temor es que una cañita voladora defectuosa impacte con una herida de muerte sobre mi persona o que cualquier artefacto polvoriento por más inofensivo que parezca se me pegue a la ropa y me queme a lo bonzo. No puedo evitarlo, escucho el primer estruendo y ya me imagino engrosando la lista de quemados del nuevo año por el “tres tiros” del vecino que vino fallado o la de víctimas fatales por bala perdida.

Las armas de fuego son otro tema… el solo hecho de pensar que están hechas para matar, me dan escalofrío. Incluso verlas en la cintura de un policía ya me dan miedo, me parece que se pueden disparar en una maniobra impensada, que la bala va a rebotar en el piso y a encontrarme a mí en el camino. Les aseguro que vivir así es un infierno. Felizmente, no suelo ver armas de fuego, eso hace mi vida mucho más amena.

Después de estas fobias mayores, tengo otro miedo, mucho menos ofensivo pero un miedo al fin. Un pequeño temor que me acompaña a diario y que cuando parece que ya no está, que me ha dejado para vivir en total y absoluta libertad, vuelve a aparecer acompañado de un bocado de comida. Sí señores, me da miedo morir atragantada, ahogada por la ingesta de algún alimento.

La realidad es que yo me ahogo hasta con el agua, calculo que es porque tengo amígdalas grandes lo que reduce el espacio en la garganta. Muchas veces termino tosiendo y llorando con un simple y aparentemente inofensivo sorbo. Es espantosa la sensación que eso genera, no poder respirar, lagrimear por ojos y por nariz, una verdadera desgracia muchas veces agravada por el papelón de que nos vean otras personas. Lo cierto es que más allá del “mal trago”, ahogarme con agua no me llevará al cementerio pero cuando se trata de un alimento sólido, la torpeza se puede convertir en un pasaje sin retorno.  Por esto mismo creo que no es casual que mis comidas favoritas sean el puré y la sopa. Sin dudas debe ser por el temor a atragantarme con carne o con alguna comida más sustanciosa. El lado positivo de todo esto es que desayunando, almorzando, merendando y cenando todos los días de mis 37 años, aún no he perdido la vida. Eso me da esperanzas.