Obsesiva de manual | Capítulo 2

Metas congeladas 

Por Dolores Yañez

Este año me puse una nueva meta, comer sano y no morir en el intento. Eso implica una dieta variada que incluya frutas y verduras, para eso es fundamental organizarse  y aprender a usar el freezer en su máximo potencial. Así nació en mí una nueva conducta maníaco compulsiva que me ha llevado a pasar hambre con tal de no desabastecer mi heladera.

Por mi forma de vida y mis obligaciones laborales, contar a diario con verduras frescas en mi mesa es un lujo que no puedo darme por falta de tiempo. Me resulta imposible pasar periódicamente por la verdulería y si compro en cantidad, estoy tanto tiempo fuera de mi casa, que la mercadería se termina pudriendo.

Si creen que en esta nota pueden encontrar tips para freezar alimentos, se equivocaron de revista. No pierdan más tiempo y cambien ya de página. Acá lo que van a leer es el retrato de una obsesión, de una nueva y escalofriante  conducta maníaco compulsiva que se apoderó de mi vida.

Considero que es una obsesión porque se convirtió en un fin en sí mismo. Me importa mucho más tener verdura freezada que comerla en sí. Lo que ha cambiado considerablemente mi objetivo, cuando alcé mi copa a las 00 horas del nuevo año, me propuse comer mejor, no tener el freezer lleno.

Y acá estamos, promediando un año en el que he llegado a irme a dormir sin comer con tal de no disminuir la cantidad de calabaza cortada en cubos que tengo prolijamente congelada en las bolsas con cierre hermético. Sigo corriendo cada tarde para encontrar la verdulería abierta, con el único fin de preparar la cena reponiendo en cantidades iguales lo que retiraré del freezer para cocinar esa noche.

Y digo más, suelo comer lo que compro en el día porque prefiero no tocar lo que ya está guardado, aún a riesgo de que lo freezado empiece a ponerse viejo. Me parece que siempre puede haber una verdadera emergencia en la que un freezer lleno será la única salvación posible. A saber, visitas inesperadas que se queden a comer; una semana de mucho trabajo o de una actividad que no me dé ningún margen para comprar comida; o bien, una enfermedad, epidemia o pandemia que no me deje salir a la calle por unos días.

También se ponen en juego otros fetiches, experimento una especie de goce estético al contemplar ese tetris de tuppers que conviven con las bolsas plásticas. Y en ese frío paisaje, los colores cumplen un rol fundamental, no pueden faltar el verde del puerro y del verdeo pero menos aún, puede faltar el rojo que aporta el morrón, un carmesí tan agradable a mi vista, que ni el naranja de la calabaza, ni el rosado de los camarones, pueden equiparar.

En el último tiempo, he dejado de comprar helado porque el pote cilíndrico de telgopor blanco ocupa mucho espacio y no combina con los vegetales. Además, parece venir cada vez de peor calidad y me molesta muchísimo cuando se le quiebra la tapa, desparramando bolitas.

Tal como se han dado las cosas, sigo sin alcanzar mi meta de comer sano. Es más, nunca en mi vida pedí tanto delívery de comida como en estos meses, todo sea por no desabastecer mi freezer.