Mi padre

Por Julián Garro

En algún momento de nuestras vidas todos nos preguntamos el por qué. ¿El por qué de qué?, dirán ustedes. Es una buena pregunta, y siempre es bueno preguntarse cosas como: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿Dios existe?, y ese tipo de cosas. Pocos logran alcanzar una respuesta satisfactoria a al menos una de las preguntas a lo largo de sus vidas. Una de esas pocas personas era mi padre. Él las sabía todas. Él siempre las supo; desde su más tierna adolescencia se entrenó para poder alcanzar estas respuestas. Obviamente que la castidad no la aplicó. Su explicación sobre la castidad tenía algo que ver con la homosexualidad, pero no lo recuerdo bien. Y sus respuestas las compartió conmigo desde que tengo memoria.

“¿De dónde venimos?” le pregunté una vez mientras volvíamos de un viaje de la casa de la tía Alfonsa, porque mi tía y mi tío habían ampliado la familia hacía sólo unos meses. Tenía 6 años, y su respuesta fue a la vez sencilla para que un niño de mi edad la entendiera, cargada de sentido para que hoy por hoy me siga haciendo pensar en cada pequeña oportunidad en que estos recuerdos asaltan mi memoria. “De lo de la tía Alfonsa”, respondió. Luego hizo una pausa, una larga pausa que duró hasta que llegamos a casa (era casi una hora de viaje). Tal vez, traspasado al papel su respuesta pierda todo el misticismo y carga que sólo mi padre supo darle. Lo cierto es que valía la pena intentarlo, y tal vez alguno pueda escaparle a esta prisión de comunicación que deja tanto afuera (los smileys, los guiños, : P 🙂 XXXXP).

En otra ocasión, luego de ver una paloma muerta, le pregunté: “¿Y hacia dónde vamos?”

Tenía 10 años, y estábamos esperando a que mi madre volviera. “Vamos adonde se nos cante el culo. Que la muy pelotuda de tu madre nos dejó afuera de nuevo” (era la tercera vez que pasaba en la semana). De todas maneras, la respuesta de mi padre apuntaba a otro lado. Una suspicacia infinita hacía que pareciera que hablaba de una cosa cuando en realidad estaba hablando de otra. ¿¿¿Acaso soy yo el único en notarlo???

¡¡Ah!! Pero la respuesta a la tercera pregunta dejará a más de uno satisfecho. “¿Dios existe?”, pregunté temeroso, aunque ya intuía la respuesta. Mi padre me miró, entre odio, amor, compasión, ternura, rencor, hambre, asco y ganas de ir al baño (es que su cara era infranqueable, como la de toda persona sabia). Y me dijo: “¡Por supuesto que existe! Es argentino y es hincha de Boca. Y se llama MARADONA!

Claro, ¡era tan simple! Corrí a los brazos de mi padre y me quedé un rato abrazado en la seguridad de su pecho.

Hubiera permanecido para siempre así, pero mi padre insistió en que lo soltara un lunes. Tenía que ir a trabajar y yo tenía que ir al colegio.