Mi kinesiólogo me odia

 

Por Tomás en Shorts
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Mi kinesiólogo me odia. No visceralmente, no me lo dice en la cara ni tampoco me hace nada malo. De hecho es un gran profesional, se nota que ama la medicina y la especialización que ha elegido.

Tuve que tomar 10 sesiones por un leve esguince de tobillo. Nada grave, podría seguir viviendo sin hacer la terapia pero mejor hacerla antes que quedarse con la pata mocha, cosa que puede pasar si uno no se ocupa a tiempo.

Volvamos a Jorge, mi kinesiólogo. Jorge es un hombre de unos 50 pico de años, parece una persona sencilla, amable, charlador. Le gusta su trabajo, lo toma con mucha seriedad y humor a la vez. Se divierte hablando con su secretaria, quien trabaja a metros de él, y observa todo lo que ella hace. También charla mucho con los pacientes, suele atender a 3 al mismo tiempo en diferentes camillas separadas tan solo por una cortina.

Jorge te da la bienvenida con un fuerte apretón de manos, te dice en qué camilla acostarte y comienza con su trabajo de inmediato. No pierde el tiempo ni te hace esperar en la sala llena de revistas Ohlalá por más de 5 minutos. La verdad que atenderse con él es una experiencia fantástica.

Pero a mí me odia. Y su secretaria también.

Empecemos por ella. Desde el día uno cuando me abrió la puerta no la saludé ni con un beso ni con un apretón de manos. Listo, situación incómoda establecida. Con ese punto de partida ya no había vuelta atrás, entonces cada vez que llego me quedo quieto a un metro y medio de la puerta saludando en voz alta, con un gesto con la cabeza y esperando a que se mueva para pasar. Ya no le puedo dar un beso, a esta altura es demasiado tarde. Darle la mano tampoco es una opción. La rutina está establecida y así será hasta mi última sesión. Lo tengo más que claro.

Estoy seguro que aunque no me lo demuestren en la cara, apenas entro ya sé que me odian. Me imagino que cuando toco timbre y aviso que estoy subiendo, él levanta los ojos hacia arriba con un gesto de “llegó Portías”. Y su secretaría asiente. De hecho los escuché decir que tienen identificado a cada paciente por como toca el timbre. Así que para no ser menos trato de tocar siempre igual.

El odio de parte de él empezó en la primera sesión, cuando intentó entablar conversación conmigo a través del fútbol. Ante mi respuesta de no saber nada al respecto de dicho deporte continuó la charla con el paciente de al lado. Se dio cuenta que conmigo no tenía mucho más de qué hablar. Supuse que eso era de lo único que podía hablar con los pacientes y por eso ya no habría química entre nosotros, pero me equivoqué. Los temas que escuché debatir con las demás personas que allí se atienden fueron de lo más variados y originales. ¿Entonces por qué se quedó con esa imagen negativa mía? ¿Por qué nosotros no podemos charlar sobre esos otros tópicos?

Doña Rosa

Me cayó la ficha de esto en la segunda sesión, cuando la señora Rosa, apenas recostada sobre su camilla, le preguntó cómo le fue con los pisos nuevos que instaló en su casa. Ese no parecía un tema trillado como el clima o alguna novedad política. Ella sabía de su vida privada lo suficiente como para hacer una pregunta así de directa. Y la única conversación que tenía conmigo era: “¿cómo está el tobillo esta semana?”. No podíamos salir de ahí.

Aún así supuse que no tardaría en entrar en su corazón y hacerlo charlar conmigo. No es que yo sea una persona sociable, para nada, no lo soy. Mi problema es que si él es tan sociable con el resto de los pacientes que pasan por allí, yo quiero tener el mismo trato. No me gusta ser ignorado. No quiero que se aburra cada vez que me tenga que atender.

La charla con Rosa siguió navegando por temas como una receta de pastas, comentarios varios sobre sus hijos y, por supuesto, su delicada salud.

Quizás la señora Rosa fue una excepción y eran amigos, por eso sabía tanto de su vida, pero las siguientes sesiones me hicieron dar cuenta de lo equivocado que estaba. Jorge tenía algo personal conmigo.

Ernesto

La charla con Ernesto fue una maravilla de principio a fin. No podía creer lo que sucedió. Ernesto empezó hablando de lo cansado que estaba, Jorge le recomienda dormir una siesta, el paciente responde que solo los que tienen plata pueden hacer eso. Él tiene que trabajar y no tiene tiempo para dormir un rato de siesta. Jorge dice que en el consultorio siempre paran por las tardes, lo que le da tiempo de tirarse una media horita. Ernesto continúa hablando de “los que tienen plata” para pasar a los políticos, los corruptos y los chantas, y de “cómo está el país”. Tópico que puede llevar más horas que hablar de un mundial entero. Sin darme cuenta, cuando quise prestar atención sobre su postura política ya estaban hablando de fútbol. Nunca entendí cómo pueden pasar de un tema a otro de esa manera tan ágil. Claramente hay una habilidad social para las charlas mínimas que yo no tengo.

Ese día pasó algo. Jorge lo intentó de nuevo. Hablaban de Boca. Había pasado algo, con alguien, o algún jugador, o dirigente, o jugada, ¡qué sé yo! Entiendo menos de fútbol que un esquimal. Y Jorge me consultó a mí qué opinaba al respecto. No sé si lo hizo para tratar de involucrarme en la charla, para intentar congeniar conmigo, porque se había olvidado que ya le dije que no sabía nada de fútbol, o lo peor y más siniestro de todo, recordaba que no es un tema del que sepa y me preguntó a propósito para acentuar su odio hacia mí y cómo era que yo no sabía nada de este deporte nacional y popular tan querido por todos. De todas formas volví a responder que no sabía de qué hablaban y sin mirarme siguió su charla con Ernesto hasta que terminó mi sesión.