Memorias sudorosas

Por Lucila Yañez
Hiperhidrosis: Exceso de sudoración, generalizado o localizado en determinadas regiones de la piel, principalmente en los pies y en las manos.

Así se llama el mal que padezco desde mucho tiempo antes de ser capaz de recordarlo.
Mi madre me ha contado que aun siendo una bebé diminuta debía esperar a que me durmiera para cortarme las uñas, porque si permanecía despierta durante la sesión de manicure las manos y los pies me sudaban inconteniblemente.
Al escolarizarme comenzaron los verdaderos problemas: durante las excursiones debíamos tomarnos de la mano para que nadie se perdiera; iba a un colegio religioso, me pasaba la misa entera pensando en el fastidioso momento en que iba a tener que rezar estrechándole la mano a quienes estaban a mi lado; tuve que usar secante para poder escribir, si apoyaba la mano en la hoja la humedecía al punto tal de desintegrarla —sí, como si de una carta bomba se tratara—.
En la adolescencia era una verdadera pesadilla el simple hecho de compartir una pieza de baile con un muchacho; ni hablar de la remota posibilidad de aprender a tocar un instrumento o usar sandalias; en ocasiones, he llegado a aplaudir salpicándome el rostro.
En la actualidad, siendo una señorita grande, sigo padeciendo este flagelo. Muchas de mis amigas ya han tenido hijos, por lo general —a menos que me los den envueltos en una toalla o estemos sumergidos dentro de una piscina— evito levantarlos a upa porque los empapo. La sola idea de ser madre me hace pensar que mi hijo será el primer niño del mundo entero vestido, íntegramente, con trajecitos de neoprene.
Al día de hoy, puedo enumerar situaciones concretas que siguen siendo una tortura: completar un formulario; dar la mano en un saludo formal; sostener el número hasta que toque mi turno en un comercio; que alguien me pinte las uñas.
Es que cuanto más sé que necesito usar las manos, más me sudan.
Recuerdo cuando en uno de mis trabajos tenía que fichar con mi pulgar, he pasado horas intentando que el lector reconozca mi huella dactilar.
He concurrido a bodas y al momento de aventar el arroz a la feliz pareja me he quedado con los granos adheridos a la palma de mi mano.
Igual, no todos son disgustos. Los animales suelen lamerme las manos cariñosamente, supongo que debe agradarles la idea de toparse con un abrevadero humano. También creo que, de haber querido, podría haber hecho una gran carrera como banquera —prescindiendo de la almohadilla húmeda y de la máquina contadora de billetes—.

Pero mi inquietud sigue sosteniéndose en el tiempo… ¿Es que acaso se trata de puro autoboicot o mera rebeldía de las glándulas sudoríparas?