LOS CONJETURADORES | CAPÍTULO #8

—Un gorila con una feta de salame en la boca, me mira. Me mira y no hace nada —dijo ella.
Nos reímos.
—Dale, ahora vos —agregó.
—Mmmm, no sé, eh, intentemos.
Cerré los ojos. Esperamos unos cuantos segundos. Ella se anticipó y me zamarreó:
—¿Y?
—Pará, ¿qué te pensás? No pasaron ni treinta segundos —me quejé—, esperá un poco más.
Eso hicimos, volví a cerrar los ojos y después de algunos minutos me despertó.
—¿Y ahora?
—Fuego, una casa completamente en llamas —dije.
Ella se rió.
—Estás enfermo. Dale, yo de nuevo.
Ella cerró los ojos, dejé pasar aproximadamente siete segundos y la moví con el brazo. Ella se sobresaltó y abrió los ojos al instante, tratando de captar la poca luz que había en el ambiente.
—Ay, no… —dijo.
—¿Qué pasa?
—Yo estaba en el lobby, había gente alrededor, lo normal, como en un hotel. De pronto vi ahí parado al oficinista, de espaldas, pero tenía un casco de moto puesto y en las manos un skate. Estaba quieto y dejó caer un papel al piso. Di unos pasos y de golpe ya no estaba, miré alrededor y nadie, el hotel completamente vacío. Caminé hasta el papel, me agaché y lo agarré. Giré sobre mi eje dando varias vueltas, bajé la vista, abrí el papel y en birome azul y en letras bien grandes decía “¡¡¡Ring!!!”. Ahí sentí que me llamabas, me daba vuelta, y estabas vos vestido de frac y galera violeta.

Nos quedamos en silencio por unos segundos.

—¿Y yo soy el enfermo? —le dije, y agregué— ¿soñaste todo eso en menos de diez segundos?
—Te juro —me dijo algo asustada.

Nos quedamos así, los dos acostados boca arriba en nuestra cama, en penumbras, mirando el techo y en silencio.

A veces jugamos a eso antes de dormir. A los chicos se les cuentan cuentos, nosotros nos contábamos nuestros propios sueños. Uno se duerme, el otro deja pasar unos segundos y lo despierta. El que se fue al otro mundo, vuelve a este y narra lo soñado. El juego funciona más con ella, porque se duerme al instante, yo soy más jodido, doy muchas vueltas. Pero cuando se está muy cansado funciona muy bien. Nada mejor que el cansancio fulminante para que la cabeza se apague casi al instante y se active la máquina onírica salvaje.

Al otro día nos dimos cuenta de que nos habíamos dormido con la ropa puesta. Nos levantamos, el sueño no había sido del todo reparador, ella tenía dolor de cuello, yo de cabeza. Tomamos mates y comimos tostadas casi sin hablar. De fondo alguna maratón de Los Simpson.
El plan seguía en pie: ir a la Bond Street.
Nos fuimos a cambiar. Una idea: ir vestidos al tono. No es que fuéramos dos tipos formales, pero decidimos ir bien con el estilo de la galería, que era el estilo de los noventa. No nos costó, teníamos algo de esa ropa guardada en el fondo del placard.
Ella se puso unas All Star botitas negras, bermudas de jean, una remera de Blur y un cardigan.
Yo me puse unas Puma rojas hechas bolsa, un jean roto en las rodillas, una remera de Nirvana completamente arrugada y una camisa leñadora abierta.
Sí, fuimos de esa onda adolescente y, sí, somos nostálgicos, aún conservábamos esas prendas.
Nos sacamos una foto en el espejo y nos reíamos uno del otro, y de nosotros mismos.

Al entrar a la galería sentíamos que volvíamos a 1998.
La recorrimos. Recordábamos muchas cosas, la mayoría había cambiado, algunas casas de tatuajes seguían ahí, también Thor, la disquería, y Rayo Rojo, la mítica librería de piezas de culto, gemas e incunables.
Nos quedamos un rato mirando la vidriera.
Nadie que sea habitué de esa librería se para en la vidriera a mirar. Que nos pararámos ahí estaba dejando en evidencia: “Claramente no son de acá, claramente no frecuentan la librería. Si no, hubieran entrado de una, estarían preguntando si llegó tal ejemplar o hurgando las bateas de comics checoslovacos”.
Lo mismo pasa con las librerías comunes. Los lectores de verdad, los que compran, al menos, un libro por mes, no tienen nada que hacer mirando una vidriera. Entran, preguntan o revisan.
Seguimos en movimiento.
Debíamos, entonces, cambiar la actitud.
Seguimos recorriendo, y pasamos de largo. Llegamos hasta la otra salida, la de Rodríguez Peña.
Yo decía que no habíamos pasado por el local, ella que sí. Debate que en la lejana década de 1990 habría durado todo el día; acá, Facebook mediante, duró apenas lo que el 3G quiso que durara.
Ella entró al perfil de Vladimir Medina, el amigo de nuestro hombre, y buscó las fotos en las que aparecía el local.

Entramos con el celular encendido, mirando las fotos y buscándolo en la vida real.
Era un local de ropa: gorras de baseball, camisas cuadrillé, polleras tablitas, llaves de cadena, zapatillas tipo skaters, etcétera.

Caminamos varios metros, y ahí estaba.
Ella ganaba.
El flaco que atendía era grande, de unos 30 largos o 40 años.
Era petiso, de gorra visera, buzo canguro, todo tatuado y aro en la nariz tipo toro. Con panza, la típica panza que dan los años. Panza de birra, panza de padre, panza de “comer bien”.
Nos paramos en la vidriera, miramos un poco, pero no daba quedarse ahí.
¿Qué hacer?
¿Cómo esperar a que alguien se presentara?
¿De qué manera montábamos guardia sin que nadie lo notara?

Como la galería tiene dos entradas, en principio nos pareció que lo más lógico era esperar cada uno en una puerta.
Dicho y hecho.
Cada uno se apostó, no enfrente, no atrás de un árbol, sino sentado en el escalón de la entrada. Vestidos de los noventa éramos dos infiltrados que bien podían pasar por habitués esperando a alguien.
El WhatsApp era nuestro walkie-talkie.
Compartíamos las novedades, y algún meme viral del momento como para pasar el rato. Una joda bárbara.
Yo me comí algunos paquetes de Club Social clásicas.
Ella, un medallón de menta y un paquete de gomitas.
En vano, nadie. Ningún sospechoso. Es decir, ningún masculino caucásico con características similares a las de nuestro hombre, según el Facebook, Operación B, ni a su amigo, Vladimir.
El tedio me impulsó a cruzarme la galería y llegar hasta ella.
Me presenté a su lado, estaba sentada con auriculares.
—Basta de actuar, vamos —le dije cansado.
—No estoy actuando, estoy escuchando Radiohead —me dijo.
—Buena, Stanislavski, para compenetrarte en el personaje —le dije con sorna.
—No, boludo, porque me gusta —disparó.
—Bueno yo no aguanto más, me quiero ir.
—El trabajo del detective es este, esperar, ¿tu sueño en la vida no era ser detective? —me dijo.
—Me meo.
—Andá a algún bar, yo me quedo acá.

Sin decir nada, me embarqué en la búsqueda de una solución para mi momentáneo problema. Ella se quedó en la esquina de Santa Fe y Rodríguez Peña mirando hacia los dos ingresos a la galería.

Volví aliviado, como si en ese hacer pis se hubiera ido toda la impaciencia del mundo.
Pero ella no estaba en su posición.
Agarré el celular y no había ningún mensaje. Pero noté que no tenía 3G. Me había quedado sin crédito. Estaba realmente pobre. Hice una recarga SOS, reinicié y ahí sí, me cayeron siete WhatsApp. Todos de ella.

“ACABA DE LLEGAR VLADIMIR MEDINA”.

“Entró por Santa Fe. Te espero acá, en la puerta”.

“¿Dónde estás?”.

“¿¿Adónde fuiste a hacer pis, a la Base Marambio??”.

“¿¿¿Estás bien???”
“¡Me estoy empezando a preocupar!”

“Bue, entro. Sino lo vamos a perder”.

Entré a la galería todavía leyendo el último mensaje.
Caminé hasta el local, pero no me detuve en la vidriera, ya era demasiado obvio si miraba de nuevo la ropa que lucían los dos escuálidos maniquíes.
Pasé de largo, pero cabeceé y vi al tipo del local con dos amigos de espaldas. Y ni rastros de ella. Pegué la vuelta sobre mis pasos como quien olvida algo y volví a pasar, ahora hacia el otro lado, me detuve en el local de al lado, una tatuadora. Miré las fotos de famosos tatuados pegadas sobre el vidrio tratando de entender qué pasaba. Saqué el celular para escribirle, pero justo vi algo, un reflejo. A veces tenemos cosas adelante de las narices, pero no nos percatamos. Hice cambio de foco: de una foto de Wallas mostrando un tatuaje en el gemelo, adherida al vidrio, a lo que ese cristal reflejaba. Ella.
La vi a ella en el local de atrás.
El mismo cambio de foco que hago en las ventanillas del tren: paso de ver el exterior, a ver el reflejo de una persona sentada cerca de mí.

Me di vuelta, ella estaba en el local de enfrente, adentro, pasando las hojas en una carpeta.

Entré y me uní a esa demente que tenía de novia.
Me habló como si nada, pero de tatuajes y aritos, nada de todo lo otro.
El local era chico, y el tipo estaba ahí al lado.
Hablamos por WhatsApp.
Me dijo que desde ese local era el mejor ángulo para hacer guardia.
Era cierto. La visión era casi perfecta. Pero también era la única que teníamos.
Me dijo que la mejor manera de disimular era no disimular. Por eso había entrado, por eso se hacía la interesada.
Yo le escribí que eso era disimular, que no disimular era estar de verdad interesado en un tatuaje o arito.
—¿Y, ya se decidieron? —dijo el tipo.
—Sí —dije—, yo un arito en la ceja, ¿y vos? —le pregunté a ella mientras la miraba.

La única forma de poner el cuerpo era poniéndolo.
Y la verdad que desde ahí, mientras nos agujereaban la cara, podíamos controlar muy bien los movimientos del local de enfrente.
Ella, asintió, y dijo casi sin quererlo: Nariz, en la nariz.

Yo había querido tener un arito, una argollita bien chiquita en la ceja desde los 15 años, pero no me había animado por miedo a que se me cayera el párpado y quedara como Thom York.
Ella no, a ella no le simpatizaban nada esas cosas.

“Ahora, sí”, pensamos mientras nos mirábamos al espejo, “ahora somos dos dignos alternativos de los noventa”. Ella estaba pálida. Pero le quedaba muy bien, estaba hermosa con la nariz agujereada, como salida del videoclip 1979 de Smashing Pumpkins.
Yo estaba aún más grunge.
Era como volver a la adolescencia. Todo muy MTV, la Rock & Pop en su mejor momento, la generación X y Winona Ryder.
Nos reíamos sin poder creer lo que habíamos hecho, en ese momento nos olvidamos por completo de todo. De golpe esa galería funcionó como una máquina del tiempo real. La estábamos pasando bien. De golpe nos invadió la idea de tener 16 o 17 años, esa sensación de tener toda la tarde al pedo. Boludear acá, allá, donde diera. Deambular, vaguear, ir del centro al barrio, tomar una coca o una birra. Estar con amigos, con la chica que te gusta.
Yo ya me estaba figurando en la cabeza una cerveza helada, cuando ella me dio un codazo.
Vladimir estaba saliendo del local de enfrente.
Salimos expulsados del local de aritos.
Ok, a transgredir nuestra más estricta regla: Nunca seguir a un fulano conjeturado.
Pero ya estaba todo mal.
Lo seguimos bajando por Rodríguez Peña.
Cruzar Córdoba y seguir hasta Corrientes, tomar la avenida, luego girar en Montevideo, en Sarmiento para volver a tomar Paraná. Lo seguíamos cuidadosamente, a una distancia prudencial, pero por momentos, al doblar en una esquina, el tipo aparecía a diferentes distancias. Como si cuando dejábamos de verlo corriera con todas sus fuerzas, para luego detenerse como si nada pasara cuando volvíamos a hacer contacto visual.
Lo seguimos hasta llegar a Av. de Mayo, lo vimos girar hacia el bajo y caminar hasta el Palacio Barolo.
Ahí Vladimir, el amigo de nuestro hombre, ingresó al pasaje. Nosotros dejamos pasar algunos segundos e ingresamos. Sin detenernos, descubrimos que el tipo no estaba. Así como en la recorrida aparecía a distancias raras, acá había pasado lo mismo, pero diferente. No solo se había alejado, sino que había desaparecido.
Sin demostrar demasiada alarma —el lugar está siempre lleno de guardias—, seguimos caminando. Caminamos y miramos para todos lados. Hasta que llegando al sector de los ascensores, un tipo más bien joven nos recibió.
—Hola, ¿qué tal? Sí, por acá —nos dijo mientras acompañaba con una mano el saludo.
—No, no, perdón, estábamos cruzando el pasaje nada más —le dije.
El tipo se sonrió.
—Por favor —agregó.
—Se estará confundiendo —dijo ella.
Ya poniéndose serio, dijo:
—Vamos, por favor —insistió abriendo la puerta del ascensor.
Nosotros nos quedamos de pie, inmóviles. Desconcertados.
—Lucila, Sebastián, los están esperando.
Luego de un largo rato de mirar alternadamente al tipo y el ascensor antiguo vacío, nos entregamos.
El tipo no habló en todo el viaje. Nosotros tampoco.
Él iba con una mano en la manija de la enclenque puerta de rejas, con la cabeza completamente hacia abajo, como mirando algo afuera, no solo del ascensor, sino afuera del mundo.

Llegamos al último piso.
El tipo nos hizo bajar con un gesto.
Nosotros obviamente lo obedecimos.
Cerró las puertas detrás de nosotros y se adelantó indicándonos el camino.
Nosotros nos miramos a la vez que arrancamos a una velocidad más que lenta.
Caminamos por los amplios pasillos.
El tipo se detuvo en una puerta. La última del fondo.
Era de madera con un vidrio esmerilado, como la de los detectives de películas o novelas. Pero a diferencia de las ficciones, no había adherido ningún nombre sobre el cristal.
El tipo abrió la puerta de par en par sin soltar el picaporte, pero manteniéndose del lado de afuera.
Pasamos.
Oímos un portazo detrás de nosotros.
El tipo se había ido.
Toda la habitación era blanca.
Salvo por una mesa redonda en el centro, el cuarto estaba completamente vacío.
En ella, un tipo sentado.
El ambiente estaba repleto de ventanales sin cortinas, lo que hacía que la resolana del día casi nos cegara y nos impidiera ver la cara del sujeto.
Dimos unos pasos timoratos.
La miré a ella entrecerrando los ojos para ver si estaba bien, si tenía miedo o algo. Nada fuera de lo común: Cara de “lo quiero saber todo”.
Es más curiosa que Fainá. Y si esa curiosidad terminaba con ella, con nosotros, así como con los gatos, bueno, ¿qué más que morir en nuestra ley?
Cuando vemos una película elegida por ella, una comedia o una romántica ligera, es muy probable que si es de noche caiga en el más profundo sueño antes de llegar al primer punto de giro, pero si vemos una de suspenso, un thriller o policial, listo, andá a comprar helado o algo porque no se duerme más. Las intrigas son más fuertes que ella. Mira hasta esos documentales medio berretas de crímenes de Investigation Discovery.
El tipo habló, dijo que nos conocía, que sabía de nuestros “jueguitos”, que no nos alarmemos, que no era policía.
Obviamente no era policía con tan misteriosa aparición.
Dijo que quería que nos uniéramos a algo que no llegamos a entender.
Dijo que nos veía potencial, que de alguna manera llegamos hasta él.
Nosotros no entendíamos una palabra de lo que decía.

¿De qué jueguitos hablaba?
¿Cómo podía saber de nuestras conjeturas, si no se lo habíamos dicho a nadie y todo lo que filmábamos estaba en nuestro poder, en la privacidad de nuestro disco duro?
¿Quién era ese tipo?
¿Por qué esa presentación rimbombante, en ese edificio solemne?
¿Cómo sabían nuestros nombres?

El hombre se puso de pie y dio media vuelta, quedó de espaldas a nosotros mirando por la ventana. Estaba de saco verde agua y una corbata de flores con un sujetador dorado que nos encegueció aún más al ponerse de pie.

Dijo que seguramente tendríamos muchas preguntas.
Dijo que estaríamos completamente en blanco, aunque creía que en blanco, en blanco, no. Que seguro ya estábamos “conjeturando” algo.
Inmediatamente después de decir esto, se dio media vuelta y quedó de perfil.
Los perfiles no engañan.
La ropa, el contexto, el maquillaje, la luz de frente podían distraer, pero los perfiles no.
El corte de cara.
Era el mismo corte de cara del motoquero, del oficinista y del alternativo.
Se dio media vuelta y se acercó hacia nosotros.

No había dudas. Era él. Todos ellos. Ahora vestido de abogado, escribano o contador medio mersa.

Se sentó sobre una pierna en la mesa.
—Sé que tienen muchas preguntas, y que ahora mismo están desorientados —dijo—. Pero también sé que tienen muchas conjeturas —agregó—, y eso es lo que nos interesa.

Rompimos el silencio, nos hartamos del misterio barato, le tiramos toda una artillería de preguntas.
Pero nos dijo que nos iba a contestar una sola.
Nos reímos.
—¿Pero quién es este, el rey de los minisúper? —le dije a ella.
Nos reímos más fuerte. Él quedó desconcertado. Luego reculó.
—Bueno, bueno… No creo que puedan vivir con esta incertidumbre en sus entrañas —dijo—. Por otro lado —continuó— con una pregunta basta.
Tenía razón.
Sin más vueltas disparamos:
—Simple: ¿por qué te vimos en tres lugares distintos siendo tres personas completamente diferentes? —dijo ella.
—Bueno, muy bien, a eso hemos venido. Todo empieza y termina con esa pregunta.
Yo, como ustedes, hago “juegos”. Utilizo a personas de la vida real como piezas. Aún sin saberlo. Aún sin siquiera intuirlo. La gente no entiende nada. Está tan ensimismada en sus miserias que no ve nada. Bueno, yo juego con ellos. Yo me muestro de tal o cual manera, y ellos lo toman sin cuestionar nada.
Una semana soy taxista.
Otra semana soy jardinero.
Otra motoquero.
Antropólogo.
Cineasta
Oficinista.
Punk.
Panadero.
Despachante de aduanas.
Alternativo.
De logística.
O escribano público.
Estudio bien cada perfil, analizo cada estilo, cada vestimenta, características, detalles. Leo, estudio sobre ese tema que me convoca en Internet, busco en libros. Observo. Busco accesorios, peinados que acompañen, formas de moverse, de hablar, palabras recurrentes.
Consigo todos esos elementos: alquilo vestuario, utilería, compro o pido prestado. Me pruebo diferentes combinaciones, ensayo frente al espejo, hablo, pido delivery siendo “ese” personaje, salgo, camino, pruebo diferentes técnicas, y cuando me siento seguro, salgo.
Me olvido de todo y vivo ese personaje.
Interactúo. Recorro, camino, entro a locales, voy a recitales, me meto a universidades, voy a comer. A correr a Palermo, hablo con mujeres, con hombres, con viejas, con comerciantes. La gente quiere hablar. La gente quiere estar en contacto con otra gente. Quiere saber que a otro le pasa lo mismo que a uno, que no está sola.
Cuando me empiezo a aburrir. Cuando los temas se empiezan a repetir, cuando todo se vuelve tan trillado que me dan ganas de arrancarme los oídos, sé que es la hora de cambiar. Es hora de sacarme ese traje.
Con una semana basta. Por lo general no pasa más de ese tiempo que me canso mortalmente siendo aquel personaje, no me quiero imaginar a esa gente que es así toda una vida.
Yo me pego un tiro.

—Pero vos sos una persona, también, no estás más allá. Sos el alternativo que vimos en Facebook, que para que no lo reconozcan se puso de nombre Operación B —dije.
—Ah, no… también hago perfiles falsos de Facebook. Hoy día el personaje no está completo sin su contraparte virtual —dijo—. La cosa es muy larga. Ahora hago una pregunta yo —continuó—. ¿Les interesaría formar parte?
—¿De qué? —dije, descolocado.
—¿No se van a creer que soy un loco que anda haciendo esto solo por el mundo?
No respondimos nada. Definitivamente creíamos que era un loco.
—Acá hay un equipo y, a su vez, hay varios subequipos, cada uno con su juego. Hay uno, por ejemplo, que ingresa a casas de desconocidos a observar. No hace nada, digamos, malo. Simplemente entra y deambula. Lo hace en guardias inmobiliarias, cuando la casa está habitada. Entra como cualquier interesado, pero su interés está en otro lado. En ver y descifrar quién vive allí.
Hay otro grupo que hurga en mochilas, en carteras, en valijas. Van a boliches, a salones de fiestas, arreglados con el encargado del guardarropas, husmean en carteras, en mochilas, no roban, solamente miran. Miran y tratan de descifrar la vida detrás.
Otro grupo persigue gente simplemente para ver adónde va. Se tomaban colectivos, subtes, taxis si es necesario. Cuando el personaje perseguido llega a destino, listo, se termina la misión.
Todos nos vinculamos entre sí e interactuamos. El tablero es el mundo. Nosotros, los jugadores concientes; la gente, los jugadores inconcientes.
Formulo la pregunta de nuevo, entonces, ¿quieren seguir siendo jugadores inconcientes o quieren pasar del lado de los que estamos despiertos?

Sin saber qué responder, dijimos que lo íbamos a pensar.
Estábamos saliendo, cuando ella pegó un grito:
—Pará, ¿qué tiene que ver el tipo de galera en todo esto?
Él frunció las cejas pensando.
—Sí, tienen que ser ustedes… —insistió ella—. Nos toca el timbre un tipo de galera violeta a las tres de la mañana.
—No, no me suena de ningún lado, eh. Y yo conozco a todos los grupos. Bueno —continuó— si después de pensarlo quieren formar parte, simplemente nos contactan. Si no saben cómo hacerlo, ya lo sabrán.

Salimos de la oficina.
Bajamos por las escaleras.
El edificio era una eminencia, merecía que al menos recorriéramos un poco sus entrañas, sus paredes y sus escalones de mármol frío.
Salimos del palacio, pero por la puerta de atrás, no por la que da a Av. de Mayo.
No aguantábamos el silencio, queríamos hablar, queríamos compartir todo ese delirio.
Por eso apenas cruzamos la pesada puerta de vidrio empezamos con lo segundo que más nos gusta hacer: hablar.
Hablar, que en realidad es conjeturar.

¿Qué carajo había sido eso?
¿Quién era ese tipo?
¿Quién era realmente? ¿De verdad hacía todo eso que decía?
¿Qué le hacía pensar que porque había “un grupo grande de gente haciendo esto” automáticamente lo alejaba de alguna demencia o símil enfermedad de la cabeza?
¿Esa era su oficina o qué?
¿Ahí se juntaría con los delegados de los otros grupos?
¿Cuál era su verdadera cara?
¿Tendría tantas identidades que ya no sabría cuál era la verdadera?
¿De qué viviría?
¿Sería acreedor de alguna fortuna familiar, lo cual le permitía disponer de todo ese tiempo libre?
¿Por qué nos había contado todo eso?
¿No sería demasiado?
Explicó lo de “ser” diferentes personajes, pero no explicó qué carajo hizo en el hotel de aquel lobby al dejar caer ese papel.

Todos cabos sueltos.
Paparruchadas.
Ingeniería barata.
La trama más intrincada para nada.
¿O había algo que no estábamos viendo?
¿Algo se nos estaba escapando?

Nos sentíamos como Milazzo en el final de Los Simuladores. Engañados.
Engañados por segunda vez.
A Milazzo lo mandaban a cazar a Bin Laden a la loma del orto, es cierto; acá supuestamente nos querían hacer miembros de ese extraño y selecto grupo, pero igual era todo raro.
No sabíamos qué creer, no todavía.
Era todo muy pronto, estaba todo muy fresco.
Pero lejos de sentir miedo y más allá del desconcierto, nos gustaba, nos excitaba. Era lejos una de las mejores situaciones para conjeturar. Nosotros queríamos gente rara, gente distinta, gente que no respondiera a los mismos patrones previsibles. Bueno, acá estaba todo junto.
Tomá, pa, directo a la cara.

Caminamos, volvimos a Av. de Mayo. Aún quedaba algo de luz, el aire era cálido.
Caminamos en silencio.
Caminamos como dejándonos libres. Sin pensar en nada. Tranquilos.
Decidimos tomar un bondi.
Subimos y nos sentamos en un asiento doble.
De a poco se empezó a llenar.
Gente que volvía a su casa después del trabajo, de la facultad, del médico o de visitar a alguien.
Ahí recordamos que era un día hábil, de semana.
Pensamos un poco en que andábamos con nada de trabajo.
Pensamos en que había que hacer algo.
Yo no quería saber más nada con el freelancismo.
En la revista donde escribía ella, las cosas no andaban bien.
Yo quería hacer otra cosa, quería escribir.
Pensamos en que teníamos que pensar ideas para salir de ese estado seudopasivo en que nos habíamos metido.
No tenía nada que ver con conjeturar. Bueno, quizás algo, pero la cosa venía mal desde antes.
Pensamos en poner una agencia de conjeturadores.
Nos reímos.
Era una boludez, pero nos daba gracia.
Nos imaginamos cómo sería.
Hablamos sobre la propuesta del tipo.
No nos convencía para nada.
Si bien su juego era interesante, no le veíamos ninguna finalidad. Era como ser espía sin misión. Y está bien, no todo tiene que tener una finalidad práctica, concreta, ya, en el mundo real, pero en ese momento nosotros necesitábamos otra cosa.
Aparte al tipo le faltaba algo. Era supuestamente líder de una agrupación extraña, pero no era carismático, no transmitía nada. Parecía más bien un vampiro o un zombi.
Por ejemplo, si voy a leer una novela de crímenes o ver una serie, yo quiero que el detective tenga una particularidad, que me seduzca. Como Columbo, aparentemente torpe, despistado, de pocas luces. Siempre está hablando de la mujer, entra y sale de los cuartos sin avisar. O como The Mentalist, un tipo rubio, fachero, que hace propagandas de perfumes, está atormentado, sí, pero es gracioso, se ríe todo el tiempo, llega a la escena del crimen y se sienta en el piso a pensar. O más raro todavía, como en Hermanos & Detectives, que el encargado de desentrañar los más truculentos crímenes es un chico de 11 años.
No, acá no había nada de eso.
Hicimos silencio.
El viento nos daba en la cara.
La noche ya era total.
Las luces de los locales pincelaban el ambiente.
Bajé la mirada al celular, me arrimé a ella mostrándole las fotos de personajes conjeturados, como quien mira el álbum viejo de un cumpleaños. Miramos todo con una actitud cansina, miramos cuando todo eso había empezado con algo de nostalgia.
Hasta que llegamos a las fotos y al video del oficinista del lobby, lo miramos ya sin alarma, ya sin buscar nada. Yo dije:
—El tipo dijo que si nos decidíamos íbamos a saber cómo contactarlo. ¿Y si esa es la forma de contactarlo? ¿Si la forma de unirse a esos grupos es ir al lobby y esperar que el tipo deje caer el papel con un número de teléfono?
—Y pero, ¿cómo la gente se entera que justo ese día el tipo va a ir a dejar el papel?
Se tienen que contactar de alguna otra manera, primero.
Tenía razón.
Bueno, pero algo había ahí.
—Che, me intriga mucho lo del tipo de galera —dijo ella—. ¿No tuvo nada que ver en todo esto?… es raro.
—Quizás es de otro grupo de gente que hace cosas similares que este tipo y que ni él ni los otros grupos conocen. No sé, quizás sean, digamos, de otra jurisdicción —dije.
—O por ahí era un loco suelto. Un pavo que se hacía el misterioso. Qué sé yo —dijo ella.
Hicimos silencio.
—Bueno, quizás lo descubramos en otra temporada —agregó.
—Tu psicóloga te dijo que no midas la vida en temporadas, Lucila —le dije acentuando su nombre como quien marca algo que está mal, pero en tono exagerado, ironizando todo.

Ella se rió, y yo atrás.
La miré en silencio, estaba realmente hermosa con ese aro en la nariz, los pelos revueltos y todo ese look noventa.
Le di un beso.
Ella sacó los auriculares y me prestó uno, puso play y arrancó “Tonight, Tonight” de The Smashing Pumpkins.