LOS CONJETURADORES | CAPÍTULO #7

Una máquina escupe un sonido infernal.
Movimientos precisos.
Maniobras estudiadas.
Morsas y morsetas.
Calibres.
Bronces.
Millones de pequeños adminículos colgados de una pared.
Amarillentos.
Viruta, y más sonidos.
Un líquido viscoso empapa el objeto en pleno proceso.
Una cierra come los surcos.
Los crea.
Grietas y canaletas idénticas a otras.
Más mediciones.
Más comparaciones milimétricas.
Buscando la perfección.
Limas y escofinas cilíndricas.
Comiendo asperezas.
Erosionando rebordes.
Descartando cualquier canto indeseado.
Obteniendo, así, la perfección.
Ese objeto de bronce que permite abrir y cerrar puertas.

Estábamos en la cerrajería.
El flaco, más bien robusto, hacía su trabajo con maestría.
Pibe joven, no más de 29 años.
Metalero hasta la médula.
Posters adheridos a la pared de bandas de heavy metal, new metal, hard rock y algo de punk.
Él era una extensión de esa tribu: remera negra de Iron Maiden sin mangas, jean azul clásico, botas, y un pañuelo en la cabeza. También negro.
Amable el flaco.
Perfeccionista.
Puntilloso.
Se le notaba en los movimientos, en la forma de llevar la ropa y su comercio.
Todo estaba en su lugar.
Mostrador impecable.
De un lado los imanes con sus datos, al lado, unos volantes apilados ordenadamente.
Del otro, un cenicero de calavera, grande y limpio.
Como lo hemos dicho mil veces ya, hay estereotipos: músico = colgado; escritor = obsesivo; abogado = garca. Pero dista mucho de ser una realidad concreta.
Me juego una córnea a que Pedro Aznar tiene más de obsesivo que de colgado.
En este caso, el flaco era metalero, sin dudas vinculado a lo sucio, lo desprolijo, lo fuera del sistema, pero no, este flaco era ordenado hasta la obsesión, pulcro, puntilloso.
Al entregarnos la copia de las llave tomó un imán y sin querer tocó los volantes de al lado, a los que al instante acomodó con un grado de detalle milimétrico.
La ropa, los accesorios, la ambientación de un local, de una casa, el auto, los peinados, son contextos, acompañan, te puede decir muchas cosas, pero hay que atender a todo, no quedarse pegado a eso.
No importa tanto el qué sino el cómo.
Hay oficinistas pulcros, hay tipos todos tatuados extremadamente pulcros, hay carpinteros
pulcros y, claro, cerrajeros adoradores de la música del metal.

Bueno, es obvio porqué terminamos ahí.
Con el consorcio decidimos como primera medida cambiar la cerradura de la puerta de entrada del edificio.
Nosotros somos más de votar en contra de ese tipo de cosas, pero esta vez era distinto.

¿Qué estaba pasando?
Que un tipo con galera violeta tocara timbre a las tres de la mañana ya era raro, pero que entrara al edificio y merodeara los pisos, más precisamente el nuestro, con el inquietante detalle de que se hubiera detenido en nuestra puerta y hubiera apoyado su ojo en la mirilla, era demasiado.
Por supuesto que las mirillas de las puertas están hechas para mirar desde adentro hacia afuera. El fulano este no habría visto más que una serie de lupas superpuestas o a lo sumo el brillo de su ojo. Pero de todos modos resultaba aterrador.
Y el colmo era que los del consorcio y varios vecinos nos estaban inculpando de algo.
No fue una cosa declarada, pero sí una insinuación.
Según sus fabulosos análisis, el tipo no había entrado por la puerta de entrada.
Decían que quizás lo había hecho por el garaje o por la terraza. Un disparate.
El edificio es bajo, tiene apenas cuatro pisos, pero igual, era una cargada.
No lo decían abiertamente, pero seguro pensaban cosas que hablaban entre ellos. Se les veía en la cara, en las miradas acusadoras.
Seguro pensaban que teníamos una deuda.
O que estábamos amenazados por algo, y este era una suerte de aviso o mensaje.
Extrañísimo, sí, pero aviso al fin.
Seguro pensaban que el tipo, conocido nuestro o algo así, nos había robado las llaves, había hecho una copia y nos la había devuelto sin que nos diéramos cuenta.
Teoría que enseguida se derrumbaba porque según el análisis del video el tipo de galera no había entrado por la puerta. Y el portón del garaje se abría con control remoto.
Pero no, ellos la tenían re clara, todo desde que el sagacísimo administrador pensó que si el tipo se detuvo en nuestra puerta, el mensaje mafioso era hacia nosotros.
Elemental, Watson.
Son ellos, arréstenlos.
Igual no había forma de probar nada.
Lo cual era un poco peor.
Nada más incómodo para seres de nuestra especie que ser acusados de un crimen que no cometimos. El falso culpable es el peor traje para dos pares de neuróticos, con algo de paranoia y una pizca de obsesión.

Por eso, hacíamos como si no pasara nada, pero por las dudas evitábamos cualquier contacto con los vecinos. Entrábamos y salíamos del edificio en horarios no tan concurridos y cuando no nos quedaba otra prácticamente lo hacíamos al trote, y le sumábamos capuchas y gorras visera.
Dos capos, la verdad.
Podemos evitar con una increíble destreza que un X no se dé cuenta de que le estamos clavando la mirada conjeturadora, pero cuando queremos pasar desapercibidos nos ponemos un sombrero de paja o un pañuelo en la cabeza y anteojos de sol a las diez de la noche.

Probamos la llave recientemente clonada por el metalero, y andaba a la perfección, incluso mejor que la verdadera. Más fluida.
Sin dudas, el pibe hacía muy bien su trabajo.
Subimos a nuestro departamento lo más rápido posible.

Eran las ocho de la noche, ese momento medio indefinido del día.
La televisión encendida en cualquier cosa, o la radio.
Te empieza a repiquetear la panza con algo parecido al hambre.
Tarde para merendar, temprano para comer.
Improvisamos un refrigerio: debemos decir que somos amantes de los snacks y de la picada en general.
Acompañamos los ingredientes finamente seleccionados con un vino medio pelo. Andábamos cortos de guita. Si el crimen no paga, el freelancismo menos.
Entre quesito cortado en cubos y maní con cáscara, del barato, nos acordamos que las sábanas yacían olvidadas en la soga de la terraza.
Es mi tarea, pero fuimos los dos porque habíamos hecho un lavado grande.
La terraza siempre desierta, solo nosotros la usamos para colgar la ropa.
Una reja con llave mantiene el edificio alejado de sujetos de salud mental dudosa y galera violeta.
Empezamos con nuestra tarea de destender la ropa con movimientos coreográficos dignos de personas carentes de ritmo y gracia. Pero no tardamos en ver una pantalla panorámica hermosa.
Nuestro edificio de apenas cuatro pisos se ve amenazado por los de alrededor, de diez para arriba.
Ya de noche, las casas se vuelven un panal de abejas con luz propia.
Sí, mirar ventanas ajenas era quizás romper otra de aquellas reglas que nos habíamos impuesto. Pero venía todo demasiado raro. Estábamos cansados, abrumados por tipos duplicados, por historias delirantes y vecinos acusadores. Nos merecíamos unas miraditas, introducirnos en vidas ajenas, unas dignas conjeturas.
Nos arrimamos a la baranda de la terraza y alzamos la mirada.
Buscamos con los ojos, ventanas, luces, balcones, cálidos livings para que nos devuelvan historias posibles, conflictos, personajes.
—Mirá esa —dijo ella—, ¿qué tiene ahora contra la ventana?, ¿una mesa ratona?
“El inquieto”: había un tipo que cambiaba los muebles de lugar cada tres días. Insólito. Se aburrirá, pensábamos o le teme demasiado al Alzheimer.
Yo paneé la cabeza y llegué a “La exhibicionista”, una chica que disfrutaba mucho de su cuerpo. Siempre se paseaba sin remera o en bombacha con la ventana completamente abierta. Ella nunca había podido verla: cuando subía, “La exhibicionista” aparecía en polera o bufanda. Se moría por verla.
Ella llevó la vista a otra ventana conocida mientras sacaba del bolsillo de la campera una bolsa de nylon con algunas tutucas. Empezó a comerlas.
Estábamos con salado abajo, pero me pareció bien seguirla en ese maridaje.
Comimos esas tutucas viejas, húmedas y seguimos mirando y charlando, apoyados en la baranda, como quien va al río a mirar los barcos pasar o al zoológico.
Todas las ventanas estaban tranquilas, ninguna se destacaba.
Un televisor encendido en un canal de deportes daba su función para un sillón vacío.
Una chica le daba de comer a su hija.
Un living inmóvil, con luz apenas de un velador. Nadie en casa, era obvio.
Otro, con apenas unas piernas junto a una mesa, según el ángulo de visión que nos dejaba ver nuestro estúpido cuarto piso frente a esos monstruos modernos de cemento.
Una chica haciendo macramé sentada en la mesa.
Hogares en seudomovimiento, familias enteras en los quehaceres mundanos.
Hasta que se levantó el telón de “La exhibicionista”, es decir, la persiana. Una vez que estuvo izada, la vimos con claridad. Era ella, pero vestida. Fue para otro cuarto, encendió la luz, hizo algo que lógicamente no pudimos ver, y luego de un rato apareció en remera y bombacha en el living, para volver a irse.
Encendió la luz del baño.
Era obvio: se iba a bañar.
—Bueno, creo que hoy es tu día —le dije—, la vas a ver en tetas.
Ella sonrió y se atragantó con una tutuca, pero pudo sobrevivir mediante un regurgitar muy fino.
Los dos pensamos algo casi en simultáneo.
¿La filmamos?
Eso ya era casi un delito.
Voyeurismo llano y declarado.
Fisgonear.
Husmear en casas ajenas era una cosa. Mala, sí, pero ya filmar era mucho.
Todo ese tema de la propiedad privada, la vida personal y esas cosas.
Ella sacó el celular con un hilo de batería. Yo no había llevado el mío.
Lo sacó con la excusa de mirar la hora, y lo mantuvo en la mano.
Mientras, seguimos charlando y mirando las ventanas.
De golpe los vidrios del balcón se empañaron por completo.
¿Qué onda, la mina se bañaba con la puerta abierta y con el calefón al mango?
Vimos una silueta moverse. Una silueta color carne.
Yo vi cómo los ojos de ella eran dos huevos fritos.
La miraba mirar.
De a poco el vapor se fue extinguiendo.
Ella levantó el celular y dijo: “Ya fue, yo filmo”.
Yo no dije nada, ¿qué iba a pasar?
Empezó a grabar, me acerqué a ver cómo se veía.
La nitidez era cada vez mayor.
La mina no estaba en escena.
Habría ido a cambiarse a la pieza, pensamos.
Esperamos y esperamos, el celular pedía auxilio. La falta de batería empezaba a latir en la pantalla.
El pulso de ella comenzaba a titubear.
Hasta que de golpe, una figura humana apareció en escena de frente a la ventana y en primer plano se lograron ver dos redondas y grandes tetas, frescas, húmedas; al tener los brazos en alto, para acomodar la toalla en la cabeza, la caja torácica aumentaba, y con ella sus atributos cilíndricos.
La cámara se movía, pero el rojo del rec seguía encendido y capturaba todo lo que tenía que capturar. Ella llevó las yemas del índice y del pulgar a la pantalla para acercar el objetivo filmado, cuando un sonido de otro mundo explotó en nuestras espaldas.
Nos agachamos del pavor, al tiempo que nos dábamos vuelta de inmediato.
Ella bajó el celular, yo miré buscando el origen del sonido.
La reja de la terraza se había cerrado.
—Decime que no dejaste OTRA VEZ la llave puesta —me propinó.
No pude contradecirla.
—No te puedo creer —se indignó.
La luz del palier se había apagado hacía rato.
Lo que veíamos era el hueco de una puerta, con una reja de por medio, que nos dejaba afuera, y después la nada.
La oscuridad más siniestra.
Nos quedamos como dos árboles petrificados.
Nos miramos, después atiné a ir.
Caminaba a paso de oruga, ella es muy valiente, soy yo siempre el cagón.
En este caso no sé, me salió algo de adentro que me impulsó a moverme.
Lo único que pensaba era: “El tipo de galera”.
Tenía clavado en la mente su imagen fantasmal.
Todavía no era hora me decía estúpidamente, faltan como seis horas para las 3 de la mañana.
Finalmente llegamos a la reja, pero nos quedamos a una distancia prudencial.
Le dije que alumbrara con el celular, en vano, su batería finalmente había pasado a mejor vida. Al menos hasta que volviera a conectarla a 220.
¿Qué hacer?
No se veía nada.
Yo estaba intentando no sé qué cosa hasta que a ella se le ocurrió poco menos que una genialidad. Caminó en dirección opuesta y sacó de la soga una sábana nuestra, las conjeturas nos habían tomado por sorpresa y no habíamos terminado el quehacer.
Al retirar la sábana, una luz de reflector de una terraza contigua que le daba calor a un imponente y desgarrador cartel del Gobierno de la Ciudad iluminó, como una noche de luna llena ilumina el campo, parte de la puerta.
Una luz fría, azulada, nos dio la victoria.
Vimos que la llave estaba caída ahí nomás.
Atrás quedaron esas conjeturas involuntarias de que alguien (alguien, no, el loco de galera) nos había encerrado y se había tragado la llave.
La levanté rápido del piso, terminamos de poner toda la ropa en el balde y caminando hacia la puerta vimos a un tipo en un balcón de un ángulo que no había estado en nuestra rutina observada. El tipo fumaba en silencio. Fumaba apoyado en la baranda. No llegamos a verle la cara, pero el rojo de la brasa quemando tabaco se nos calvó en la retina. “El viejo que fumaba” estaba en dirección a nosotros, seguro había visto todo aquel numerito. Apenas a un piso de distancia, de cara a nuestra terraza era imposible no habernos visto.
Como eyectados salimos de la terraza, bajamos un piso y entramos a nuestro departamento.

¡Basta!
No parábamos de embarrarla.

Ella se fue a bañar.
Yo me metí en Facebook.
Con una mano sostenía mi cara, con la otra scrolleaba mi timeline.
Ella salió del baño, usa tal cantidad de agua casi hirviendo que envuelve de olor a vapor toda la casa. Ahora que lo pienso, parecido a “La exhibicionista”. Lucía un pijama largo y virado exageradamente al rosa. No es que sea su color favorito, más bien lo contrario, pero lo había lavado con unas medias de esa tonalidad, y todo, incluso una remera blanca mía, había mutado a esa paleta.
Una hermosura.
Me preguntó qué hacía, yo me di vuelta y le dije la verdad:
—Pierdo el tiempo acá.
—Podías haber empezado a hacer la comida —me lanzó.
Yo murmuré y ella puso una cara que no llegué a descifrar, pero no desentonaba con su queja.
—Pedimos algo, sino —dije dándome media vuelta hacia la computadora y siguiendo con el scroll a la vez.
—¡NO! —gritó ella.
—Bueno, es una idea, no sé, sino hacemos fideos con aceite —evité pelear.
—No, no, digo que volvé arriba —se acercó a la computadora.
—¿Qué pasa? —dije mirándola.
Ella me manoteó el mouse y subió en el timeline.

Una foto.
Una foto que no era otra foto más de Facebook.
Una foto que volvía a amenazar todo nuestro mundo.
El flaco de la pizzería.
El flaco del lobby.
Otra vez. Una vez más.
Ahora modo alternativo.
Ahora con jeans azules rotos, zapatillas All Star, remera de surfer, aritos.
Alternativo, ahora era de esa vieja onda de los noventa.
Enseguida nos pusimos manos a la obra.
No lo tenía de amigo. No sé quién era.
Stalkear era el segundo nombre de ella. Y el tercero mío.
Le podía preguntar a la persona que había posteado la foto quién era el fulano este. Pero mejor no levantar sospecha, al menos por ahora.
En la foto el flaco estaba con otros amigos, todos más bien grandes, de entre 30 y 40 años.
Él no estaba etiquetado.
Lección N° 1 de stalkeo: Somos tan horrendamente egocéntricos que ponemos “Like” en las fotos que aparecemos.
Supongamos: un álbum de un cumpleaños de un fulano, hay 47 fotos, nosotros figuramos en 5. Bueno de esas 5, a 4 le vamos a regalar un firme “Me gusta”. En 4 y no en 5 fotos para disimular nuestro egocentrismo horrible.
Bueno, eso hicimos. Vimos cada usuario hombre que le había dado “Like” a esa captura.
51 usuarios hombres.
Los vimos uno a uno hasta que finalmente, ¡pa! ¡Tomá!, ahí estaba: nuestro hombre.
El nombre de usuario no era un nombre propio, sino Operación B.
Entramos a su muro.
Privacidad bastante restringida.
De foto de perfil, una pared con stikers y grafitis.
Como foto de fondo, una ciudad vista desde arriba.
La privacidad nos dejaba ver una imagen vieja en la que se lo veía a él. Una captura de la cara, comiendo una torta con las manos, entre borracho o de bajón. No era la mejor foto del mundo, pero sin dudas era él.
Era nuestro hombre.
Lección N° 2 de stalkeo: Ver los “Likes” en sus fotos. Quizás alguno de sus amigos, familiares o su novia tuvieran una privacidad media o nula. Privacidad que nos permitiría entrar en ese perfil y ver sus fotos con libertad. Quizás nuestra presa apareciera ahí.
Dicho y hecho.
Entramos a cada uno de los “Me gusta” de su foto comiendo torta, hasta que dimos con un, aparentemente, amigo suyo: Vladimir Medina. Y con él, a nuestro hombre.
Logramos descifrar que frecuentaban un local de la galería Bond Street. Sin duda tenían 30 o 40 años. La Bond Street supo ser la cuna de los alternativos en los noventa.

Mellizos podría ser, ya trillizos era demasiado.
No sabíamos porqué lo habíamos visto siendo motoquero, luego oficinista pulcro y ahora alternativo. Pero este último look parecía ser el verdadero.

Tantas conjeturas nos despertaron un hambre de otro mundo.
En realidad esto dejaba de ser conjetura, esto ya era investigación, análisis, pesquisa.
Pedimos empanadas y preparamos una ruta de búsqueda para el día siguiente.
Teníamos adonde ir: Galería Bond Street.
Esta vez no se nos iba a escapar.