Los conjeturadores | Capítulo #6

Miro fijo.
Lo miro fijo.
Se mueve con una elegancia de otro mundo.
Es realmente un ser excepcional.
Es certero, solemne.
Pero a la vez torpe y díscolo.
Impredecible.
Puede querer ir hacia un lado, pero al final no, se queda ahí completamente inmóvil.
Acechando.
Completamente alerta.
Creo que toda la idea de “estar alerta” está y muere con él.
Miro sus movimientos de gacela.
Precisos y naturales.
Para él no hay esfuerzos. Al menos en el hábitat que le ha tocado en suerte.
En un principio les temía.
Pero de pronto lo he entendido todo.
Era su sigilo.
Me espantaba.
Su merodear me crispaba los nervios.
Como les pasa a las personas cuando camino detrás de ellas por la calle.
Se paranoiquean.
Se paranoiquean por mi andar silencioso.
Piensan que un malviviente los acecha.
Y yo me paranoiqueo porque se paranoiquean.
Pero ahora los entiendo.
Ahora que convivo con un gato lo comprendo en nervios propios.
Soy sigiloso para caminar, como los gatos lo son para moverse de acá para allá en una casa.
Entender es entenderme.
Veo a Fainá, mi gata, y entiendo cómo funcionan las cosas.
Algunas cosas.

Por eso una de nuestras reglas de oro es “No perseguir al personaje sobre el que vamos a conjeturar”.
Ni nosotros soportamos nuestro sigilo.
Nos pasa hasta estando en casa.
Uno está cocinando de espaldas a la puerta de la cocina. El otro, que estaba en la pieza, se presenta con alguna inquietud, pero no habla hasta estar a 22 centímetros de distancia.
Listo, símil paro cardíaco para el que cocinaba tranquilamente al ritmo de la minipimer.
Ahora empecé a usar ese poder para jugarle bromas pesadas.
Me acerco cual perverso y le susurro en la oreja.
A ella le encanta, no saben.
De hecho tengo varios videos con este ejercicio.
Los tendría que subir a Youtube.

Bueno, yo estaba mirando a Fainá moverse como la princesa de la selva, pero en casa.
La miraba mientras podía, porque estaban por caer los de la colocación de la red, y andá a buscarla al fondo del placard después.

¿Qué pensará el felino de convivir con dos seres de otra especie?
¿Qué pensará de esos dos gigantes que no pueden dar un salto más o menos decente?

El timbre me libró de esos pensamientos tan profundos.
Mientras los muchachos trabajaban, nosotros nos quedamos en la cocina tostando unos sándwiches de tres quesos totalmente improvisados: Mendicrim, queso fresco y una ralladura muy sutil de parmesano. Ingrediente secreto y fundamental.

Los muchachos que trabajaban eran centroamericanos, jóvenes.
Uno, el ayudante, era más bien callado. Callado, pero de mirada atenta. Tenía morral de cuero retro y pantalones chupines. Daba la sensación de ser skater.
Sí, skaters laburantes, ¿cuál hay? Ya habíamos hablado de dejar los prejuicios de lado.
Amables los tipos.
El flaco del lobby.
El flaco del lobby y el papel.
El flaco del lobby que era el flaco de la pizzería.
Comimos los tostados mientras pensábamos.
No dijimos mucho, pero la cabeza no dejaba de trinar.
Cuando los técnicos pasaron a la pieza a poner la red en la ventana, nos sentamos en la computadora.
Imposible.
Era realmente imposible que fueran la misma persona.

Un hombre entraba a un lobby, dejaba caer un papel, y salía.
Sin explicación aparente, al menos para nosotros.
¿Un mensaje en código?
¿Alguna clave de algo?
¿Un password?
¿Por qué no usar WhatsApp?
¿Por qué no verse cara a cara?
Evidentemente no se los podía ver juntos.
Evidentemente no daba confiar en las telecomunicaciones, tampoco.
¿Para tanto?
¿Los servicios de inteligencia?
¿¿En serio??
¿No sería mucho?
¿Era el tipo de chabón más común que habíamos visto en nuestra puta vida?
Abrimos los archivos.
Nos pusimos a analizar el video y la foto.
Lo pasamos cuadro a cuadro.
Una y otra vez.
Tratando de ver lo que no estaba a la vista.
Algún detalle que se nos pudiera haber pasado por alto.
Alguna señal. Algo.
La foto en la pizzería dejaba ver a un flaco completamente distinto.
Gorra visera deportiva. Anteojos de sol finos y alargados, típicos de chabón de barrio, futbolero, ex rolinga. Los llevaba sobre la misma gorra.
Buzo negro y chaleco inflado de algún equipo de fútbol que no llegamos a reconocer.
Un poco por la lejanía de la toma y otro por nuestra ignorancia en la materia.
Reloj de pulsera grande, plateado.
Casco sobre la mesa, claro, motoquero.
Seguro laburaba de mensajero. Cómo fuman porro los motoqueros no tiene nombre.
No es prejuicio, es estadística.

Detuvimos el video en la mejor toma posible, la más cercana.
El congelado mal que mal dejaba ver la cara del despachante de aduana o vendedor.
Hicimos una captura de pantalla.
La misma nariz. Exactamente las mismas cejas. El mismo corte de cara.
El mismo tipo de pelo de la barba.
Nos carcomía las entrañas.
Uno motoquero, el otro mundo de oficina, pulcro, extremadamente aseado.
Otra vez, no hablamos de que un motoquero tiene que ser necesariamente roñoso, pero es la idea genérica que el mundo tiene del hombre de fierros.

Pensamos seriamente en ir al lobby de nuevo. Incluso merodear las cercanías del hotel.
Pensamos en la posibilidad de hermanos mellizos.
De hermanos, a secas, que no se conocieran. O sí.
Quizás uno había sido dado en adopción, o los dos, o ninguno.
Pensamos en que todo estaba conectado, en que nos estaban persiguiendo de alguna extraña y muy sutil manera.
Quizás nuestro “acto” no pasaba tan desapercibido como pensábamos.
Quizás uno se había dado cuenta, había llamado a la Policía y listo. Nos estaban siguiendo de cerca.
Nos querían hacer pisar el palito.
Fuera como fuera, todas las teorías desembocaban en que debíamos volver a aquel lobby.
Volver y romper una de nuestras reglas: “Nunca conjeturar dos veces sobre la misma persona o grupo. Es recomendable, no ley, cambiar de bar, de barrio para cada conjetura. Así se renueva el mundo explorado”.
Pero estábamos enjaulados.
La red era para Fainá, pero de alguna manera nos encerraba a nosotros; los muchachos tenían para un rato más todavía. No nos podíamos ir a ningún lado.
Éramos unos leones enjaulados.
Luego de caminar en círculo por toda la casa, de mirar dos películas en cable, de litros de soda y acomodar no sé cuántas veces la biblioteca, finalmente los muchachos terminaron.
Aparentemente habían tardado más de la cuenta porque se les había complicado. No entendí ni quise entender qué pasaba. La cosa es que faltaba enganchar la red de unos pendorchos. Prometieron volver con más equipamientos para solucionarlo.
Nosotros dijimos a todo que sí.
Cuando estaban juntando las cosas, uno, el ayudante y seguramente skater, me dijo: “Son fans de Los Simpson, ¿no?”.
Yo me quedé mudo.
Él reculó al ver mi actitud corporal: “No, digo, como tienes muñequitos por toda la casa…”.
Yo, con una sonrisa corta le dije que sí, que nos gustaban, que eran los muñecos del huevo Jack, el chocolate.
Le convidamos soda, pero se la llevamos a la puerta del lado de adentro, donde tenían los bolsos y las mochilas. Tomaron mientras cargaban todo.
La cortesía ante todo, pero si tomaban rápido, mejor.

Al fin atravesaron la puerta.
—Mirón el skater —dijo ella cerrando la puerta.
—Posta…, pero bueno, tenemos muñecos de Los Simpson hasta en la ventana del palier de afuera —dije yo, reflexionando. —No sé cómo todavía nadie los robó. El vecino de al lado es medio raro.

Al fin éramos libres.
Fainá no se dejaba ver. La pobre había quedado medio traumada.
Nos daba lástima, somos seres sumamente sensibles, pero debíamos irnos.
Teníamos una misión.
Le reforzamos el plato con comida, en este caso ración doble y agua, mucha agua.
Sensibles y culposos, prometimos traerle un juguete a nuestro regreso.
Cuando estábamos por cruzar la frontera que divide a los animales en cautiverio de los libres como el carajo, el encargado nos detuvo en seco mal: “Vuelven para la reunión, ¿no?”.
¿De qué carajo habla este? Nos dijimos con la mirada.
—Es ahora, en menos de media hora —dijo Omar, con unas cartas de servicios en las manos. Omar no era el típico encargado, era joven y se vestía como joven. ¿A dónde quedó el encargado de mameluco marrón?
—Ah, no sabíamos nada —mentí.
—Igual avisaron ahora, por lo que anda pasando, ¿viste? —dijo.
¿Dónde fue a parar ese típico bonachón que no te tuteaba y baldeaba todos los santos días gastando un dineral en agua potable aunque el piso estuviera limpio?
No sabíamos de qué hablaba; yo, que sostenía la puerta de calle, le puse una cara estúpida de “sí, sí” y salimos por la inercia, pero nos quedamos ahí.

¿Qué carajo “andaba pasando”?
¿A qué se refería Omar?
¿Reunión de consorcio en ese momento?
No entendíamos nada.
En eso vimos que llegaba el administrador, apurado, con un piloto beige, aunque no llovía, y un maletín negro con cordel para colgar del hombro. Nos saludó con las cejas y entró al edificio.
Se puso a hablar con Omar.
De a poco empezaron a caer vecinos al baile.
Nosotros nos apostamos tras un árbol.
Una estrategia bastante mediocre por cierto, pero sentíamos que nos resguardaba.
Nos resguardaba para poder pensar.
¿Qué hacer?
¿Irnos a la mierda?
Sentíamos que algo nos llamaba.
Habíamos perdido toda la tarde en casa.
Teníamos una bola en el pecho como cuando te quedás laburando hasta tarde. La oficina completamente vacía te deprime mal, salís de noche, solo querés correr en dirección contraria lo más rápido posible.
En ese momento, la noche también se empezaba a notar sobre nuestras cabezas.
Oscuridad que acentuaba la luz del palier del edificio y sede oficial de la reunión de consorcio “por lo que anda pasando”.
Ya está claro que somos seres sumamente curiosos.
Estábamos entre dos fuerzas antagónicas.
Pensando qué hacer, un ladrido chillón me mandó directo y sin escalas los testículos a la garganta.
Soy una magdalena para esos tipos de sobresaltos.
No lo puedo evitar.
Salto como niñita.

—Callate la boca, Eugenia. Llegamos justito, ¿no? ¿Entramos? —dijo la vieja horrenda del tercero con su cocker amarronado. Le había puesto Eugenia por Vidal. Sí, de no creer.

En la reunión se habló un único tema.
No había problemas con la luz del palier, ni había problemas con Omar. Por el contrario, era amable y despierto. Tampoco había problemas con el ascensor, ni con el horario de sacar la basura, no. Esos eran problemas típicos. Para eso estaban las reuniones típicas en días de la semana y con previo aviso. No, un sábado a las siete de la tarde y medio a las apuradas.

—La cosa, y para no dar más vueltas, —dijo, el administrador —es que han estado tocando el timbre en horarios inoportunos.

A nosotros se nos transformó la cara.
Ella como diciendo “Viste, ¡boludo!”. Yo como diciendo: “¡Qué boludo, era cierto!”.

—Sí, como es de común conocimiento, han estado molestando a altas horas de la noche. Bueno, como en la última reunión el “No” fue mayoría para la colocación de cámaras de seguridad, mediante la buena predisposición de Omar, y con los conocimientos técnicos del ingeniero en computación, Lorenzo, vecino del tercero A, hemos logrado colocar unas cámaras para localizar al bromista. Los resultados son sorprendentes.
Nunca mejor usada la palabra de “bromista”. Sino no se entiende. Lorenzo… —lo invitó el administrador.

Lorenzo abrió una notebook, fue con el cursor hacia un ícono del escritorio y le dio doble clic. Nos acercamos, como linyeras a barril con fuego en callejón de un barrio bajo de Nueva York.
Ella y yo nos miramos.
Nos miramos sin entender si era una joda o si estábamos adentro de una película muy mala y surrealista.
El video empezó.
Primero nada.
Solo unos números corriendo a toda velocidad.
Pero enseguida, el material estaba editado, apareció un ser indescriptible. Bah, no, en realidad era todo lo contrario, era muy descriptible. Un hombre, con frac y galera VIOLETA. Sí, violeta, tocando los timbres.
No los tocaba como un demente, todos juntos. Eso hubiera sido un chiste, en realidad la forma de tocarlo sí era como un demente, lo hacía normalmente, como si allí viviera un conocido y fueran las cuatro de la tarde.
Así varias noches distintas.
Con frío, lluvia, viento.
La cámara estaba puesta a los ponchazos, y no se lograba ver la cara del tipo de galera.
Tocaba y esperaba.
Luego se iba.
—Bueno, suficiente —dijo el administrador—, pasemos al otro.
Lorenzo lo miró como un alumno mira a su maestra, volvió la mirada a la computadora, se acomodó como pudo, estaba sosteniendo la notebook en el aire, y le dio doble clic a otro archivo.
—Les pedimos disculpas, pero fue una decisión que tuvimos que tomar, pusimos unas cámaras por los pasillos porque teníamos quejas de ruidos extraños.

El video comenzó.
El hombre de galera caminaba por los pasillos como pancho por su casa.
El poncheo de las cámaras era bastante tosco, el tipo caminaba a un ritmo tranquilo, pero como jugando. Hasta que se detuvo frente a una puerta.
En ese momento, ella me agarró la mano y la apretó.
El tipo de galera acercó aún más la cara a la puerta y se quedó así por unos instantes.
En un esfuerzo de producción, Lorenzo, el director de cámaras, y según el casero circuito cerrado, pasó el plano a otra cámara que dejaba ver al tipo de galera de espaldas. También se podía ver con toda claridad la letra C sobre la puerta y como el tipo colocaba el ojo a centímetros de la mirilla.
Luego de un rato, al reincorporarse, apoyó la mano sobre el marco de la ventana que había en el palier, al lado de los departamentos C y D, y dejó caer dos elementos más bien chicos que rebotaron por todos lados.
El tipo se agachó, los tomó, lo miró de cerca y volvió a dejarlos en su lugar.
El video, de golpe, se cortó.

—Bueno, no sabemos cómo el tipo ingresó al edificio. No hay registros de que lo haya hecho por la puerta de entrada. Y lo que se ve ahí es el departamento C. Nosotros ya hemos analizado el video y se trata del segundo, el segundo C —dijo el administrador mirándonos a nosotros cambiando su cara de maestro de escuela en clase de ciencias a cara de policía en interrogatorio.

Pero nosotros ya lo sabíamos, nosotros ya habíamos detectado que los elementos que manipulaba ese demente en el video eran nuestros muñequitos de Los Simpson.