LOS CONJETURADORES | CAPÍTULO #5

A veces mirás para un lado y ves a un amigo y a una conocida hablando, charlando de algo que no llegás a comprender del todo. Pero escuchás. Escuchás y, a medida que avanza la conversación, vas medianamente entendiendo que, por ejemplo, hablan del laburo de él. No te interesa, ya lo conocés de memoria. Girás la cabeza y ves a otro amigo con su novia y las amigas. Hablan. Mirás, escuchás y lográs entender que hablan de un viaje a Europa de una de ellas. Y los demás van metiendo bocadillos con sus experiencias. Tampoco te interesa demasiado. Vos estás ahí, en el medio literal, estás en el medio de la mesa y en el medio de las dos charlas sin participar de ninguna. Mirás, observás. Esperás el momento para subirte a alguna. Pero los temas no te interesan, no tenés nada para acotar.
El contexto puede ser un cumpleaños o una reunión genérica. Botellas de cervezas, copas de vino, snacks, platos sucios, cajas de pizza, restos de comida, celulares sobre la mesa, paquetes de cigarrillos y algún encendedor encima.
Podés quedarte callado mirando. O bien podés hacer gala de tu impronta arrebatada y proponer otro tema, meterte, irrumpir.
En cualquiera de los dos casos, va a estar bien. No porque no propongas nada pasás a ser un antisocial incapaz de hacerte ver en un cumpleaños. Ni tampoco, si te metés con algún chiste boludo pasás a ser un inseguro que no puede quedarse en silencio un rato sin que los demás piensen que es un antisocial.

Nosotros en ese momento estábamos entre dos charlas, pero dos charlas de desconocidos absolutos.
Acodados en una barra de un hotel, mirando para un lado y para el otro. En silencio.
Moviendo las cabezas cual péndulo de reloj de péndulo.
De un lado, una mesa cercana: una pareja hablaba en portugués y comía fruta con café; del otro lado, en la barra, dos tipos hablaban mirando una laptop. Eran cordobeses. Hablaban de su empresa. Uno le mostraba al otro unas planillas. Bastante aburrido todo.
La pareja de brasileros no era una muerte, pero nada nuevo bajo el cielo raso del Nogaró.
Era una pareja típica de brasileros típicos en un hotel típico de Buenos Aires. Tengo una habilidad innata para detectar brasileros con solo mirarlos. No hace falta que suelten su cantar hablado. Los miro y ya sé. Es cierto que hay un estereotipo con los turistas, pero igual creo que es una especie de habilidad. Detecto brasileros y judíos. Sé que puede sonar mal decir esto, pero no. Es un dato. Como decir detecto noruegos, hinchas de River o los gustos preferidos de helado de la gente.

Podríamos estar haciendo guardia de algo.
Estar en ese hotel esperando a algún personaje espiado.
O siguiendo a algún fulano. Contratados por una mujer celosa o un tipo paranoico.
Podríamos estar esperando algún cambio de maletín.
Alguna reunión de “negocios”.
Podríamos estar vigilando a un asesino a sueldo que está a su vez vigilando a su víctima.
O podríamos, sencillamente, estar de vacaciones desayunando con un mapa extendido viendo los próximos movimientos turísticos.
Pero tampoco.
Estábamos simplemente es el lobby de un hotel.
Teníamos ese fetiche: ir a un lobby de hotel en nuestra propia ciudad a tomar whisky.
Como si fuera un bar normal.
A tomar whisky y, desde luego, conjeturar.
Desde que nos metimos en esto, los lugares públicos se van agotando.
Hay que renovarse, buscar lugares nuevos, innovar.
Por lo general, los especímenes que se ven en lobbys de hoteles son una gloria.
No era el caso de ese día.
Al menos hasta ese momento.

—¡Ah!, ¿no escuchaste ayer que tocaron el timbre a las tres de la mañana? —dijo ella al escuchar un celular de otra mesa cuyo ringtone era similar al timbre de casa.
Dije que no había escuchado nada.
—¿No? ¿No escuchaste? Si la tablet te iluminaba la cara como sospechoso en interrogatorio.
—¡Bien que la usás!
—Sí, pero no a las tres de la mañana —se quejó.
Cuando duerme es una verdadera fiera. No le importa si un grupo comando está desvalijando la casa. Cuando duerme y cuando está pasada del hambre.
Yo ahí saqué mi carta.
—Antes te quejabas del velador, ahora que ya no se puede leer solo me queda mirar una película.
—Ay, pobrecito, “solo me queda mirar una película” —me tomó el pelo.
La miré con cara de pocos amigos.
—Igual hablaba de otra cosa, ¿quién toca el timbre a las tres de la mañana? —siguió.
—Emmm, no escuché, eh, quizás lo soñaste —la peleé.
Ella me miró.
Hicimos silencio.
A la premisa de ir al lobby de un hotel a tomar whisky ya le estábamos faltando el respeto: yo estaba revolviendo mi Cinzano con soda, ella sostenía una botellita de cerveza. Odia las latas. Dice que el aluminio le da un sabor extraño y que para colmo de males, el “capuchón” de arriba es un juntadero de hantavirus asesino.
Tenemos algunas diferencias propias de la vida, la convivencia y ese detalle de ser DOS PERSONAS INDIVIDUALES con gustos y formas de comportarse distintas. Bien propias de esa especie llamada humana.
Pero cuando conjeturamos, tac, es como un interruptor que se activa.
Vimos desfilar gente y más gente. A esa hora, las cinco, seis y siete de la tarde, el turista o huésped en general se lanza al lobby del hotel con deseos de comer, sea ahí mismo o en una cena show de tango.

Grupos de japoneses.
Europeos rubios casi hasta lo inverosímil.
Nórdicos en bermudas beige, borcegos de pelo y mofletes rojos. Usan esas bermudas aunque afuera haga tres grados bajo cero.
Y brasileros. Más y más brasileros.
Se ve que el cambio les favorece mucho.
Todo responde a un patrón. A una lógica.
No importan las fronteras, como decía John Lennon.
Un ingeniero agrónomo usa zapatos leñadores, esos de colegio que se usaban mucho en los noventa y en Montaña Rusa, la novela de Maestro y Vainman. O también alpargatas, claro.
Y lo acompaña con bombachas de campo Pampero y camisas cuadrillé. Ahora, si encima el ingeniero está abrazando un termo y lleva un mate en la mano, es demasiado. Es cliché. Pero pasa. El otro día en el subte vi no uno sino dos vestidos exactamente igual. Con termo y mate, para colmo con tonada como que te diga de Carlos Tejedor o Villa María. Todo el kit completito. Un lujo.
Otra actitud interesante es que los médicos, sean viejos o jóvenes recién recibidos, imprimen sus tarjetas personales todos iguales. Blancas con letras negras en Arial o Times New Roman. Quizás te sacuden una itálica o una bold. Cosa que para alguien de otro palo, supongamos de diseño, publicidad, teatro, sonido, enología o despacho de aduana, sería una aberración inmunda.
En medio de esas contemplaciones pasivas, apareció él.
Uno que se destacaba.
Un tipo que no se movía como turista, pero tampoco era empleado del hotel.
Pantalón tipo de traje, pero ni uniforme, ni mozo, ni maestranza.
Zapatos náuticos.
Remera chomba celeste.
Y pullover con cuello alto con cierre y un morral de cuero.
Todo el estereotipo del oficinista, que trabaja en ventas o en logística o tiene una pyme.
Atravesó el hall del lobby con cierta urgencia.
Nosotros sin hablar, lo vimos y fue hipnótico.
No sabíamos bien por qué.
Habíamos visto mil tipos así.
Pero algo nos llamó la atención.
Estaría hospedado ahí, pensamos de inmediato.
Llegó a un punto del hall que no era un destino, digamos. Estaba todavía demasiado lejos del mostrador, y definitivamente no estaba por tomar el ascensor. Pero, para el distraído podía pasar desapercibido. No es que estaba en el medio geométricamente exacto del lobby.
Ahí parado, inclinó el cuerpo para meter una mano en el morral, yo en ese momento me di vuelta hacia ella para ver si daba filmar, pero ella ya estaba con el celular en la mano haciendo la pantomima de la selfie. Extendió la mano y la supuesta selfie nos tomó a los dos.
Volví la mirada al tipo. O sea, si el tipo sacaba un arma ahí nomás, no podía ser, no cuajaba con el perfil. ¿Un despachante de aduanas clásico robando un hotel? ¿Un tipo de pequeña o mediana empresa acribillando a medio mundo así porque sí? Ese no estaba en ningún manual. Y nos apasionaba. En ese microsegundo nos sentimos bien. La gente ahí en sus cosas, pescando cachirla, sin enterarse de nada. Sin poder prever lo que estaba por pasar. Nosotros en cambio, sí, y no solo eso, sino que lo estábamos guardando en mp4 para que tuvieran y repartieran.
El tipo volvió sobre sí mismo con algo en las manos. Imposible verlo desde el ángulo que estábamos. De golpe, mirando para otro lado, dejó caer un papel sobre el piso. El típico gesto que se hace para disimular. El bollo de papel rodó por el frío mármol del hotel. El tipo esperó unos segundos, y sin más se echó a caminar. La cámara, como podía, lo seguía en cada movimiento hasta que finalmente salió del hotel.

A ver, a ver.
Un tipo entra a un hotel.
Camina por el lobby, se detiene unos instantes, deja caer un papel y sin más sale.
Claramente había algo raro.
Teníamos que ir a buscar el papel.
Antes de poder decidir nada, el barman pasó un trapito por debajo de la birra de ella que estaba mojando la mesa con la transpiración. Obviamente ella tuvo que dar por finalizada la “selfie”. Era, acaso, la selfie más larga de la historia.
Nos quedamos raros. Intentamos disimular. Nada más incómodo que te miren mirando.
Ok, ya fue. Pensamos.
Pero el papel, ¡había que agarrar ese papel!
Me puse de pie en busca del baño. El camarero me indicó. Era para el otro lado.
Excelente, todo iba bien encaminado.
No me quedó otra que ir.
Ella se quedó en la barra. Haciendo guardia, mirando el papel.
Yo fui y volví en 23 segundos.
Ni un perro puede mear tan rápido.
—¿Y? —le pregunté apoyando el culo en el taburete.
—Lo perdí —me dijo.
—¿Cómo lo perdiste? No pasó ni un minuto.
—Bueno, pero lo perdí, esto es un hotel, están todo el tiempo limpiando. Habrá pasado un tipo de limpieza y lo habrá barrido.
Hice silencio.
Una voz grave se metió en el medio.
—Su trago, señorita —dijo el camarero.
Ella empezó a tomar como si nada. Yo la miré como Marty mira a George McFly en la cafetería cuando descubre que es su padre.
—¡¿Qué?! —dijo.
—¡¿Qué, me preguntás?! —me indigné revoleando los ojos—. ¿¿¿Un trago te pediste???, por eso lo perdiste.

Íbamos en el colectivo, desplomados en un asiento doble del fondo.
Ella miraba su celular, yo el mío. Ella no sé qué estaría haciendo, ¿se acuerdan eso que dije de que somos dos personas individuales?, bueno.
Yo estaba mirando fotos y videos viejos como pasando hojas de una revista Gente en la sala de espera del dentista. Fotos de conjeturas, fotos de pizzerías, de amigos, de alguna factura por pagar, una selfie, una selfie de ella en algún probador mostrándome un sombrero de cowboy, fotos de plantas, de una palta monstruo que me tocó en suerte en la verdulería, y de Mclovin, el gato de mi vieja, lo normal, bah, hasta que llegué a una selfie nuestra en una pizzería, cuando la otra vez en plena conjetura había sacado una foto para disimular y vi lo que quería ver.
Vi lo que sabía, algo de lo cual, sin embargo, todavía me era imposible darme cuenta. Vi una cara, una cara de un completo desconocido volverse conocido, cotidiano. Vi cómo un personaje secundario se volvía actor principal o parte fundamental de una trama.
La noticia se me habrá notado en todo el cuerpo, sumado a que ella es una conjeturadora nata, porque me preguntó enseguida qué pasaba.
Yo la miré en silencio.
Ella insistió ya asustada.
Yo le mostré mi celular.
Nuestra selfie.
Ella no entendía.
Abrí la imagen con las yemas de los dedos.
Detrás de nosotros, en la pizzería Pin Pun, se veía un tipo.
Un tipo que miraba fijo a cámara.
El oficinista que había irrumpido en el lobby hacía un rato estaba en nuestra foto.
En nuestra foto de varias semanas atrás.
Volvimos a mirar el video recientemente filmado.
Era el mismo.
Era exactamente el mismo tipo.
Y lo más alarmante era que resultaban idéntico entre sí, pero había una infinidad de detalles que lo volvían todo irreal.