Los conjeturadores | Capítulo #4

1) La conjetura debe ser usada para el bien.

2) Bajo ningún concepto provocar ni influenciar la situación por conjeturar.

3) Nunca seguir al personaje espiado, por más interesante que resulte.

4) Nunca conjeturar dos veces sobre la misma persona o grupo. Es recomendable, no ley, cambiar de bar o de barrio para cada conjetura, así se renueva el mundo explorado.

5) En el caso hipotético de que luego de una conjeturación la víctima se acerque o incluso se transforme en un amigo, nunca, pero nunca, se deberá develar el acto realizado.

6) Jamás hablar de esta actividad.

Eso de empezar a filmar era raro.
Debíamos tener reglas.
Cierta conducta.
No una cosa de otro mundo, pero sí un orden. Como para no bardear, como para no volvernos unos freaks declarados o no pasar por unos dementes peligrosos. Cuando en realidad somos dos corderos mojados.
Nada peor para una persona curiosa que tener un celular con cámara y mucho tiempo libre.
Sí, la verdad que andábamos con poco laburo.
El freelancismo es bueno. Tiene un montón de ventajas, pero como todo también tiene contras. Sobre todo eso de cobrar a tres meses. O detalles como TENER trabajos. Porque es todo muy lindo, pero si te tiran un laburo cada muerte de obispo, no va. Una verdadera desgracia.
Pero, bueno, tratábamos de ocupar el tiempo.
Nos poníamos pequeñas actividades.
Cosas cotidianas, mundanas, la agenda estaba llena de banalidades.
Y claro, conjeturar. Nuestro deporte favorito.
Nuestra casi única actividad más o menos constante.

Luego de imprimir en la memoria del teléfono una gran porción de especímenes: algunos intrascendentes, obvios, aburridos; otros con algo llamativo o para destacar, pero que se moría ahí. Se resolvía en dos oraciones. Hubo uno que no logramos capturar con la cámara, que sí merecía la pena, uno que se destacaba, que tenía un cartel en la frente: “Conjeturen sobre mí”.
Un tipo más bien bajo, totalmente falto de porte y de impronta misteriosa; un hombre común, de overol marrón, borcegos de trabajo, rulitos chiquitos y manos curtidas. Contra todo pronóstico, este hombre fumaba pipa.
No es prejuicio, no es un prejuicio de valor, no estamos diciendo que un obrero no puede fumar en pipa. Decimos que, por lo general, no lo hacen. Por lo general somos todos muy básicos. El que estudia letras usa anteojos, morral y zapatillas onda Topper; el que trabaja en una multinacional, suponete en Logística, usa zapatos náuticos, jean medio desgastado, pullovercitos escote en V o con cierre; el médico usa crocs y cadenitas de plata; la oficinista lleva el tupper con la comida en una bolsa de papel madera, esas de local de ropa.

¿Por qué un antropólogo no se puede dejar un bigote como el de Lemmy de Motörhead? ¿Hay alguna ley en algún lado que dice que si atendés en un kiosco de revistas no podés lucir un lindo y tupido bigote como ese? ¿Solo si sos motoquero o tenés una banda de hard rock? Es absurdo.

Pues entonces, no es prejuicio, son datos.

Los datos indican que la pipa va con el intelectual, con el hipster paleteando al ping pong en el bar San Bernardo, en un psicólogo no, ya se pasa de cliché. Pero, por el sentido opuesto, tampoco va con el obrero de la construcción.

Bueno, este era distinto.
Este obrero fumaba pipa.
Y a nosotros se nos cae la estantería.
Nos emociona ver este tipo de personas casi hasta las lágrimas.
Bueno, vamos a calmarnos, tampoco es que nos ponemos a llorar ahí nomás, pero nos gusta.
Nos estimula.
Nos mueve la imaginación, nos zamarrea de un hombro invitándonos a un banquete.
Pero no pudimos filmarlo.
La verdad es que filmar no es tan fácil como mirar. Filmar sin ser visto, claro.
Nos lo perdimos.
Seguro ese tipo tenía mucho para dar.
Muchas conjeturas posibles.
Igual no sabemos bien para qué filmamos.
Pero nosotros filmamos.
Tenemos varios gigas de gente desconocida.
Varios gigas de gente que de alguna manera ya dejó de ser desconocida.

Bueno, después de una tarde hermosa bajo el sol y las conjeturas, nos tomamos un bondi.
Ella, apenas subimos, atinó a sentarse en un asiento de adelante.
—¿Qué?, ¿estás loca? —le solté—, ahí se sientan los discapacitados y los discapacitados sociales. Los que no pueden prever dos movimientos en el ajedrez de la vida. Al toque va a subir una vieja o una embarazada y chau.

Ella, claro, porque es mujer, pero yo. Yo soy hombre, caballero, y está muy mal visto si no doy el asiento.

Nos sentamos atrás, en la línea de cinco asientos. Justo en el medio.
Ella temía salir despedida, a mí se me ocurrió poner mi pierna sobre las suyas. Raro, sí, pero funcionó.
Ahí fuimos muy tranquilos. Mirando la nada. Colgados. Descansando de todo lo otro. Es lindo ir colgado, mirando sin mirar. En silencio. El subte da más cine, el colectivo es videoclip. El bondi dispara imágenes cortas, cliperas, música y viaje.

Bajamos. Era casi de noche. Caminamos dos cuadras y enseguida vimos: Pin Pun.

Nos sentamos en el fondo.
Pedimos: una grande de mozzarella; dos porciones de fugazzeta, dos de fainá y dos cervezas. Sí, estábamos solos, pero conjeturar despierta el apetito.
Mientras llegaba el pedido, miramos a un pibe en una mesa al lado nuestro. Un pibe normal, comiendo solo, clase media, como nosotros. Podría ser diseñador gráfico, actor, estudiar cine o antropología. Hay gente estereotipo y hay gente genérica que abarca varios rubros. Podía ser cualquier cosa. Nos aburrió enseguida. Era, digamos, como nosotros. Si voy a un cine, suponete sobre Corrientes, no quiero que me muestren la calle Corrientes.
A un costado había un motoquero con todo el equipito típico de motoquero. Lo que lo remataba era el casco sobre la mesa.

Ella empezó a mirar una mesa detrás de mí.
Miraba.
La miré.
La miré mirar y ya me di cuenta.
Le pregunté con las cejas y nada.
Ella miraba la mesa, yo miraba sus ojos que ya empezaban a cristalizarse. Como cuando tomás una cerveza helada con una inmensa sed de birra; lo que iba a pasar segundos más tarde.
El silencio se prolongó hasta que insistí.
Me empezó a narrar.
Sin mirarme.
Hablaba y miraba la escena.
Una familia joven. Hombre, mujer.
Otra mujer.
Una hermana de ella, quizás.
Y pibes.
Muchos pibes por todos lados.
Hijos de la pareja, más hijos, pero de la hermana.
Primos entre ellos.
Había uno que era un enano.
Es decir, un niño con rasgos de adulto.
Con un porte particular.
Toda su estética remitía a un deportista metrosexual, corte Cristiano Ronaldo.
Canchero.
El más canchero de su grado seguro.
Cresta.
Botines rojos.
Pantalón blanco.
Remera celeste con botones en el cuello, pero de costado.
Y chaleco verde. Onda campera, pero chaleco, como la de Marty McFly.
Ella lo describía bien, yo soy horrible para imaginarme ropa. No la entiendo hasta que la veo. Bueno, acá no la veía.
Tenía que hacer mi mayor esfuerzo.
Bien podía girar la cabeza, pero hay veces que no es tan fácil. Estás tan cerca, tan pegado al otro, que no da.
Me contentaba con la escucha.
Ella me narraba.
Yo imaginaba. Como cuando de chicos nos leían un cuento de noche.
Otra forma de conjetura.
Escuchar. Imaginar. Conjeturar.
Los espías usan los ojos, y los oídos.
Los dos juntos o por separado.
Bueno… nosotros también.

Llegó nuestro banquete.
Comimos como si no hubiera un mañana.
Pensamos que se podía hacer algo con todo el material que estábamos recopilando, no, con las conjeturas no, bueno también, pero en ese caso hablábamos de las pizzas, todas esas fugazzetas degustadas; crónicas; una ruta o algo por el estilo.
Quizás en otra vida.

En eso, ella me dice que mire, que era ahí, en ese momento exacto, “ahora, ya”.
Yo dudando, no de ella sino de mi propia torpeza, si se quiere conjeturar primero hay que hacer un master en disimulo: nada de rascarte la pera con el hombro. Esa martingala la saben todos. No, la mejor forma es hacer lo que no se espera de uno. Saqué el celular, me di vuelta hacia donde estaba la familia e hice el ademán para sacarnos una selfie. Una selfie de ella, yo y la fugazzeta. Estiré el brazo y puse el celular en posición.
Miré la numerosa familia.
Miré al tipo y a la mina. La supuesta hermana y sus hijos.
Entre ellos divisé de inmediato al niño-deportista.
Era imposible no verlo.
Lo miré y todo se fue acomodando.
Cada línea vertida por la narración de ella se unía en mi cabeza formando al pibe de carne y hueso.
Como leer primero el libro y después ver la película.
Pero, claro, tiene que estar bien hecha.
No es cuestión de agarrar un bestseller y por eso filmarlo así nomás, total, el libro es bueno.
Hay que ponerle de uno, tu visión de las cosas, tu autoría.
Filmar es escribir con la cámara. Entonces, en ese caso, hay que reescribir.
Sino, vas muerto.

Ella soltó:
—Sos un genio, ¡lo filmaste!…
Yo hice silencio.
—Hiciste la manganeta de la selfie para filmar al pibe, ¿no?
El silencio lo dijo todo.
Solo agregué.
—La genia sos vos, la próxima no se me escapa.