LOS CONJETURADORES | CAPÍTULO #3

Yo miraba fijamente unos insectos.
De cerca, los miraba moverse, caminar, cómo se organizaban.
Eran hormigas.
Una parecía ser de otra comunidad. De golpe te ponés a mirar con atención y vas entendiendo todo.
Miré, lo comentamos entre nosotros y, sí, era obvio que era de otra comunidad, era negra, opaca como un carbón y más grande. Ligeramente más grande. Que para una hormiga es muchísimo.
A veces pasa eso.
Uno va colgado, mirando sin mirar, pensando en qué carajo comer a la noche, en un Excel que te salió como el culo, en un chiste que le tiraste a unos amigos y que “estuvo bien”, en esos chizitos raros que comiste en las vacaciones. Y no ves nada. Mirás, pero no decodificás. Mirás como una cámara puede congelar un momento. Pero no interpretar. Por eso debe ser que los lentes de las cámaras se llaman “objetivos”. Porque miran sin una conciencia. Cuando el fotógrafo o el director de cine hace el recorte, elige el plano, la toma, el encuadre, está poniendo su mirada, o sea, su “subjetividad”.
Bueno, qué sé yo.
Ahí empecé a filmar con el celular.
Una, la intrusa (nosotros preferimos decirle la forastera), parecía estar robando comida. Pero qué sé yo, supongo que aplica la famosa “ley de la selva”, aunque acá fuera la “ley de los adoquines”. La disputa era increíble, una hormiga chiquita y roja contra la grande y negra.
Pero no les voy a contar eso.
Lo filmamos y fuimos haciendo voces chistosas de documental mal doblado.
Algún día, en una de esas, lo subimos a Youtube.
Nosotros estábamos sentados en el cordón de la vereda. Tomamos helado: ella, un torpedo de frutilla; yo, de limón.
Ella tiene algunos problemitas para comer ciertas golosinas, dejó caer unas gotas sobre ese mundo diminuto, las hormigas corrieron ante el diluvio universal de frutilla. Corrieron como desorientadas, pero no se alejaban del todo. Como que iban y volvían. Rebotaban. Un poco porque el botín no se deja por nada en el mundo y otro poco, estimo, porque lo que caía del cielo era un delicioso néctar de los dioses. Rojo infierno, sí, pero delicioso.
Levantamos la vista y salimos de ese micromundo.
Corté de grabar y seguimos con lo nuestro: el helado.
Estábamos en un pasaje.
Cerca de la esquina.
Enfrente había un bar.
Algo que me obsesiona, en mi lista de cosas que me obsesionan, es mirar a la gente a través del vidrio de un bar o restaurante. Es hermoso ver a la gente comiendo, hablando, mojando la medialuna en el café con leche, tomando cerveza con maní, hablando por celular a los gritos, leyendo el diario, un libro, amigos, parejas, gente sola, en silencio, haciendo tiempo. Es una vidriera, un banquete a la vista de todos.
Me fascina ver las gesticulaciones, los movimientos, todo en mute.
Al no poder usar el oído, hay que afilar la vista para entender de qué hablan, a quién esperan, qué planes tienen; o qué corno aspiran de la vida.
Ahí nomás vimos un par de mesas.
Dos viejas ricachonas tomando un té con masas; un tipo leyendo La Nación, no es que tengamos visión de rayos x, es que La Nación es un pasacalles; una madre con sus dos hijos con uniforme de colegio privado tomando café con leche y comiendo tostados, seguro que estaban haciendo tiempo para ir al dentista o al revés, ya habían salido y ese fue el “premio” por haberse portado bien ante el torno.
Pero qué barrio más paquete, ¿no es cierto?
En realidad no tanto, es medio el límite entre Flores y Caballito. Pero, sí, hay mucho colegio privado, y sobre Avellaneda, a esa altura, está minado de viejas “bien”.
Qué nivel, ¡che!
La pregunta es qué hacemos nosotros tan relajados sentados en el cordón de la vereda un martes 17:38 de la tarde, ¿no?
Tenemos trabajos free lance.
Ella escribe para una revista. Escribe desde la sección autos (sin tener la mínima noción de qué es un carburador) hasta el horóscopo (sin ser astróloga, claro está).
Tiene un don increíble, ya hace un año que labura ahí, no sé de dónde corno saca las palabras para describir signo a signo el horóscopo de cada mes.
Yo laburo filmando porno.
Paren, paren, no, no como actor. Como camarógrafo. Sé que se puede dar a la confusión.
Filmo videos porno para Internet. Un ruso, ruso, de Moscú, no de Villa Crespo, es el director de los videos, y mi jefe.
Pero bueno, no hay mucho más que contar.
Volvamos.
En eso levanté el celular y me puse a filmar a la gente en el bar.
Descubrí que mi celular nuevo filmaba bien. Filmaba bastante bien.
Filmé a las viejas chotas tomando un tecito y masticando las masas que se mezclaban con el pintalabios color rosa suave.
Filmé al tipo leyendo el diario, con los anteojos en la punta de la nariz, calvo, pero de pelo a los costados. Un pelo mojado.
Filmé a la madre con sus dos hijos, uno estaba semiparado en la silla tomando café con leche y hablando con la boca llena de tostado, el otro jugaba con una tablet.
Moviendo el celular entró en cuadro una mujer que antes no habíamos visto.
Parecía que se acababa de sentar.
Me quedé filmando por un instante.
—Mirá esa mina —le dije a ella, que levantó la vista—, qué mina rara, ¿no? —seguí.
Ella hizo silencio. Ambos seguimos mirando.
Yo a través de la pantalla del celular, pero por momentos corría los ojos a la persona de verdad.
Ella al revés, por momentos se metía para usar la cercanía que daba el celular.
La mina descolocaba.
Esas cosas nos apasionan. Los desafíos.
Cuando algo no encaja.
Esa mina parecía de unos 30 años largos, quizás más, acariciaba los cuarenta.
Castaño claro.
Pelo lacio por los hombros.
Atado con una gomita bien tirante.
Anteojos de ver, grandes, marco grueso.
Una pollera de flores por la rodilla.
Zapatillas sin onda, tipo deportivas, negras.
Medias blancas que sobresalían.
Llevaba una bolsa de tela.
Estaba seria.
Apretando la boca.
Frente a esta descripción, dos posibilidades: una religiosa fanática, podría ser menonita o mormona, o bien una hipster que se había pasado de rosca.
Realmente era indescifrable.
Una invitación para los ojos.
Para las conjeturas.
Por un lado, la actitud corporal denotaba algo religioso, la posición de las piernas, las manos, era como recatada, conservadora.
Por el otro, los ojos tenían algo de “pose”, algo de soy “hipermoderna”.
Pensamos, charlamos, conjeturamos.
Concluimos que era una hipster que se había pasado varias paradas.
La bolsa la delataba.
Esas bolsas de tela tipo ecológicas que se usan ahora no son de una persona de la comunidad amish, son de una hipster.
Dejé de grabar.
Nos levantamos y empezamos a caminar.
—¿Me dejás ver lo que filmaste? —me dijo ella.
—Tenés que pasar para ver lo de las hormigas, eh — dije yo al darle el celular.
—¿Qué hormigas?, lo del bar quiero ver —contrarrestó ella.
—Ah, ah, ok. Tendríamos que hacer una serie con esto o algo…
—¿Lo qué? —dijo ella.
—Eso, una serie-web. Ahora todos hacen series-web.
Ella iba mirando. Se reía.
—Sí, puede ser —siguió. Se quedó mirando los videos.
—Podríamos ¿no?… ¿escribimos algo?
—¿Escribir? Nahh, filmemos esto de una. Robemos imágenes —insistió ella.
—¡Ah, dale! Robemos imágenes y después las subimos a Youtube —dije yo con sarcasmo.

Los dos nos reímos. Nos reímos sostenidamente.
Luego hicimos silencio.
Seguíamos caminando, íbamos mirando el piso, carburando.
Era una cosa rara, pero nos gustaba la idea.