Los conjeturadores | Capítulo #2

Hace un tiempo que empezamos a mirar a la gente y a adivinar quiénes son; qué hacen; adónde están yendo; cuándo se compró ese sombrero el tipo aquel, ¿te parece un sombrero en esta época del año?; es casado o viudo; le pega a su mujer; escucha música celta o pop latino; compra jamón crudo, cocido o paleta. Nadie elegiría paleta en lugar de jamón crudo; si lo hace, es porque está pasando un momento económico jorobado o porque regentea un bar y lo usa para abaratar costos.

Hace un tiempo que somos conscientes de esto. Un día, en Mar Azul, mientras degustábamos unas surtidas de Bagley con mate, conjeturamos sobre una extraña y disfuncional familia de al lado nuestro. El tipo, parecido al zaparrastroso de “La venganza de los nerds”, intentaba, sin éxito, remontar una cometa. Una verdadera joya para los ojos.
Pero creo que cada uno por separado lo viene haciendo desde hace mucho, desde que tenemos ojos, más o menos.

Nos gusta mirar a la gente. Reparar en detalles, mirar sin ser visto, mirar disimuladamente.
Gente por la calle, en colectivos, en subtes, en tren: posición de los pies, movimientos díscolos de manos, gestos sutiles, actitudes corporales; qué ropa usan; ¿mochila, morral, cartera o sobaquera?, si usa sobaquera, es taxista, no hay dudas; qué leen; qué celular tienen; de qué hablan y cómo; y una infinidad de detalles.
Miramos ventanas abiertas o balcones a la vista, no nos colgamos del árbol como George McFly; peluquerías, restaurantes, mesas de bares en la vereda, súper chinos y mercerías de barrio.
También miramos ventanas desde nuestra ventana. No forzamos nada, levantamos nuestra persiana y si en el medio hay una ventana, bueno.
Igual, si fisgonear fuera pecado, de seguro nos iríamos al infierno. Ah, ¿es pecado el voyeurismo?
Nos gusta mirar, en general.
No es nada sexual, miramos de todo, o sea, si vemos a alguien cogiendo, mejor, pero miramos aunque dos gerontes estén en una apasionante partida de backgammon.
Nos gusta.
Nos gusta mirar gente.
Nos gusta mirar, a secas.

Un día estábamos en el barcito ese pedorro de las estaciones de servicio. Creo que haciendo tiempo para ir al cine. Me gustan esos lugares medio no-lugares. Me hacen sentir un forastero.
Ella comía un Mantecol como desactivando una bomba. Muy lentamente.
Yo tomaba soda tragando más de lo que mi garganta podía soportar. Muy desesperadamente.
Ella comía y se tapaba la boca con la mano, como haciendo una cortina de hierro. Lo que pasa es que el Mantecol le hace segregar una cantidad industrial de saliva. Por eso no puede comerlo en lugares públicos, entre amigos, cumpleaños o navidades. Este caso era distinto, no había nadie cerca.
En eso se le ocurre una idea brillante, algo así como que las golosinas vengan con una especie de mantel para que contengan las miguitas que se suicidan al abismo del suelo o la mesa.
El “invento” no apuntaba a salvaguardar la limpieza de la ciudad, sino más bien era un beneficio para el usuario, para no perder ni un solo pedacito del producto en cuestión. Después dijo que no, que un mantel no, sino una especie de burbuja completamente esterilizada.
Mejoraba a cada segundo.
—Ah, una burbuja —dije yo— como John Travolta, en El chico de la burbuja.
Me clavó la mirada.
Sugerí, después, que más que una burbuja era mejor un balde.
Me miró, seca, y soltó un suave “Boludo”.
Se le debe haber escapado.

Todavía faltaba para la película. Ella miraba el celular, yo leía Astronauta solo. Ella es adicta el teléfono, yo a las novelas ligeras para adolescentes.
Me leo cuanta novela de ese género se cruce en mi camino. Igual es mentira, no se cruzan en mi camino, yo voy a buscarlas.
Ella no es que sea una full user de redes sociales, pero como que de una manera u otra siempre tiene el teléfono en la mano. Debe ser como la gente que fuma, que más que nada le gusta sostener el cigarrillo, o los que tomamos mate como una droga: el tenerlo en la mano es parte fundamental del ritual.
A mí me revienta, o sea, está todo bien que hable con quien quiera, yo la respeto, espero mi turno, levanto la mano, mando una carta al Papa solicitando un momento para mí, y listo. Espero como un duque. Lo que me saca de quicio es estar hablando entre nosotros, y que así, sin advertencia ni anestesia, meta el celular entre nuestras caras. Sé que lo que le estaba contando le interesa genuinamente, pero igual lo hace, es más fuerte que ella.

De la nada, empezamos a conjeturar.
No hay un momento, simplemente pasa. El tedio, el aburrimiento o simplemente algo puede más.
En ese caso un grupo de orientales en bermudas y riñoneras; las mujeres con sombreros tipo capelina, los hombres con gorras visera tres talles más grandes.
Yo la invité a la conjetura con la mirada y un movimiento de cejas, ella levantó la vista, miró con atención a los orientales, y ahí noté cómo sus ojos alcanzaban un brillo de revelación:
—Mirá, ahí está otra vez: azul, azul oscuro, negro, gris, gris-clarito, gris-verdoso, bordó y rojo —dijo ella como quien enumera un equipo de fútbol del acenso.
Yo no pude no sentir exaltación.
Resulta que hay una teoría que argumenta que la gente en grupo se reacomoda inconscientemente por colores. Es una teoría que escuchó ella en la facultad hace más de diez años, no sabemos la veracidad, no se acuerda la materia ni el contexto, pero la realidad nos sacude la cara cada vez con más frecuencia.

Revoleé los ojos y llegué a un flaco que estudiaba, a veces la “víctima” se toma su tiempo, hay gente por todos lados, pero hay uno que se destaca. Uno que pide a gritos: “conjeturen sombre mí”.
Bueno, cómo no. Para eso estamos.

Saquito color caqui, con cierre.
Pantaloncito tirando a formal.
Corte prolijo de pelo, con una muy fina capa de gel.
Unos 30 años. Pero daba varios más.
Sentado en una mesa de cuatro, al lado de la ventana.
Semirecostado, como desplomado en el asiento.
Leía algo, parecía ser un apunte para la facultad, por el resaltador flúo amarillo. Somos un libro abierto, un manual ilustrado Larousse.
Y lo acompañaba con auriculares. Los chiquitos.
Rasgos duros, que claramente no eran producto de la concentración, venían de antes.
Necesitaba de ese momento.
Buscaba un tiempo para él.
Era claro que no había ido sólo a estudiar. Estaba demasiado prolijamente vestido para ese minimercado de la estación de servicio.
Debía estar haciendo tiempo para ir al cine, como nosotros.
Nadie en su sano juicio se pone gel para ir a estudiar. NADIE.
“Ya pasó un tiempo prudencial, era hora de salir, hacer cosas para mí: caminar por la ciudad, mirar a la gente pasar, ponerse al día con la facultad (o intentarlo), escuchar un poco de música, mirarse una peliculita”, pensaba seguro, el flaco.
Por momentos miraba por la ventana con cierto aire melancólico, miraba y apenas entrecerraba los ojos.
El flaco que estudiaba podía estar escuchando algo melódico.
Algo medio romántico.
Arjona era demasiado.
Maná muy obvio.
No.
Algo un poco más acá.
Pero estaba por ahí.
Enseguida resolvimos —nombre más, nombre menos— que estaba escuchando “Donde quiera que estés”, ese clásico de clásicos de Manuel Wirzt.

Bueno, se nos hizo la hora.
Nos levantamos para irnos. Ella tenía las piernas entumecidas, yo la cintura.
Por suerte íbamos a pasarnos las próximas dos horas en movimiento y al aire libre, haciendo ejercicio en una butaca de cine a oscuras.
Yo salí del barcito susurrando: Aaaamor, donde quiera que estés, deja la-duda y vuelve a mí, que yo estoy esperáaandoote… que yo sigo… esperando… que yo sigo esperando…

Ella me remató con una lapidaria observación.
—Ayyyyyyyyyy, mirá, al que le molesta que canten por lo bajo, te voy a grabar y poner play cada vez que te quejes de mi repertorio.