Los conjeturadores | Capítulo #1

Por Sebastián Culp

Nos gusta mirar.
No podemos parar. Aguanten, no nos juzguen.
Odio la gente que enseguida te juzga sin escuchar la explicación o sin leer la historia completa.
Nos gusta mirar.
No mirar corte pervertido, sino mirar lo que está ahí.
No es que metemos el ojo en la mirilla ajena.
¿Qué se piensan?
Miramos lo que está expuesto, ahí, al alcance de los ojos, servido en una fina bandeja de plata italiana. Lo normal.

Creo que en parte eso nos une.
A uno con el otro, digo. (Bueno, hablo por mí. A mí me gusta eso de ella, cómo mira. Allá ella).

Si la gente fuera igual de atenta, si la gente mirara con qué grado de obsesión miramos, creo que sí, iríamos presos. Pero, no, por suerte la gente no está tan enferma.

Somos como un equipo afilado para el mirar.
No tenemos ni que hablar.
Una miradita entre nosotros y listo.
Un gesto y ya está.
A veces si estamos de la mano, viene acompañada de un mínimo “tac-tac”, un llamado de alerta y listo, el otro ya sabe que pasa algo, que hay que mirar algo, panea con los ojos y ahí está: el objetivo.

Un día, en el subte, íbamos al centro.
Creo que a caminar y a recorrer librerías de mala muerte como dos obsesos y más tarde a comer a Las Cuartetas. Un planazo, no me digan que no.
Ella iba tarareando.
Odio que tararee. O sea, no odio que cante, no soy un ser horrible, sino lo que canta.
Tiene un repertorio amplio, pero vuelve sobre el mismo hit insoportable una y otra vez. A toda hora. Mientras cocina, mientras se pinta las uñas, mientras lee Minutouno en Internet. Bueno, y también cuando vamos en subte.

“Cua, cua… se ríe el pato borracho, cua, cua, cua”.
“Soy un arlequínnn, soy un arlequínnnn que canta y bailaaa”.
“¿Para qué quiero vivir con el corazón desecho?, ¿para qué quiero la vida después de lo que me has hecho?”.
Son solo algunos de los ejemplos que me saben crispar los pelos tan bien.

Por suerte subieron dos chicas que no paraban de hablar, que felizmente desactivaron a la chica-rocola.
Nosotros íbamos sentados. A mí me gusta ir parado en el subte. En la semana que hay más gente no me siento ni que me maten. Todos pegados, uno al lado del otro, con el calor del infierno, sentado por 40 minutos para después llegar al trabajo (supongamos que uno tiene trabajo) y estar sentado 7 horas. Un capo, eh.
Pero, bueno, un sábado con menos gente y con ella, me senté. Y estaba bien. Iba lo más cómodo que un humano puede ir en un tren abajo de la tierra.
Las dos minas quedaron paradas enfrente de nosotros.
El subte tiene eso, ves todo muy de cerca. Como en el cine.
Pero en el cine, los que están en la pantalla no te ven a vos, en el subte sí. Y eso es lo incómodo.

Cada tanto hacemos esto, miramos a la gente e imaginamos su vida: adónde va; de dónde viene; si tiene perro, hambre o una úlcera; imaginamos relaciones; el password del mail; qué le hubiera gustado ser de no ser eso que es, que también lo imaginamos, etcétera.

Las minas hablaban a toda máquina.
Una lo hacía con pasión.
La otra la seguía con entusiasmo.
Hablaban de un curso o taller de guion, o literario.
Hablaban de planos, de enfoques y de encuadres.
Quizás era de guion, entonces.
O de cine, en general.
Hablaban de “Malvinas”, un proyecto que tenía la primera, la apasionada.
Era una ametralladora del habla.
La otra estaba más quedada, pero tenía ganas.
Le preguntó —en realidad, como que le pidió permiso— si podía ir ella también al curso.
La otra le dijo que sí, que obvio.
La interesada en el curso estaba medio perdida.
Pero se le veían las ganas.
Uno no se levanta un día y dice “Sé Kung Fu”, como el capo de Neo.
Muchas veces uno no sabe bien lo que quiere, pero va probando.
El curso parecía ser una gema. Y el tipo, un maestro.
Descubrimos finalmente que se trataba de un taller de historieta.
Hablaban de técnicas, de curvas dramáticas, de clímax y desarrollo de personaje.
De guion de historietas, entonces, pensamos.
Ellas hablaban fuerte, nosotros por lo bajo y en código.
No queda lejos —le dijo la apasionada a la otra— por Santa Fe y Pueyrredón.
Ese proyecto “Malvinas” parecía ser una historieta que la apasionada guionó, y un tal “Rodri” dibujó. Que, además, parecía ser el novio.
Ella me dijo a mí: Sin dudas es el novio, apenas con un movimiento de cejas.
Hablaban de un concurso de historieta de cuatro páginas.
La segunda le preguntó: ¿Cómo contás una historia en cuatro páginas?
La apasionada le dijo que era muy difícil, pero que se podía. Que había cosas muy buenas de cuatro páginas.
Es más —le dijo—: mi profesor tiene una historieta de una sola página que es genial.
Es una viñeta de una pared de una casa derrumbada. En esa pared se logra ver el empapelado que supo tener, los azulejos del baño, la marca que indica que ahí hubo una escalera; hay manchazos enormes de sangre, rasguños, agujeros de bala, signos de violencia. Y solamente en algunos escuetos diálogos, a modo de flashback, se cuenta lo que pasó tiempo atrás.

Ahí miré a la chica, la primera vez que lo hacía a los ojos. Luego bajé la mirada a ella, y le toqué una parte del cuerpo que no podría precisar.
Tranquilos, no fue nada sexual.
Y ella me miró, no estaba segura, pero sabía que yo lo podía saber.
No, no lo nombren, no hace falta, le hablaba sin hablar a las chicas.
Ya sé de qué curso hablan. Ya sé de quién hablan, le dije con una mirada a mi coequiper del mirar.
Hablamos mucho con la mirada (en realidad está mal dicho “hablamos con la mirada”, uno mira todos los gestos de la cara, no solamente a los ojos. Los ojos son el epicentro de todo eso, pero la cara te da una visión global del asunto).

Tenemos largas charlas de lo más diversas. Nos contamos chistes y repasamos la lista del súper, todo con la cara.

Bueno, la cosa es que ya sabíamos: el arte de conjeturar requiere atención, sagacidad y observación, pero también conocer cosas. Conocer, recordar, asociar. Ir por ahí absorbiendo lo que leés, ves, te cuentan o cazás al vuelo.

Las chicas hablaban de Diego Agrimbau, guionista de historietas. Y puntualmente de la historieta de una sola página titulada “Intrusos”. Efectivamente, una obra maestra de la síntesis y la puesta en escena. Dibujada por Dante Ginebra.

Bajamos del subte, salimos a la superficie, vimos el sol, la claridad, sentimos el viento en la cara, el mundo. Como si al salir del cine, de una función de las tres de la tarde, de golpe te habías olvidado que afuera había algo llamado luz-día.

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