Jack: Detective Privado

Bigote Falso investiga

Entrevista con Jack, un detective privado de verdad

Por Dolores Yañez
Fotos: Lucila Yañez
Copyright 2015

Jack transmuta la obsesión y la paranoia ajena en su propia profesión. Es detective privado desde hace más de 20 años, con una importante trayectoria respaldada en la resolución de cientos de casos de infidelidad, incluyendo la de su propia mujer; fraude laboral; localización de personas, y las más insólitas historias, como el supuesto secuestro de un canario.

Solicitamos una entrevista con Jack porque dentro de la mesa chica de Bigote Falso estaban surgiendo ciertas asperezas, que en una sutil escalada de locura podían a obstaculizar la edición del tercer número de la revista. Que somos obsesivos y paranoicos no es una novedad, sino algo que venimos blanqueando desde la portada del primer número. Pero bueno, esta vez las cosas se habían puesto serias y creíamos que lo mejor era contratar a un detective privado.

La rivalidad entre las diseñadoras hacía rato que había dejado de ser una competencia sana y virtuosa para convertirse en una fuente de preocupación. El límite fue el accidente en la vía pública que Meche evitó por milagro, al sortear una moto que se le tiró encima después de una reunión de equipo.

Mientras la distancia entre Meche y Yani parecía no tener solución, la afinidad que fue surgiendo entre dos de los miembros masculinos de la revista, despertaba otro tipo de rumores. Que Sebastián ponderara tanto las opiniones de Tomás y que se juntaran por su cuenta porque manejan otros proyectos paralelos, eran indicios en los que todos íbamos reparando sin decir nada. Sin embargo, los celos de Lucila sí se hacían notar y los reproches hacia Sebastián tornaban cada vez más difíciles las reuniones de producción. Ellos además de ser los creadores de la revista mantienen un sólido romance, que de verse saboteado haría peligrar la continuidad del proyecto editorial.

Lea, el fotógrafo, tampoco era indiferente, en un par de oportunidades se lo notó muy molesto con esa incipiente “amistad” de la que se sentía dejado a un lado, pese a que conoce a Seba muchísimos años antes que Tomás. Según mis cálculos, lo más macabro de todo este asunto es que Tomás se habría propuesto sentarse en las rodillas de nuestro Director con el único fin de escalar posiciones dentro de Bigote Falso.

Así fue como Lucila y yo decidimos tomar cartas en el asunto y pedirle una reunión a Jack. Él aceptó de inmediato y nos citó en su oficina ubicada en Tribunales. “Vamos por partes”, fue lo primero que dijo. Nos pidió un plazo de una semana para saber si Yani contrató a un sicario para matar a Meche y otra semana más para saber si Seba engañaba a Luci con Tomás. El trato estaba cerrado.
De esos días en los que nuestro contacto con Jack fue casi diario, porque debíamos colaborar con él brindándole toda la información que pudiera serle útil para la investigación, surgieron estos diálogos que vamos a publicar a modo de entrevista.

Su oficina no es para nada luminosa, es pequeña y está repleta de instrumentos de trabajo, como cámaras de distinto tamaño, guantes, sombreros, bastones. También tiene libros y pipas, muchas pipas, como tienen los detectives en las películas.

BF: ¿Cómo empezaste a trabajar de esto, se estudia para ser detective privado?
J: Trabajo hace veinte y pico de años, primero trabajé haciendo investigaciones en una empresa y luego empecé a hacerlo por mi cuenta. Estudié en la Primera Escuela Argentina de Detectives que ya no existe más. También hice un par de cursos sobre legislación y otras capacitaciones en el exterior sobre obtención de pruebas. Aún no es una profesión legislada en nuestro país, pero sí está reconocida por la AFIP. El detective en Argentina no puede portar armas, solo puede trabajar como apoyo en una investigación, siempre y cuando la persona que lo solicite tenga un interés legítimo.

BF: ¿Cuáles son los casos más frecuentes?
J: Infidelidades y fraude laboral. La mayoría de los casos de infidelidad se confirma, cuando me contratan ya están muy seguros, lo que el cliente quiere es verlo con sus propios ojos.. En los casos de fraude laboral las empresas me contratan para juntar pruebas antes de un proceso judicial, quieren confirmar mediante una cámara oculta que un empleado les está robando o se hace un seguimiento cuando tienen un empleado que pasa de licencia en licencia diciendo que está enfermo y en realidad está trabajando en otro lado.

BF: En los casos de infidelidades debe ser difícil contener al cliente cuando le presentas las pruebas. ¿Cómo lo manejás?
J: Es difícil en varios sentidos, también es difícil la idea con la que llega el cliente. La gente tiene mucha fantasía y pide cosas que no existen, cosas imposibles que sólo se ven en las películas. Yo hago mi trabajo, la investigación, saco las fotos y cuando tengo el material evalúo, de acuerdo a la personalidad que haya mostrado el cliente durante el proceso, si le entrego las pruebas en mi oficina, en un bar o cualquier lugar público. Muchas veces se ponen a llorar, es un momento muy angustiante y acá pueden llegar a estar dos o tres horas sin moverse del asiento.

BF: ¿Has aplicado tus conocimientos como investigador para descubrir infidelidades de tus propias parejas?
J: Así es, por eso estoy separado. ‘De los cuernos y de la muerte no se salva nadie.’ Con indicios y apuntar al lugar justo, lo confirmé enseguida, le pedí las llaves de la casa y listo. No había duda, sobre todo cuando los tenés en la puerta del telo.

BF: ¿La seguiste ante las sospechas o seguís a todas tus parejas por las dudas?
J: La seguí cuando surgieron las dudas, no soy paranoico, había llamadas que no me cerraban, si ves que es la tercera vez en el mes que se compra ropa interior, son detalles… cosas que puede observar cualquier otro marido pero yo, al dedicarme a esto, puedo detectarlo más rápido.

A medida que pasaban los días, la investigación avanzaba y nuestra relación con Jack se hacía cada vez más estrecha. Su trabajo era impecable pero aún no conseguíamos confirmar nuestras sospechas. Teníamos fotos de Meche y Yani merendando juntas por Palermo, lo que fue una gran sorpresa. Lucila y yo estábamos descolocadas, parece que lejos de ser enemigas, compartían muchas salidas y no nos invitaban. Eso no sólo hería nuestro amor propio sino que no nos terminaba de cerrar. En cuanto a Seba y Tomás, por el momento, Jack solo conseguía retratarlos trabajando con sus computadoras, en algún que otro bar porteño. Pero ambas sabíamos que había algo más y a esta altura, ya no era una sospecha nuestra, Jack también estaba convencido de eso.

BF: ¿Cuál fue el caso más disparatado que tuviste?
J: El caso del robo del canario. Me contrató una señora a la que le habían secuestrado uno de los canarios que criaba. Este ejemplar había sido premiado y valía 10 mil dólares en su momento. La señora me decía que la llamaban a las 12 de la noche y la hacían escuchar el canto de su canario como prueba de vida. También le pasaron un sobre debajo de la puerta con una pluma del animal. Decidimos arrancar con una semana de investigación pero en esos días no tuvimos ningún indicio, no se recibieron mas llamados, nada. Entonces le dije que posiblemente el canario había muerto y que concluyéramos ahí la investigación. La señora se puso a llorar, me pedía que no le dijera eso y que por favor continuara con mi trabajo una semana más. Cuando me estoy yendo, me llama el marido de la mujer, un hombre enorme y me dice: “No vengas la semana que viene, el canario está muerto. Lo que pasó es que yo lo sacaba de la jaula un rato todos los días, para que me cante, porque cantaba muy lindo, pero el otro día, de un momento para otro, el gato se lo comió. Te imaginas que si se lo cuento me echa de casa”. Finalmente, la señora no volvió a llamar no sé qué le habrá dicho el marido.

BF: ¿Qué casos no tomarías?
J: Uno con violencia anterior, como por ejemplo para una venganza.

BF: Imaginamos que en tu trabajo podes encontrarte con muchos clientes paranoicos.
J: Paranoicos vienen miles. Un día viene una señora y me cuenta que creía que el marido la engañaba porque la llevaba al campo de la familia y la dejaba allá sola e incomunicada. Arreglamos honorarios y quedamos en que la iba a llamar al otro día para empezar la investigación. Cuando salgo, me agarra un patovica y me dice: “Decime cuánto es la consulta porque la señora, como te habrás dado cuenta, está loca. Yo soy el chofer y ando atrás de ella arreglando los quilombos que arma”. Resultó que a la señora no la llevaban al campo, estaba internada y la sacaban a cada 15 días para llevarla a su casa. Esa misma tarde se había reunido con otro detective en el bar de enfrente.

BF: ¿Con los años agudizaste tu intuición respecto a la salud mental de tus clientes?
J: Sí, con una entrevista ya puedo saber como será el trabajo. Una vez me llamó un cliente que me preguntó si hacía contrainteligencia, le dije que sí, le pregunté quien lo seguía y me dice: “Es una historia muy larga, cuando yo era chiquito los ovnis me secuestraron, me llevaron, me devolvieron y ahora me están buscando”. Cuando son casos así, se imaginarán que no los agarro. Otra clienta, por ejemplo, quería que yo le confirmara que Marcelo Tinelli es bisexual. Le tuve que explicar que no puedo aceptar ese trabajo porque ella no es un familiar, no hay un interés legítimo en ese caso, es algo que no se puede hacer. Me dijo: “Yo no lo conozco pero si eso fuera cierto, a mí me destruiría totalmente”.

BF: ¿Qué otro tipo de clientes te consultan?
J: También está el paranoico que quiere ser paranoico, como un empresario que me encarga trabajos todo el tiempo. Ya tenemos mucha confianza y le digo que deje de gastar plata, pero él desconfía de todo y yo le facturo. Yo se lo digo pero él insiste, “esta vez estoy seguro, fulano me está cagando, fíjate, seguilo 3 días y vemos que se puede hacer”.

BF: ¿Tus clientes te recomiendan?
J: Absolutamente, el año pasado tuve una racha de amigas de country que se iban recomendando unas a otras. De ahí surgió un grupo de cuatro amigas, cuyos maridos salían juntos los jueves y estaban convencidas de que las engañaban. Al final no era así, ellos se juntaban a comer, pero ellas se hicieron la cabeza entre todas.

BF: ¿Has tenido que recurrir a la policía por algún caso que se te fue de las manos?
J: Por suerte no. Sí me ha pasado que me manden la policía por estar esperando muchas horas en un lugar, sobre todo antes cuando las cámaras eran más grandes. Uno trata de pasar desapercibido pero siempre hay un vecino o una vecina chusma que te controla el horario. Muchos policías me conocen y depende del lugar en el que me toque hacer la guardia, muchas veces hablo previamente con los de seguridad para no tener problemas.

Como las guardias no arrojaban resultados significativos, decidimos pasar a la fase 2 de la investigación. Jack nos equipó con diferentes cámaras ocultas como una que aparentaba ser una radio reloj que le dio a Lucila para que la coloque en la mesita de luz de Sebastián. Según nos dijo esa cámara se usa en las casas para controlar niñeras o cuidadoras de ancianos pero en este caso era ideal para espiar al Director de la revista en la intimidad de su alcoba. A mí me dio la auténtica lapicera de las películas que saca fotos y filma con una capacidad de 4 gigas. Se suponía que yo debería encargarme de Yani para detectar cualquier pista que nos ayudara a confirmar que había contratado un asesino a sueldo. Lamentablemente, antes de conseguir un dato relevante me hice una tendinitis en la muñera por el peso de la lapicera que usé con fanatismo y devoción.

BF: ¿Estos dispositivos se venden en el país o son importados?
J: Se consiguen acá, hay todo tipo de minicámaras de fotos. La primera que tuve la fabriqué yo con un celular Nokia dentro de una caja de cigarrillos, era en la época en la que se podía fumar en cualquier lado. Trabajo con tres empleados, usamos cámaras para todo, nos movemos en moto, autos y usamos todo tipo de transporte público. Cuando se trata de seguir a alguien hay que tener la tarjeta SUBE cargada porque nunca sabes hasta dónde te va a llevar.

Pasadas las dos semanas, dimos por concluida la investigación. El puntilloso trabajo de Jack disipó nuestras sospechas, a medida que crecía nuestra amistad con él disminuían las dudas respecto a nuestros compañeros de Bigote Falso. Simplemente aceptamos que habíamos exagerado y decidimos que lo mejor era olvidarnos de todo pactando que nadie sabría que habíamos contratado un detective privado para espiarlos.

El vuelco impensado de la historia fue cuando Sebastián le regaló a Lucila una radio despertador muy similar a la que nos había dado Jack y cuando las chicas empezaron a usar una cámara botón camuflada en la camisa, que nuestro ojo entrenado supo reconocer de inmediato.

Convocados en una reunión previa al cierre de esta edición, nos sacamos las caretas y pusimos las cartas sobre la mesa. Yani y Meche nos habían mandado a investigar porque como nos vieron tan ocupadas creían que estábamos haciendo un curso de Indesing para sacarles el trabajo y diseñar nosotras mismas la revista. Por su parte, Sebastián y Tomás nos estaban espiando porque creyeron que planeábamos vender los derechos de Bigote Falso al Grupo Clarín sin consultarlos. Ahora sabemos que las dudas se resuelven hablando y confiando en el otro. Para todo lo demás, está Jack.