Google Drive #3

Por Culp

Trozos de realidad
Se me pegó una costumbre: Le respondo cosas seudo graciosas a la gente por la calle.
Empezó sin quererlo, casi sin darme cuenta, como un acto reflejo y ahora no puedo parar. Soy un as de la respuesta callejera, un camaleón, me adapto a cada persona, cada estrato social, a cada jerga.
Me lanzan un enunciado y ¡pa!, tengo una respuesta a tono. Los mato, los dejo sin palabras, el eventual inquisidor se va derrotado.
El otro día, sin ir más lejos, un pibe pasó vendiendo Hecho en Buenos Aires, medio gedeando y le deslicé un: “Nooo, gracias, querido”, con un tono bonachón, inclinando el cuerpo levemente hacia él.
Lo desactivé al instante.
La otra vuelta un vendedor de medias me interpeló con un exquisito:
“¿Doctor?”, a la vez que levantaba un combo de tres pares de calcetines mágicos.
Y yo le devolví: “No, te agradezco, padre”.
¿¿”Padre”?? Nunca en la puta vida me referí alguien de esa manera, ni siquiera al mío propio. A él le digo: viejo, pa, chabón, chavo, chaveta, Tiburcio, pero “padre”, nunca.

Es así, se me activó un interruptor en algún lugar recóndito de mi psique, como a Stalone, en la película “Halcón”, que cuando giraba su gorra visera hacia atrás sentía que una fuerza superior lo poseía.

Como, luego existo
Soy un amante celoso del pastrón. Ahora resulta que “a medio mundo les gusta esto”, pero yo como pastrón desde Cemento ¿qué te pensás?
Allá, por el 2000 tenía una novia mitad judía mitad cristiana, que la madre para los cumpleaños, se mandaba unos mini pletzalej con huevo, pastrón, y mostaza que eran un festival de rap israelí. Me comía 200.
Años después, tuve otra novia, judía completa, que me llevaba a La Crespo. Comprábamos pastrón en fetas, pepinillos en vinagre, ¼ kg de pletzalejs y los comíamos en el parque Centenario. Es por eso que me siento con la suficiente autoridad para hablar del tema.
Ahora se está empezando a replicar la fórmula de estos sánguches del oriente medio. Y a mí, a pesar de estar bautizado, comulgado y confirmado se me vuela la kipá; ¡plop!
Ya son varios los locales que ofrecen este tentempié en sus menús. Ya sea en formato fiambre o directamente el trozo de nerca: Benaim, Schwartz & Berg, La milagrosa, obviamente La Crespo, La Esperanza y Kon Kon. A esto quería llegar.
En el Kon Kon de Honduras, (no sé qué onda los otros), la opción es un pan grande, redondo, como que te diga de hamburguesa pero mejor, doradito, crocante, y el pastrón en cachos grande, que se te desparrama por todos los wines, amenazante, desproporcionado, obsceno. No me interesan necesariamente los sanguches inmensos, me inclino siempre por el sabor, lo distinto, la búsqueda. Y la preparación de esta carne es superlativa. Lo que estos chicos hacen con la tapa de asado es directamente un hecho artístico. Un bocado y ya estás viendo colores como en Ratatouille. Creo que uno de los secretos es el manejo de los fuegos para asar carnes (Además probé el shawarma, y sentí como si de golpe reinara la paz en esas tierras conflictivas).
Tal es así que en las navidades pasadas llamé a Kon Kon para encargar medio kilo cocinado pero sin cortar de este elixir de dioses. Mi propuesta los sorprendió, nunca lo habían vendido de esta manera pero les pareció buena idea. Incluso me dieron consejos de cómo calentarlo sin que pierda su jugosidad.
Compré un kilito de pletzalej en una panadería medio fina de Coronel Díaz, una mostaza copada, pepinillos y nos mandamos flor de sanguches judíos el 24 de diciembre a la noche. Lo que la guerra no puede solucionar, en una de esas, lo pueda hacer la comida.

Infidencial
Hace mucho trabajé como camarógrafo freelance filmando eventos de todo tipo. Una vez me tocó ir a un museo de la boca a filmar una muestra de arte. Filmando lienzos, cuadros, artistas pintando en vivo, público observando, charlando, degustando un cosecha 2006, vi a una chica que representaba todo lo bueno para lo que pretendo de una mujer. La seguí con la mirada, miré con detalle sus movimientos, sus gestos, su ropa, cómo caminaba, cómo miraba la muestra de arte, y cómo miraba, a secas. A veces para conocer a una persona lo mejor es saber qué y cómo mira. Y finalmente miré que uno de los artistas que estaba pintando en vivo era su padre.
Ella recorría el museo sola, en extremo silencio, todo lo cerrada que tenía la boca, la compensaba con los ojos que eran dos pomelos ya listos para comer, o para exprimir y combinarlos en un aperitivo del estilo Campari. La seguí (pero pará, con la mirada, no soy un pervertido, mi trabajo era ese; filmar, mirar, es lo mismo), y noté que se empezaba a ir. Se despidió del padre y caminó por el salón. Sin saber bien para qué o por qué, la seguí (ahí sí físicamente, digamos, pero tranquilos, con buenas intenciones). Salió del museo, y yo lo hice atrás, pero me detuve. Mudo y con los ojos como dos bolas de bowling bien lustradas, vi como se alejaba en la avenida.
Volví a trabajar.
Pero me quedé mal, raro.
No es que me había enamorado, pero no decir las cosas en el momento que hay que decirlas me deja mal. Entonces, una idea: fui y lo encaré al padre, el artista.
Le comenté que había visto a su hija y le había querido hablar pero se había ido sin que me diera cuenta, (mentí). El tipo, descolocado me preguntó, qué quería.
“El teléfono de ella quiero”, le respondí sin que se me mueva un pelo.
Pude notar como al tipo se le explotaba la psique.
Dio vueltas, titubeó, y casi tartamudeando soltó un: “No te puedo creer”, pero en Jake se resignó a darme el número de teléfono.
Listo, soy capo, pensé.
Era de un teléfono fijo, estamos hablando del año 2008.
Esa misma noche la llamé, y resultó que vivía con sus padres. O sea, el tipo me había dado el teléfono de su propia casa, o seeeeeeeea, me atendió él mismo y con un temple mucho más frío que esa tarde me dijo que no estaba y que no sabía cuándo volvía. (Mentía).
Ahí yo titubee, tartamudee y más luego sin saber bien qué corno decir, corté y no volví a llamar nunca más.
Jake mate.

Me gustan muchas cosas
Me gustan las zapatillas corte fetiche.
Me parecen estéticamente bellas, sensuales, sexys, arde papi.
Tengo unas preferidas, las botitas. Las botitas de skater, de bicivoladores o espaciales.
Cuando era chico lloré por los rincones porque no me compraban unas Nike, obviamente botitas. Eran muy caras me decían, yo embelesado por alguna entrega fílmica de origen hollywoodense, quizás The Goonis, quizás Ferris Bueller’s Day Off, y sin dudas por Volver al futuro 2, no entendía razones. Lo que comúnmente se conoce como: “pendejo caprichoso”. Pero justo, una amiga de mi hermana, que estaba ahí, me Inceptionó una alternativa: Unos Rebook en el mismo formato de botitas. Considerablemente más baratas.
Esas fueron mi primer amor en materia de calzado. Eran celestes y blancas con la lengüeta tan grande como una almohada de plumas escandinavas.
Ahora que cuento con muchísimo dinero, puedo comprarme las que yo quiero. Igual tengo un gusto modesto. O más bien excéntrico. Sí, es eso, sumado a que me fascina buscar, revolver, escarbar en lo profundo. Consigo cosas raras, ediciones especiales a 900 pe, talle único, color extravagante, modelos descontinuados y al vendedor diciendo: Son para vos. Y sí, la verdad que sí, no creo que tengan mucha salida un par talle 42 de Adidas amarillas fluo con orejitas de ratón.
Soy como una japonecita otaku de barba, y 1,80 mts.

A veces me cuelgo
Creo que la gente no sabe caminar en sociedad. O sea, usar las piernas las usa cualquiera, la cosa es caminar en armonía coreográfica entre las personas.
Pero no, la gente se detiene porque vio un echarpe finísimo en aquel local; o porque le agarró ganas de comprar palo santo del mantero de allá; o manda whatsapp ESCRIBIENDO, mientras camina como autómata por Florida en hora pico; o pasea a su explendido can dejando la correa más bien larga mientras come un cono de mcdonalds y mira sin mirar vidrieras, sin percatarse absolutamente del entorno.
Yo, por el contrario, voy maquinando como merquero a las 6 de la mañana. Voy mirando todo, tengo prendido el rabillo del ojo al mango, detecto cuando atrás mío hay gente: sé la distancia exacta, la velocidad con la que viene, el rozamiento que ejerce el viento y si están de buen humor o si se acaban de separar. Pero no lo digo de capo que soy, sino que, y acá es donde mi teoría toca tierra firme:
El flagelo radica en que la gente que anda por la calle con orejeras de caballo no maneja.
La gente que se detiene porque se quiere rascar un ojo en medio de Cabildo y Juramento sin previo aviso, claramente no tiene incorporada la lógica que el manejo conlleva. Al usar un vehículo pesado, grande, peligroso, uno debe ser cauto y tener en cuenta muchas cosas que lo rodean. Usar los espejitos retrovisores es la base de todo. Vas hacia adelante, vas mirando que no se te cruce un perro o una anciana en andador o un chico en patineta (sí, pasé horas en los videojuegos) pero vas consciente de todo lo que pasa alrededor.
Obviamente que el riesgo de una colisión a pie no es el mismo que el de un vehículo con varios caballos de fuerza, pero es detestable, desconsiderado, y sin dudas rompe la armonía coreográfica con la que sueño para las calles de mi ciudad.
Ok, creo humildemente que me merezco un pulitzer.

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