El peluquero

Por Sebastián Culp

Fui a cortarme el pelo
Llego y no veo a mi peluquero.
Veo en lugar a otro, de cara dura, marcada, seriote.
Lo veo rasurar a un cliente.
El cliente sangra.
De la barbilla le supuran varias gotitas de sangre. Varias son varias.
También está el otro peluquero, uno de los dueños.
Me abre la puerta.
Me siento.
Espero mi turno.
Soy el único en el salón.
Conjeturo del paradero de mi peluquero.
Conjeturo sobre las remodelaciones que veo en la peluquería.
Conjeturo una posible separación de socios.
Intento buscar algún dato en Internet. No lo logro.
Me confundo en cada punto.
El nuevo termina con su labor. El cliente bromea sobre sus cortes en la cara.
Todos ríen.
Todos ríen menos yo.
Suplico por dentro que ojalá no me toque ese sujeto. Ese criminal encubierto.
Safo.
No está mi peluquero pero de un cuartito sale el otro dueño.
Es copado y corta bien.
Pero no es mi peluquero.
Charlamos.
Le empiezo a tirar de la lengua.
Me cuenta el porqué de las refacciones.
Me cuenta que ahora hay barbería, que se están poniendo las pilas.
Me coloca un cuello simil mao para que los pelos no pasen a la ropa.
Nunca lo habían hecho, claramente están haciendo buena letra.
Me cuenta que está abriendo la peluquería él, a la 1 de la tarde.
Ahí sospecho.
Mi peluquero era empleado, a él lo mandaban a hacer ese tipo de cosas.
Ahora sí, sospeché bien.
Ahí me dice que todo el revuelo es porque se fue ese empleado.
Ese empleado; mi peluquero.
Noto un dejo de pena o frustración en su cara. Quizás desengaño.
Lo es.
Ahí nomás pregunto como periodista entrenado haciendo la pregunta más difícil.
Ahí me larga todo.
Mi peluquero, su empleado modelo, se fue por su cuenta, se abrió una peluquería propia.
El desengaño es total.
Dice que lo entiende pero que le podría haber avisado antes.
Le digo que lo entiendo, que es una situación difícil, siguiendo al pie de la letra el manual del periodista clásico.
Sin quererlo me dice la calle, solo la calle, en dónde se puso la peluquería, desde hoy, mi ex peluquero.

Me corta el pelo
Lo hace muy bien.
Charlamos de otras cosas.
Buena onda.
Pero se excede en una infinidad de detalles:
Me emprolija la barba; las patillas, el bigote, corta y recorta sobrantes de pelo.
Me pasa la máquina puliendo la nuca, otra máquina distinta y más suave por la garganta.
Me pone gel, sprite, me limpia restos de pelo con el secador, con un cepillo.
10 puntos le digo.
10 puntos era hace rato, ahora ya es demasiado, pienso.
10 puntos, repito.

Pago, me voy.

Pienso en dos opciones: Podría seguir en esa peluquería pidiendo por siempre por él, aunque con el riesgo que me toque el criminal.
O bien podría recorrer de punta a punta la calle, no tengo otro dato, donde mi ex peluquero se abrió su negocio.

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