El fumigador

Por Sebastián Culp

Yo que me creo el capo de la observación; el mega analista de situaciones extrañas y cazador de detalles ínfimos.
Yo que con una miradita así, de rabona te saco la ficha de toque.
Yo que mirando como quien no quiere la cosa sé en qué estás pensando. Incluso, si me das unos minutos, puedo saber algo que ni siquiera vos sabías que lo sabías.
A mí me pasó, ¡a mí!

El sábado vino el fumigador.
Nunca le abrimos la puerta, seguimos durmiendo como dos campeones, pero esta vez ya no se aguantaba, había unos bichitos diminutos insoportables.
El tipo se hizo rogar, llegó cerca de las 12.
Entró, hizo su trabajo, y salió.
Roció con su veneno la cocina, el baño, y el lavadero, en algo así de 35 o 38 segundos.
No exagero.
Cuando estaba saliendo, casi sin mirar, enumeró con entusiasmo pero a la vez como dando una lección de memoria: “El auto de Volver al futuro; ¡qué bueno, Los Simpson!; ¡Uh, ese Rambo!”.
Pese a su aparente miopía y sus anteojos pesados, vio con gran detalle mis juguetes más preciados de la biblioteca.
Su actitud sobradora me sacudió, como diciéndome: “Entro a lo más profundo de tu intimidad una mañana cualquiera por menos de 60 segundos y ya sé de tu nostalgia de pacotilla”.

Yo atiné a reírme. A reírme como un estúpido sin poder hilar una respuesta o comentario coherente.
Cerré la puerta y me quedé ahí parado completamente desnudo. No, estaba en pijama, pero se entiende la metáfora.

¿¿Te das cuenta?? A mí me pasó esto, A MÍ, al conjeturador nato, al capo de las deducciones tan agudas, que te caés de orto.
En mi propia cara, en mi propia casa, con mis objetos más preciados.
Me sentí completamente sucio y manoseado.

No dudé, fui directo a ducharme así como estaba, con la ropa puesta, no había tiempo que perder.
Y aproveché el agua que caía sobre mi cara para llorar un poco y que no se note.