El cuento de la sirena

Por Julián Garro 

Quizás porque mi niñez estuvo rodeada de playas, que acostumbrado a las historias de mar, no me sorprendió un día verla ahí…encallada.
Era una mujer, una mujer pez, lo que la gente leída llama sirena y la gente que mira mucha televisión también.
No fue amor a primera vista, porque era bastante fea a lo lejos.
Tampoco fue amor a segunda vista; cuando me acerqué, el olor a pescado era insoportable y el agua de mar no le había tenido piedad a su pelo…
Sin embargo, algo en ella me atrajo y me hizo preguntarle cómo podía ayudarla.
Su voz tampoco era dulce, era salada, áspera, repugnante, y mostraba el resultado de una vida de ausente higiene bucal, y no le entendí nada, pero así como dos personas que no hablan un mismo idioma pueden entenderse, me señaló el mar y sonrió. Yo le devolví la sonrisa. No podría definirlo, pero definitivamente algo en ella me gustaba, me atraía. No podía ser su canto (ese canto hipnótico del que hablan los libros)… porque su boca (por suerte) estaba cerrada, así que cegado por esa misteriosa atracción, me aproximé a solo unos centímetros y la volví a mirar como pidiendo permiso.
Me agaché levemente y rodeó su brazo por sobre mi cabeza; la alcé con gran delicadeza y me dispuse a devolverla lenta y dulcemente al mar. Mientras pensaba que para ser mitad pescado igual no estaba tan mal.
Mientras iba adentrándome en el mar pasó Ramón y, sorprendido por lo que llevaba en brazos, gritó: “Pero por Dios, ¡qué par de tetas!”.