EL CASCO ULTRACÓMICO | Capítulo 5

En el sótano

Por Hernán Granovsky 

Apenas abrí los ojos, me llevé flor de sorpresa: Charly García me miraba con un ramo de rosas en la mano. “Say no more”, me dijo, con su tono inconfundible. No lo podía creer. Realmente era una locura, nunca imaginé que viviría semejante episodio con una estrella de su envergadura. Sin dudar, se lo hice saber: “No me gustan las flores, Charly. Prefería bombones”. Mi comentario pareció molestarle, porque se alejó mientras llamaba a un pelado para que ocupara su lugar. Yo me sentía débil y no terminaba de entender la situación. Pero de golpe, me iluminé. No sé si era una de 100 watts o qué, pero me apuntaba a la cara y me impedía pensar. Le pedí al pelado que la apagara y entonces sí tuve una revelación. Así, mientras prendía todas las velas, descubrí la verdad de la milanesa: ¡El pelado era Silvio Soldán! Se ve que Silvio percibió ese “algo” en mi comportamiento corporal, porque me miró y largó con cierta suficiencia: “Vos te creés que entendiste todo, pero en realidad no tenés la menor idea”.  Sin perder la templanza, le contesté con mi mejor cara de Jorge Formento: “Me sorprende, Silvio, que me subestimes de esta manera. Acá dos más dos son cuatro, como en cualquier lugar del mundo. Para que veas que la cacé al vuelo, te la voy a explicar. La historia es la siguiente: la familia Culp convive con una obsesión sobre lo falso y lo verdadero, originada en el hecho de que un día nacieron Seba y Ubaldo, aparentes mellizos que encarnaron estas dos fuerzas. Sucede que con el trajín de los años, la obsesión se tornó inmanejable al punto de que ya nada de lo que sucede en la familia se sabe si es falso o verdadero, incluyendo la autenticidad del grado de parentesco. Así, los hermanos fueron transitando la vida e indagando en el mundillo de la música, del cine, hasta que un día se metieron de lleno en el rubro editorial. De ahí es que surgieron Bigote Falso y Bigote Posta, dos proyectos que claramente buscan marcar tendencia y por supuesto seguir alimentando la leyenda de los hermanos Culp. Lo demás es harto conocido, cuando consiguen entrevistar a un famoso para sacarlo en tapa, lo secuestran y lo envían a este oscuro sótano donde quedan ocultos para siempre. Es el fetiche que tienen: publicar la entrevista verdadera con una foto falsa. Esto explica por ejemplo que el auténtico Zambayonny, que en realidad se llama Diego Perdomo, esté ahí atrás tuyo dándole a la guitarrita desde hace varios años. O que ésa de allá, que entre paréntesis la noto medio desmejorada, sea Dalma Nerea Maradona. Y no quiero faltarte el respeto, Silvio, de hecho yo te veía todos los domingos, pero también esto explica que vos no tengas puesta tu peluca”. Soldán se quedó sin palabras. La verdad que verlo así, tan vacío, me dio un poco de lástima. Por eso le presté algunas y ahí pudo empezar a hablar. “Debo reconocer que estás bien rumbeado. La verdad que nuestra situación es desoladora. De todos modos, es imposible que sepas la verdad completa, ¡imposible! Y no sé si estarás preparado… pero alguien te la tiene que contar. Vos… vos… ¡vos no sos un ser humano!”

El que estaba destruido, ahora era yo. Siempre había sospechado del tamaño considerable de mi nariz, de mi chuequera casi grosera y de mi ombligo para afuera con forma de timbre, pero de ahí a concluir que no era humano, había un largo trecho. Soldán siguió: “Sos el experimento de los hermanos Culp. Ellos inventaron un casco ultracómico que tiene poderes mágicos y a ciencia cierta nadie sabe cuál es su verdadero alcance. La cuestión es que seas un holograma, un ente supraterrenal, un personaje de la realidad aumentada o lo que fuera, no sos una persona como nosotros. Toda la vida que creés haber vivido, no fue tal. ¡Sos hijo de ellos dos y naciste por obra e inspiración de su casco ultracómico!”.

“Uh, la pucha digo. Qué noticia me tiraste. Con esto me estás arruinando el fin de semana”, le contesté, tratando de matizar el asunto, aunque desconfiando ya de mi propio sentido no humano del humor. Y reflexioné en voz alta: “Claro, por eso estaban tan preocupados de que yo me adueñara del casco ultracómico, era como si me acostara con mi propia madre”. Silvio asintió con cara de “y qué te parece”.

Me quedé sentado buscando una explicación e invadido por una terrible desazón. Me sentía estafado. Mi bronca aumentaba y se expandía por mis venas. Y en eso andaba, cuando la puerta del sótano se abrió. Allá estaban ellos, los dos. Con los brazos cruzados y la mirada inmóvil, siempre desafiante. ¿Qué es lo que querían de mí? ¿Hasta dónde pensaban llegar? ¿Debía o no agradecerles mi existencia? No sé quién me está haciendo estas preguntas pero en este preciso momento no las puedo responder. Estoy forcejeando con Soldán, Charly, Zambayonny y la Dalma para que me dejen ir a pegarles una trompada a esos dos impresentables. Ya se van a enterar quién soy yo.

¿CONTINUARÁ?