EL CASCO ULTRACÓMICO | Capítulo 4

Conspiración bigotuda 

Por Hernán Granovsky

El barrio se detuvo a mirar el show. La pandilla de Sebastián metía miedo y los cuatro integrantes se acercaban a paso decidido. El problema era que cada uno había decidido algo distinto. Por caso, el más corpulento (¿el verdadero Pedro?) enfiló hacia la esquina de Gaona; el de campera camuflada torció para agarrar la diagonal que corta la plaza; y el petisito arrancó marcha atrás, sin registrar que iba derecho al asfalto de Donato Álvarez. Sebastián venía al frente, con la mirada fija en su hermano Ubaldo. Detrás de él, la tropa se desordenaba cada vez más, pero esto no implicaba preocupación alguna para él. Sin siquiera darse vuelta, gritó: “¡Cordobés, meta mate pastor! ¡Bazooka, peón cuatro rey! ¡Pedro, enroque peronista!”. Automáticamente, los tres adláteres se unieron de nuevo a su líder formando una prolija fila india. Así volvieron a caminar, hasta que en un momento Sebastián alzó la mano y dijo “stop”. El grupo se detuvo. Sebastián lo miró a Ubaldo. Ubaldo lo miró a Sebastián. Se midieron feo, buscando cada uno su cara más beligerante. La furia de ambos se expandía por el aire de Plaza Irlanda. Era tal la carga energética, que los árboles comenzaron a flamear más de la cuenta. También se alteró la onda verde de Gaona y a una vieja se le fue el changuito de las compras por la pendiente de calle Neuquén. El fenómeno llegó incluso hasta avenida Rivadavia: las calles del otro lado, no estaban cambiando de nombre. Lo cierto es que el mundo pareció mutar. Y luego, detenerse. Ahí nomás los hermanos tomaron carrera y empezaron a correr hacia donde estaba el otro. Ya se palpitaba un choque de bigotes con consecuencias devastadoras. La mismísima hecatombe en vivo y en directo. De pronto, se me vino el casco ultracómico a la cabeza. Era bajarlo, disimular y huir. Pero no, evidentemente se trataba de una figura literaria o de una manera de decir, porque el casco no estaba en mi cabeza. Seguía dormido en el baúl de ese auto, cuyo dueño no se dignaba a aparecer. Como fuera, aproveché para escabullirme y salirme un poco de la escena. No resultó difícil ya que toda la atención estaba puesta en ellos dos. Sin embargo, como dice el poeta, los hermanos son la dinámica de lo impensado. Tras un arranque furibundo y cuando parecía que nada podría detenerlos, sobrevino la sorpresa: se frenaron a unos centímetros de distancia y se estrecharon en un fraternal abrazo, acompañado de varias palmadas en sus respectivas espaldas. En un principio me desconcerté. En otro principio, también. Intenté un tercero aunque ya no quería pecar de principiante. Sólo sabía que debía huir, pero no podía irme con las manos vacías. Cuando al fin recuperé la lucidez, la situación parecía acomodarse porque observé que se acercaba hacia mí el dueño del auto, quien me identificó de inmediato y me dijo: “Creo que te dejaste algo en mi baúl”. Abrió rápidamente el mismo, y él mismo me entregó el preciado tesoro. Cuando Sebastián y Ubaldo descubrieron mis intenciones, dejaron su sesión de saludos y empezaron a correr detrás de mí. Ni lo dudé. Me puse el casco en la cabeza y salí disparado. De inmediato, como por arte de magia, el casco hizo efecto y entonces mi imaginación empezó a volar y volar. Pero no muy alto, ciertamente. Porque de golpe recibí un tackle de Sebastián, y Ubaldo completó la captura lanzándose arriba mío. Eso es lo último que recuerdo, ahora que desperté entre estas cuatro paredes.