EL CASCO ULTRACÓMICO | Capítulo 3

Confusión en Plaza Irlanda

Por Hernán Granovsky

Salí a las chapas para Plaza Irlanda. Sebastián habría oído mi conversación telefónica y esto explicaba su abandono de la guardia en la puerta de casa. ¿Se mandaría de incógnito a mi encuentro con Ubaldo? Saqué el celular, busqué la palabra incógnito en el diccionario y estimé que sí, que seguramente. No quise distraerme. Apenas llegué a Plaza Irlanda me ocupé de lo importante y metí el casco ultracómico en el baúl. Me tranquilicé. Sin embargo, la tranquilidad duró lo que un suspiro, ya que al cerrar la puerta del baúl recordé que había ido caminando. En efecto, ese auto no era mío. Miraba para todos lados tratando de encontrar al dueño pero nadie aparecía. Cabeceaba para un lado, para otro, y nada. Hasta que en uno de esos cabezazos, se la puse a Sebastián en el pecho, éste la paró, se sacó de encima a un defensor, luego a otro, y remató fuerte. La pelota dio en el tronco de un árbol, recorrió la línea y se metió mansita. ¡Golazo! Sebastián comenzó a correr para gritarlo conmigo. Pero yo no nací ayer, sabía muy bien cuáles eran sus intenciones. También las del arquero (por lo corpulento debía ser Pedro) quien salió disparado, con una mano levantada, haciendo la pantomima del off side pese a que la plaza entera había visto que Seba estaba habilitado. Por supuesto intenté escapar.  Más bien. Corrí  sin pensar, enceguecido, absolutamente enceguecido. Tal es así que al reabrir los ojos descubrí que estaba en el mismo lugar. Sea como fuera, todo seguía ahí: el auto con el casco ultracómico en el baúl; la enorme espalda del guardaespaldas Pedro; la torpeza de los defensores (que resultaron ser los otros matones); y Sebastián, el temible Sebastián, quien cual General en el frente de batalla, dio un paso hacia adelante y se me puso cara a cara. Bajo ningún punto de vista esa actitud me amedrentó, por el contrario. Le sostuve la mirada a muerte. Parecíamos dos gladiadores del siglo XIV.  Yo sentí su intimidante aliento y todo indicaba que era Colgate Kids sabor frutilla. Nobleza obliga, él no se mosqueó ante mi sudor varonil aroma Paco edición limitada. Ninguno se rendía y el duelo duró largos minutos. Era increíble. Tenían alrededor de 80 ó 90 segundos cada uno. El último, sí, alcanzó la caprichosa cifra de 119. Hasta que en un momento, Sebastián retiró la cabeza unos centímetros, me ofreció su mano derecha y con un tono amable, dijo:

-Hola, soy Ubaldo, mucho gusto.

-Jaja, dale, Seba, no te hagás el vivo.

-Soy Ubaldo –insistió.

O estaba tomándome para la chacota o definitivamente etc. El hecho me descolocó, aunque en medio del desconcierto ensayé una reacción. Diez segundos después, luego de dos brevísimos ensayos, la actué:

-¿Ubaldo? ¡Esto es ridículo..!

-Y… sí, pero es mi nombre, qué voy a hacer –me contestó disgustado-.

-No, no, yo me refería a la situación, a todo esto –le dije, mientras agitaba mis manos como tratando de dibujar en el aire el concepto “todo esto”.

-Bueno, a ver…  en un punto tiene explicación. Es culpa de mi madre.

-¿De su madre?

-No, no, “de la mía” –trató de aclararme.

-Claro, ya entendí. Sucede que si usted es otra persona y recién lo conozco, preferiría no tutearlo y mantener la distancia, pero en realidad quise decir “de la suya”.

-Ok ok. Igual, en rigor, sería de la mía y de la suya.

-¿Ah, ahora te hacés el vivo? Recién me tuteabas y ahora no… –estallé enojado e iniciando, ahora sí, mi propio tuteo- Aparte con mi mamá no te metás ¿eh? Ella no tiene nada que ver.

-No, no entendiste. Al decir “de la suya” me refería a la madre de Seba.

-¿Pero por qué? –le digo.

-¿Por qué, qué?

-¿Por qué fue culpa de tu madre y de la de Seba?

-Porque era fanática de River. Y me puso Ubaldo por el Pato Fillol.

-Aaaaaaaaah, no te lo puedo creer. Ahora sí, ahora caigo. Claro, claro. ¡Era obvio! ¡La misma madre, claro! ¡Son mellizos!

-¡No! ¡De ninguna manera! ¿No ves que tenemos caras re distintas? Aparte Fillol es bastante más bajo que yo.

-No, no, yo me refiero a vos comparado con Sebastián.

-¡Qué esperanza! Jamás podríamos ser mellizos… ¡Le llevo 20 años!

-¿Pero me estás cargando? ¡Si son idénticos!

-Es que somos hermanos –me admitió- Ocurre que yo sufro un problema de crecimiento, y en realidad tengo 37.

-¡¡Pero ésa es exactamente la edad de Sebastián!!

-Claro, pero yo tengo 37 para 36 –me reveló, apenado.

-Ah… comprendo –me disculpé- Lo siento mucho.

-Dejá, no pasa nada, ya estoy acostumbrado a que…

Ubaldo no pudo culminar la frase. Por la esquina de Neuquén y Donato Alvarez, unos malvivientes llamaban la atención de todo el barrio. Cruzaban mal la calle, decían malas palabras, hacían malos gestos  y se dirigían con malos propósitos hacia donde estábamos nosotros. Todavía se ubicaban a unos 20 metros, aunque esta vez no había ninguna duda: el líder de esos malvivientes, era Sebastián.