EL CASCO ULTRACÓMICO | Capítulo 2

Mensajes cruzados 

Por Hernán Granovsky

Tomé el casco ultracómico, dejé un papelito sobre la mesa (“en breve va a volver mi amigo a pagar las cervezas”) y me fui del bar sin levantar la perdiz. Caminaba por la calle, a paso veloz, mientras recalculaba el escenario. No iba a tolerar otro desplante. Y mucho menos, que volviera a dejarme plantado. Aceleré el paso aún más y cuando llegué a casa cerré la puerta con cierta alarma. Es que la perdiz, tozuda, me había seguido. Sin embargo, no di el brazo a torcer y ella atinó a esquivar el portazo con una mueca de resignación. Ya instalado en mi búnker, busqué dilatar el asunto. Su predecible llamado no se hizo esperar. Atendí el celular y monté una escena de supuestas interferencias (alejando y acercando la voz del micrófono) que me sirvieron de excusa para decirle a Sebastián que mejor me enviara un whatsapp. Seguía ganando tiempo. “Ya sé que te lo llevaste. Entregalo o va a correr sangre. Acordate que tengo contactos muy pesados”, me escribió con camorrera mayúscula y un emoticón de Luis Barrionuevo. Ni estas amenazas, ni sus antecedentes criminales contra antiguos escribas de Bigote Falso, iban a intimidarme. Decidí no mostrarle mis cartas. Entonces las guardé en la cajita y las puse en el bargueño, al lado de las de póker. Después, sí, le envié un seco SMS: “Holis Seba, cómo va? Che, todavía no me llegó tu whatsapp… Y aparte no tengo el casco, quedó en el bar, podés buscarlo ahí. Ahora mismo te escribo desde casa pero no me llames, ando con poca batería, es que estoy conectando el cable USB al casco así puedo escribir una nota para los de revista Bigote Posta. Ah, y no estoy en casa, así que no se te ocurra tocarme el timbre porque, lo dicho, no estoy. Ni para vos, ni para ninguno de tus matones. Espero tu whatsapp. Besis.”. Presioné ENVIAR y entendí que la idea de ocultar mis movimientos no había sido del todo efectiva. Lo confirmé minutos después, cuando el timbre de casa sonó de repente. El pánico se apoderó de mí, pero al toque me tranquilicé: todos los timbres suenan de repente. Como fuera, empecé a temblar. Evidentemente me estaban siguiendo, ya me tenían acorralado y si caía en sus garras iba a sufrir una larga y espeluznante tortura. Pero no. No podían ser los mormones.  “Esos vienen los domingos a la mañana”, recordé. Entonces enfoqué por la mirilla y pude corroborarlo: detrás de la puerta estaba Sebastián. Lucía furioso. Me acerqué a la puerta y, sin abrirla, apelé a toda mi sapiencia: “Llamame al celular por favor, ¡te dije que el timbre de casa no andaba!”.  “No, me dijiste que no te llamara al celular… aparte… yo escuché sonar el timbre”, me contestó del otro lado. “¿Y eso qué tiene que ver?, le dije. “¡No jodas, abrí la puerta, dale! Y otra cosa, más te vale que pagues las cervezas… tuve que dejar el celular de seña por tu culpa”. Yo seguía manejando el partido: “No sé no sé, llamame al celular. Si no anda el timbre, ¿cómo sé que sos vos el que está ahí?”. “Ok, no entiendo cuál es tu jueguito, pero dale, pasame el número que te llamo con el de Pedro, el jefe de mis matones”. Me volví a asomar a la mirilla y efectivamente estaban Seba, Pedro y otros dos desconocidos. Esta vez sí sentí el golpe. Igual, le pasé los dígitos de mi celular, creí que iba a ser lo mejor. Un segundo después, el teléfono empezó a sonar. Dejé que timbrara un poco más y otra vez lo mismo. Sí, lo mismo de siempre: me emocioné y me quebré. No sé qué extraño fenómeno ocurre con Sebastián. Nunca puedo sostenerle un planteo sin caer más temprano que tarde en la culpa y la angustia existencial. Entonces atendí el celular y con firmeza le vomité la verdad: “Sí, Seba, fui yo fui yo… yo tengo tu casco ultracómico pero la verdad… no te lo pienso devolver.” Se produjo un silencio incómodo que aproveché para limpiarme con un repasador. Todo era un enchastre, había almorzado canelones de verdura. “Voy a usarlo para escribir la mejor nota de mi vida y vendérsela a Bigote Posta… esto es lo que voy a hacer”, agregué envalentonado. “¿Ya? ¿Terminaste de vomitar? Entonces escuchame bien lo que te voy a decir”. No parecía la voz de Sebastián, sino una más solemne. “Creo queee…. te equivocaste de persona. Yo soy Ubaldo, el director de Bigote Posta”. Hizo una pausa siniestra y subió la apuesta: ¿Así que vos tenés el casco ultracómico? Tengo algunas buenas ofertas para hacerte”. Sin dudar, puse sobre el tapete todas mis exigencias. Hacía tiempo que esperaba esta oportunidad: “Mirá, necesito la de pata y muslo tres kilos 90 pesos y la de paltas 2 x 15. ¿Las tenés? Te las pago en tiempo y forma, no te preocupes, pasa que por el laburo nunca agarro el súper abierto”. Me interrumpió algo ofuscado y ahí creí entender: “Ah ah ah ah… el casco ultracómico…  Sí, claro, no hay problema. Decime. Ajá, Plaza Irlanda, ok, anfiteatro, ¿en una hora? Perfecto. Sí, lo llevo lo llevo, pero andá solo, eh, macanudo, nos vemos allá”. Me despedí de Ubaldo con la certeza de que sus intenciones no eran las mejores ni las peores, más bien todo lo contrario. “Qué más da”, concluí. En ese instante, recordé que Seba todavía estaría allí, al otro lado de la puerta, junto a sus temibles matones sedientos de sangre. Pero al rato me olvidé…

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Dibujo: Josué Martínez