EL CASCO ULTRACÓMICO | Capítulo 1

La reunión 

Por Hernán Granovsky

No lo pude soportar. Apenas terminé de leer Bigote Falso 2 lo llamé urgente a Sebastián. Primero me atendió su secretaria:  “Uh, no, imposible… está en el laboratorio, conectado a los cables, ahora no te lo puedo desconectar.” Insistí e insistí y luego de varios minutos logré convencerla. Mientras esperaba en línea, se oía el rugido de algo que parecía ser una soldadora, también unas fuertes explosiones y algunas puteadas incomprensibles que iban ganando nitidez a medida que el tipo se acercaba al teléfono. Se puso al tubo y ahí mismo le canté las cuarenta. “Mirá, loco… no me hables cantando que no se te entiende una goma”, me respondió. Natural en él: cual director de una revista de humor, todo lo que hace es gracioso. Es como un profesional de la ocurrencia, una especie de médico de guardia que te puede tirar una ironía o un sarcasmo las 24 horas del día. “Tenemos que hablar”, le dije. “Estoy ocupado”, me retrucó. “Primero está el envido”, lo sorprendí. “Quiero, 31”, cantó con cierto temor. “Son buenas –admití- Pero nos vemos en el bar de siempre a las 17:30”.

Llegué primero para preparar el terreno. Elegí una mesa, junto a la ventana, y cuando lo vi acercarse simulé consultar “cosas” en el celular. “Hola. ¿No vas a sacarte el casco?”, le pregunté. “Ah, sí, es que recién me salí de la máquina –me informó mientras enrollaba los cables y guardaba el casco debajo de la mesa- Y vos… ¿por qué tenés los labios pintados?”. “Eeeeeh… ¿yo?”. Busqué una servilleta y me limpié lo más rápido que pude: “Nada, nada… un juego que hice en casa…. Bueno, querido, basta de cháchara y vamos a lo nuestro, ¿para qué me llamaste?”. “¿Cómo? ¡Si el que me llamó fuiste vos!”, me contestó. Evidentemente mi estrategia para confundirlo no había dado resultado. Y eso me preocupaba: de aquella puja se desprendía quién iba a pagar las cervezas. “Eso mismo digo yo, ¿por qué no me llamaste para escribir en Bigote 2?”, le disparé ahora, en pos de seguir embarrando la cancha. “Bueno, no sé, no es que no te invité (ahí reforzó la frase haciendo comillas con los dedos). Viste cómo es la cosa… Nos van proponiendo ideas y nosotros vamos viendo. Aparte, si mal no recuerdo, esta vez vos no mandaste nada (ahí repitió el recurso de las comillas, no sabemos si de manera instintiva o quizás sirviéndose de su sorna característica)”. “Aaaaaah, yo no mandé nada, yo no mandé nada –me indigné- ¡¡Entonces vas a pagar las cervezas!!”. “¿¡Y eso qué tiene que ver!?”, alcanzó a decir. “Lo mismo digo yo, ¿qué tiene ver?”, dije yo. Se produjo el silencio que antecede a la tempestad. En ese momento no pude más, se me nublaron los ojos y rompí en un llanto desgarrador: “¡Es que quiero escribir en Bigote 3, Seba! ¡Por favor, te lo pido por favor! ¿Lo podés entender? ¿No ves que mi fama se está yendo al tacho, que las mujeres ya no me dan bola y encima cuando voy a la fiesta-presentación me hacen pagar la revista? ¡Es cualquiera!”. Creo que logré conmoverlo con mi actuación: la primera batalla estaba ganada. Mi cara permanecía pegada a la mesa, oculta entre mis brazos. Sebastián se acercó, apoyó una mano sobre mi cabeza y me dijo “no llores boludo, está todo bien”. Al escuchar sus cálidas palabras, me recuperé como un delantero que está haciendo tiempo en el piso y advierte que la jugada vuelve al área. Mientras hacía que me secaba una lágrima, que en realidad no caía, él me preguntó sobre el tema que quería escribir. Acto seguido le planteé con pasión el argumento de mi próximo artículo. “Es malísimo, no tiene gracia” –me dijo- Cuando tengas algo bueno volvé y vamos viendo. Ah, y me olvidé la billetera, las cervezas pagalas vos”. Sin más, se retiró raudamente del bar, se subió a su monopatín y se perdió Gaona arriba. En el apuro no reparó en un pequeño detalle: yo me había adueñado de su casco ultracómico. Mua ja ja ja…

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Dibujo: Josué Martínez