Doble sentido

Por Lucila Yañez

Creo que todo, en algún punto, habla solapadamente sobre sexo.
He aquí las pruebas de mi exhaustivo estudio.

Son innumerables las veces que opto por ir a verdulerías con autoservicio para evitar la incomodidad entrelíneas:
-Dame un pepino grande.
-¡Qué linda está la batata!
-¿Está durita esa banana?, porque quiero que esté blandita para comerla hoy.
Y ni hablar de los kiwis y su parecido escalofriante con los testículos masculinos.

Gracias a Dios y a la sapiencia de gente iluminada que pensó en instalar un timbre dentro del bondi. Qué era eso de tener que acercarse al conductor de manera sugerente para decirle:
-Chofer, parada, por favor.
Igual, no todo es color de rosa. Hace poco íbamos en colectivo, estábamos ubicados junto a la puerta porque estábamos por bajar, y una joven con sus manos llenas de bolsas tuvo el tupé de decirle a mi novio:
-¿No me tocás el timbre, por favor?

A veces voy a un bar cultural en el que preparan un original pan con queso, rúcula, tomate, aceitunas y lluvia de semillas. Este exquisito plato para compartir —por su exacerbado tamaño— se llama: Pingo. Una vez pude hablar con quien lo hace, luego de felicitarlo y hablar sobre mi fanatismo por semejante delicia noté con pudor que la charla había sido algo como esto:
-Te felicito por el pingo.
-Es gigante.
-Amo el pingo.
-Me gusta tanto que me lo comí casi todo.