Conjetura libre #11

Subte, línea D
Un martes cualquiera.
Alrededor de las 6 y media de la tarde.

Una mina habla con un tipo.
Ella va parada, él sentado.
Hablan de laburo.
Ella no para.
Él se limita a asentir, asoma algún “claro, sí” y muy rara vez mete algún bocadillo insignificante.
Ella empieza a decir palabras mudas, noto enseguida que se trata de nombres propios.
En completo mute se refiera a personas, personas que no están presentes, claro, pero mejor no tentar a la suerte. La mala.
No lo hace una vez, ni dos. Lo hace por lo menos una docena de veces.
Habla mal de alguien, embarrando a otros tantos: Que fueron a un boliche; Que no sé qué pasó en tal bar; Que esa mina no está nada bien.
El tipo asiente casi por cortesía. Es muy probable que no sepa bien de quién habla.
Para ella, en cambio, esta charla parece lo más emocionante que le pasó en la semana.
Ella es tirando a oficinista, camisita, pollera tubo, y una bolsa de cartón de local de ropa. Donde seguramente lleva un saquito de más y el tupper con restos de comida. Apuesto un ojo que su interior contiene aún ese “juguito” que desprenden las ensaladas.
Él, tirando a técnico o cadete, no logro verlo con claridad por estar sentado al lado mío.
Llegando a una estación ella revolea la cabeza cual Regan en su habitación bajo cero, se agacha flexionando las rodillas buscando el cartel, su cartel.
Lo visualiza, y sí, es su destino; dice: “Uy, ¿me tengo que bajar ya?, se me pasó volando”.

Y claro, cuando se está cegada, casi obsesionada con un tema, el mundo a nuestro alrededor, parece desvanecerse.