Conjetura libre #04

Heladería de la costa.
12:34hs de la noche.
Adentrado marzo.
Poca gente en general.

Estamos sentados adentro, degustando un fino postre a base de crema y frutas heladas.
No hay nadie, están empezando a cerrar.
Entra un chabón y pide un kilo.
Veo movimientos extraños para un degustador del arte del beber helado.
Mirando la vidriera de gustos (es costumbre de algunas heladerías poner el helado expuesto en una marquesita) pregunta qué es eso y si le convence la explicación responde que sí, que le ponga ese sabor nomás. Haciendo un gestito con la mano, como diciendo: “y bueeeno, qué sé yo”.
Cuchareo un poco de chocolate amargo del vaso de ella sin bajar la vista al flaco.
Ella, cucharea dulce de leche de cabra del mío. (Dulce de leche de cabra, pero qué nivel, che)
No es una ventaja que nos tomamos por estar distraídos en otra cosa, pero el que lo esté viendo desde afuera podría sospechar.
Yo digo: Está eligiendo los gustos mirando el helado, no leyendo los cartelitos, digamos…
Ella dice: No sabe de helado. Seguramente no es para él.
Continúa la misma mecánica, aberrante por cierto: pregunta con el dedo: “¿ese de qué es?”, el tipo le dice y el chabón resuelve; sí, no, blanco o negro.
Finalmente se va con esa bola uniforme de helado sin ningún tipo de lógica o razón de ser.
Los dos cogoteamos a ver si su mujer embarazada lo esperaba en el auto con el antojo del siglo.
Ella pretendía —según nuestra inventiva conjeturadora— un solo sabor, el que su condición de futura madre le suplicaba, el resto le daba lo mismo. Entonces él, que en el orden de valores, prefiere lo salado antes que lo dulce, no le quedó más remedio que completar el pote. Sin tener el más mínimo criterio.
Nos reímos por ser dos marcianos que pensamos lo mismo, casi al mismo tiempo.
No logramos ver a la mujer, no importa, ¿hace falta?
Seguimos saboreando nuestro helado que además de estar delicioso, a partir de ese momento sabía a “caso resuelto”.