ALFONSO Por Lucila Yañez

Hace meses que busca trabajo.
Lo citan, se presenta, hace su mejor esfuerzo, pero nunca llaman.
Hoy tiene otra entrevista.
Esta vez va a ser diferente, esta vez va a mostrarse tal cual es.
Lleva consigo una maleta con rueditas, está algo nervioso, pero decidido.
Llega a la dirección indicada, pasa y espera en una sala tan blanca como impersonal.
Tamborilea sus dedos sobre la valija rígida.
Se abre una puerta, alguien dice mal su apellido.
Se pone de pie, levanta su maleta y entra.
El entrevistador recibe una llamada, con un gesto lo invita a sentarse.
Cree que ya es momento de hacerlo.
El entrevistador está desprevenido, si no lo hace ahora sabe que va a arrepentirse.
Se inclina, destraba los ganchos y abre el cierre con un movimiento seco y enérgico.
El entrevistador corta la comunicación y levanta la vista.
Ahí está él, con el pequeño Alfonso sentado sobre su regazo.
Los tres entablan una charla por demás interesante.
En oportunidades se ríen.
El entrevistador parece encantado.
Los despide a ambos, incluso se pone en cuclillas para despedir a Alfonso con un afectuoso apretón de manos.
Camina por la calle con su maleta, tiene la sensación de que la entrevista ha sido un éxito.
Apenas llega a casa recibe el llamado.
Es la asistente del entrevistador y tiene buenas noticias.
Pide por Alfonso.
Él se sonríe, cómplice realiza la pantomima de que lo llama y cambia su voz a modo ventrílocuo.
La mujer lo felicita y le comunica a Alfonso que es el nuevo vendedor de medicina prepaga.
Todo indica que Alfonso debe hacerse el preocupacional al día siguiente.
Él no sale de su asombro, intenta explicar que es la persona detrás del muñeco.
Nada parece importar, sólo lo quieren a Alfonso.
La decepción es grande, pero debe aceptarlo.
Ahora lo único que le importa es seguir buscando trabajo.
Seguir buscando trabajo y mantener a Alfonso en ayunas.

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