A la hora de la siesta

Por Lucila Yañez
Ilustración Seelvana |  www.seelvana.com.ar

Corría la década del ´80 y la siesta aún se practicaba como si de una religión se tratara. Los adultos yacían inconscientes y los niños gozábamos de esa anarquía vespertina. Mi hermana, cuatro años mayor, desplegaba su espíritu maquiavélico sirviéndose de mi pavota ingenuidad.

#1
Cuestión de identidad

Aún recuerdo mi sorpresa. Ella reforzó su teoría mostrándome fotos carnet de mi supuesta madre biológica que no aportaban ni un ápice de seriedad al asunto.
Amalia, que en realidad era tía de mi madre, tenía 80 años, era bigotuda —prueba de nuestro parecido más contundente que un ADN— y tenía una giba que la hacía avanzar encorvada y con pasos diminutos. Aunque yo la quería muchísimo y éramos compinches, no estaba preparada para que fuera mi madre.
Esa tarde lloré, no estaba triste sólo un poco emocionada. Estábamos en el jardín de casa, Dolores —así se llama el monstruo—, me miró a los ojos fijamente y dijo: “Sos hija de la tía Amalia, pero nosotros decidimos adoptarte”.

#2
Primer amor

Por ese entonces, yo estaba perdidamente enamorada de un galán televisivo. Sí, yo amaba a Marco Estell como nunca antes había amado —igual convengamos que sólo tenía 5 años—. Dolores me dijo que si tomaba el tren hasta Retiro podría encontrarme con Marco. Para semejante ocasión, me hizo vestir con harapos: una pollera larga, un pañuelo en la cabeza y —como si ese vejamen no fuera suficiente— recuerdo que también me dio una escoba con la que me hizo barrer el patio. Tras someterme a sus extraños juegos mentales opté por escaparme con rumbo a la estación. Tuvo que seguirme por la calle y persuadirme de la idea que ella misma había sembrado en mi cabeza.

#3
Nado sincronizado

En pleno verano, luego de almorzar, mi primer impulso era volver a sumergirme en nuestra pileta, pero ya es sabido que hacerlo de inmediato implica un peligro mortal.
Por este motivo, mi hermana me forzaba a realizar un ritual digestivo que consistía en hacer durante horas lo siguiente: debía unir la punta de mis dedos índices y apoyarlos debajo de mi labio inferior para luego descender muy —y cuando digo muy es muuuy— lentamente hasta la altura del bajo vientre. Al parecer, esa curiosa ceremonia aceleraba la digestión para poder zambullirme en la piscina.

#4
Vitrola envenenada

Otra de sus nefastas ocurrencias supo ser la de ponerme a escuchar los famosos Cuentacuentos infantiles. Ella me decía que acercara uno de mis ojos a milímetros de distancia de la luz azulada y minúscula que marcaba el encendido del tocadiscos. Al parecer, si lograba concentrarme fuerte podría ver todo lo que sucedía entre los personajes de la historia. Al día de hoy, me siento muy afortunada por no haber quedado ciega.

Pero como soy una persona optimista, sé que podría haber sido peor, mucho peor. A una amiga de mi hermana sus hermanos mayores, también durante la siesta de los padres, le hicieron redactar su testamento —con indicaciones precisas sobre el destino de sus juguetes— haciéndole creer que pronto moriría.

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