Subte

Por Lucila Yañez

Subo al subte y me siento.
En frente de mí hay un señor.
Del interior de su mochila sobresale un enorme mango de madera.
Todo indica que se trata de un arma filoso-punzante.
Justo ayer leí una noticia atroz sobre el ataque del loco del hacha en una estación de Alemania.
Pienso en abandonar el vagón de inmediato.
Ambos extremos están cerrados herméticamente.
Excelente, el demente y yo acabamos de hacer contacto visual.
Creo que acaba de elegirme como primera víctima de su faena.
Se agacha por encima de su mochila.
Cierro los ojos a la espera del golpe certero.
Golpe certero que no llega.
Abro los ojos y veo que acaba de sacar un puñado de galletitas del bolsillo.
Ahora las come una por una como si fuera una ardilla.

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